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Full text of "Diario de un poeta recién casado (1916)"

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• 


OBRAS 

D  E 

JUAN  RAMÓN  JIMÉNEZ 


OBRAS  DE  JUAN  RAMÓN  JIMÉNEZ 


BIBLIOTECA  CALLEJA 


VERSO 

PRIMERAS  POESÍAS 
ARIAS  TRISTES 
OLVIDANZAS 
ELEGÍAS 
LABERINTO 

POEMAS  IMPERSONALES 

APARTAMIENTO 

EL  SILENCIO  DE  ORO 

SONETOS  ESPIRITUALES 

ESTÍO 

ETERNIDADES 
POESÍAS  ESCOGIDAS 


PROSA 

PROSA  PRIMERA 

POEMAS  EN  PROSA 

RECUERDOS 

PLATERO  Y  YO 

LA  COLINA  DE  LOS  CHOPOS 

ELEGÍA  A  LA  MUERTE  DE  UN  HOMBRE 

LAS  FLORES  DE  MOGUER 

VIDAS  PARALELAS 

SEVILLA 

CUENTO  Y  SUEÑOS 

CREACIÓN 

MISS  CONCIENCIA 

LIBRO  COMPASIVO 


VERSO   Y  PROSA 


ESTO 

DIARIO  DE  UN  POETA  RECIÉN  CASADO 
MONUMENTO  DE  AMOR 


7Ti 

TpOGT 
S  AlVOV 


OBRAS 

D  E 

JUAN  RAMÓN  JIMÉNEZ 

DIARIO 

DE  UN  POETA 
RECIÉN  CASADO 

(Í916) 

TERCERA  EDICIÓN 


CASA     EDITORIAL  CALLEJA 
MADRID 

I  9  I  7 


PROPIEDAD 
DERECHOS  RESERVADOS 
PARA   TODOS    LOS  PAÍSES 


COPYRIGHT    1917  BY 
CASA    EDITORIAL  CALLEJA 


De  esta  obra  se  han  tirado  100  ejem- 
plares numerados  en  papel  de  hilo. 


DIARIO 

DE  UN  POETA 
RECIÉN  CASADO 


—  I  9  I  6  — 


A 

RAFAEL  CALLEJA 

ESTA    BREVE    GUÍA    DE  AMOR 
POR    TIERRA,    MAR    Y  CIELO 


\JVO  el  ansia  de  color  exótico,  ni  el  afán 
de  «necesarias»  novedades.  La  que  viaja, 
siempre  que  viajo,  es  mi  alma,  entre  almas. 

Ni  más  nuevo,  al  ir,  ni  7nás  lejos;  más 
hondo.  Nunca  más  diferente,  más  alto  siem- 
pre. La  depuración  constante  de  lo  mismo, 
sentido  en  la  igualdad  eterna  que  ata  por 
dentro  lo  diverso  en  un  racimo  de  armonía 
sin  fin  y  de  reinternación  permanente.  En 
la  tarde  total,  por  ejemplo,  lo  que  da  la 
belleza  es  el  latido  íntimo  de  la  caída  idén- 
tica, no  el  variado  espectáculo  externo;  la 
exactitud  del  latido.  El  corazón,  si  existe, 
es  siempre  igual;  el  silencio,  verdadera  len- 
gua universal  ¡y  de  oro!,  es  el  mismo  en 
todas  partes. 

En  este  álbum  de  poeta  copié,  en  leves 
notas,  unas  veces  con  color  solo,  otras  sólo 


con  pensamiento,  otras  con  luz  sola,  siempre 
frenético  de  emoción,  las  islas  que  la  entra- 
ña prima  y  una  del  mundo  del  instante  su- 
bía a  mi  alma,  alma  de  viajero,  atada  al 
centro  de  lo  único  por  un  hilo  elástico  de 
gracia-,  pobre  alma  rica,  que,  yendo  a  lo  suyo, 
se  figuraba  que  iba  a  otra  cosa...  o  al  revés, 
¡ay!,  si  queréis. 


Madrid,  3  de  setiembre  de  1916.) 


SALUDO  DEL  ALBA 


¡Cuida  bien  de  este  día !  Este  día  es  la 
vida,  la  esencia  misma  de  la  vida.  En  su 
leve  trascurso  se  encierran  todas  las  rea- 
lidades y  todas  las  variedades  de  tu  exis- 
tencia: el  goce  de  crecer,  la  gloria  de  la 
acción  y  el  esplendor  de  la  hermosura. 

El  día  de  ayer  no  es  sino  un  sueño  y  el 
de  mañana  es  sólo  una  visión.  Pero  un  hoy 
bien  empleado  hace  de  cada  ayer  un  sueño 
de  felicidad  y  de  cada  mañana  una  visión 
de  esperanza.  iCuida  bien,  pues,  de  este  día! 

(Del  sánscrito.) 


Diario 


2 


I 

HACIA  EL  MAR 


I 


Madrid, 

17  de  enero  Je  1916. 


UÉ  cerca  ya  del  alma 


I  V^lo  que  está  tan  inmensamente  lejos 
de  las  manos  aún! 


como  una  voz  sin  nombre 
traída  por  el  sueño,  como  el  paso 
de  algún  corcel  remoto 
que  oímos,  anhelantes, 
el  oído  en  la  tierra; 
como  el  mar  en  teléfono... 

Y  se  hace  la  vida 
por  dentro,  con  la  luz  inextinguible 
de  un  día  deleitoso 
que  brilla  en  otra  parte. 


Como  una  luz  de  estrella, 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

¡Oh,  qué  dulce,  qué  dulce 
verdad  sin  realidad  aún,  qué  dulcel 


I  I 

Madrid, 

17  de  enero. 


D  AÍCES  y  alas.  Pero  que  las  alas  arraiguen 
*  ^  y  las  raíces  vuelen. 


I  I  I 

Madrid, 

18  de  enero. 

T\ /TIENTRAS  trabajo,  en  el  anillo  de  oro 
^  •  ^puro  me  abrazas  en  la  sangre 
de  mi  dedo,  que  luego  sigue,  en  gozo, 
contigo,  por  toda  mi  carne. 

¡Qué  bienestar!  ¡Cómo  mis  fuertes  venas 
de  ti  van,  dulces,  embriagándose, 

cual  de  una  miel  celeste  que  tuviera 
la  luz  de  los  eternos  cálices. 


Mi  corazón  entero  pasa,  río 

vehemente  y  noble,  bajo  el  suave 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


anillo  que,  por  contenerlo,  en  círculos 
infinitos  de  amor  se  abre. 


I  V 

Madrid, 

20  de  enero. 

CLAVO  débil,  clavo  fuerte. 
Alma  mía,  (qué  más  da! 
Fuera  cual  fuera  la  suerte, 
el  cuadro  se  caerá. 


V 

En  tren, 

21  de  enero,  madrugada. 

LA  MANCHA 

UNA  estrella  sin  luz 
casi,  en  la  claridad  difusa 
de  la  luna  extendida  por  la  niebla, 
vigila  tristemente  todavía 
los  olivares  de  la  madrugada 
que  ya  apenas  se  ven. 

El  campo, 

trastornado  e  informe  e  incoloro 
en  la  sombra 

2  3 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

que,  gris,  se  va  y  la  luz  gris  que  se  viene, 

empieza  vagamente  a  limitarse, 

con  el  alba, 

de  luces  y  colores... 

¡Alma  mía 
salida  ahora  de  tu  sueño,  nueva, 
tierna,  casi  sin  luz  ni  color  aún,  hoy 
— como  un  recién  nacido  — 
por  este  campo  viejo  que  cruzaste 
tantas  veces 

— los  olivares  de  la  madrugada — , 
tantas  veces,  con  ansia  y  sin  sentido, 
a  la  luz  de  la  estrella  inextinguible 
de  tu  amor  infinito,  ¡cuánto  tiempo 
náufrago  de  la  luna! 

...  Una  estrella 
vigila  tristemente...  todavía... 
los  olivares  de  la  madrugada 
...  que  casi  no  se  ven 
ya...  en  el  recuerdo... 


2  4 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


V  I 

En  tren, 

21  de  enero,  madrugada. 

SOÑANDO 

O,  no! 

Y  el  niño  llora  y  huye 
sin  irse,  un  punto,  por  la  senda. 

¡En  sus  manos 
lo  lleva! 

No  sabe  lo  que  es,  mas  va  a  la  aurora 
con  su  joya  secreta. 
Presentimos  que  aquello  es,  infinito, 
lo  ignorado  que  el  alma  nos  desvela. 
Casi  vemos  lucir  sus  dentros  de  oro 
en  desnudez  egregia... 

— ¡No,  no! 

Y  el  niño  llora  y  huye 
sin  irse,  un  punto,  por  la  senda. 

Podría,  fuerte,  el  brazo  asirlo... 
El  corazón,  pobre,  lo  deja. 

2  5 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


VII 

En  tren, 
21  de  enero. 

LOS  ROSALES 

S  el  mar,  en  la  tierra. 
'Los  colores  del  sur,  al  sol  de  invierno, 
tienen  las  ruidosas  variedades 
del  mar  y  de  las  costas... 
¡Oh  mañana  en  el  mar!  — digo,  ¡en  la  tierra 
que  va  ya  al  mar! 


Hora  en  Sevilla, 
21  de  enero. 


VIII 


¡GIRALDA! 


Lynda  syn  comparagion, 
Claridat  é  luz  de  España.,. 

ViLLASANDINO. 

GIRALDA,  ¡qué  bonita 
me  pareces,  Giralda  — igual  que  ella, 
alegre,  fina  y  rubia — , 

mirada  por  mis  ojos  negros  — como  ella — , 
apasionadamente! 

2  6 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


[Inefable  Giralda, 
gracia  e  inteligencia,  tallo  libre 
— ¡oh  palmera  de  luz!, 
¡parece  que  se  mece,  al  viento,  el  cielo!  — 
del  cielo  inmenso,  el  cielo 
que  sobre  ti  — sobre  ella —  tiene, 
fronda  inefable,  el  paraíso! 


TODA  mi  alma,  amor,  por  ti  es  conciencia, 
y  todo  corazón,  por  ti,  mi  cuerpo. 
Es  cual  un  cielo  azul  de  primavera 
en  la  copa  de  un  árbol  de  flor  lleno. 

Sol  nuevo  de  la  gloria,  lo  que  pienso 
azula  y  dora,  lejos  de  ella  y  cerca, 
la  blanca  y  pura  flor  de  lo  que  siento 
lejos  y  cerca  de  la  lumbre  célica. 

Amor,  y  tú  no  estás  allí,  ni  fuera; 
mi  flor  te  mira  igual  que  mira  al  cielo; 
y  eres  la  misma  flor,  y  eres  la  esencia, 
como  el  cielo  del  árbol,  de  mi  pecho. 


IX 


De  Sevilla  a  Moguer,  en  tren, 
21  de  enero. 


AMANECER  DICHOSO 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


X 


A  Moguer, 
21  de  enero. 


MADRIGAL 


A  TI 


E 


L  sol,  más  fuerte  y  puro 
cada  vez,  como 


mi  amor. 


Cuanto  aprendiera 


a  ver  aquí,  los  años  juveniles, 

había  de  encontrarlo  luego 

en  ti...,  ahora,  amor,  paisaje,  jardín  mío, 

tan  mío  como  el  campo  este 

en  el  que  vieron  esta  luz  mis  ojos, 

a  la  que  luego,  ahora,  te  han  mirado, 

¡andaluza  del  cielol 


X  I 


A  Moguer, 
21  de  enero. 


PRIMER  almendro  en  flor, 
tierna  blancura  casta, 
¡cuál  sales  a  mi  encuentro 


(En  voz  alta.) 


2  8 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


lo  mismo  que  su  alma! 

— ...  su  alma,  que  venía,  (En  voz  baja.) 

anoche,  por  La  Mancha, 

velando  mi  desvelo 

con  su  hermosura  blanca, 

en  la  nube  caída,  (Ya  no  se  dice.) 

en  las  rápidas  aguas, 
en  las  rondas  de  humo, 
en  la  luna  que  daba 
en  mi  alma... 


XII 

De  San  Juan  a  Moguer,  en  coche, 
21  de  enero. 

GRACIA 

A  TI 

ESTA  gracia  sin  nombre  ni  apellido 
es  la  que  tienes  tú. 

Las  confusiones 
celestes  y  de  oro  de  tus  risas, 
tus  ojos,  tus  cabellos, 
son  la  rubia  belleza 

de  este  enredo  de  cielo  limpio  y  sol  alegre 
que  lo  traspasa  todo 
con  su  sola  gracia. 

2  9 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

¡Gracia,  enredo  divino 
sin  cabo  y  sin  salida;  luz, 
gracia,  del  color;  gracia,  alegría 
de  la  luz;  color,  gracia, 
de  la  alegría! 


MOGUER.  Madre  y  hermanos. 
El  nido  limpio  y  cálido... 
¡Qué  sol  y  qué  descanso 
de  cementerio  blanqueado! 

Un  momento,  el  amor  se  hace  lejano. 
No  existe  el  mar;  el  campo 
de  viñas,  rojo  y  llano, 

es  el  mundo,  que  el  mar  adorna  sólo,  claro 
y  tenue,  como  un  resplandor  vano. 

|Aquí  estoy  bien  clavado! 
¡Aquí  morir  es  sano! 
¡Este  es  el  fin  ansiado 
que  huía  en  el  ocaso! 


XIII 


Moguer, 
23  de  enero. 


MOGUER 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 

Moguer.  ¡Despertar  santo! 
Moguer.  Madre  y  hermanos. 


TARDE  EN  NINGUNA  PARTE 
(MAR  DE  ADENTRO) 

T  C  STE  instante 


•  •  •  0  1—^de  paz  — sombra  despierta — , 
en  que  el  alma  se  sume 
hasta  el  nadir  del  cielo  de  su  esfera! 

¡Este  instante  feliz*,  sin  nueva  dicha, 
como  un  lago  de  oro 
rodeado  de  miserias! 
— ...Todo  lo  inunda  el  alma, 
y  ella  se  queda 
alta,  sola, 
fuera — . 

¡Este  instante  infinito  — cielo  bajo — , 
entre  una  larga  y  lenta 
ola  del  corazón  — despierta  sangre — 
y  una  antigua,  olvidada 
y  nuevamente  vista  estrella! 


XIV 


Moguer, 
25  de  enero. 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


XV 

Moguer, 
26  de  enero. 

A  UNA  MUJER 
QUE  MURIÓ,  NIÑA,  EN  MI  INFANCIA 

CEMENTERIO  DE  MOGUER 

VEINTE  años  tienes  en  la  muerte. 
Eres  ya  una  mujer  — ¡qué  hermosa  eres!  — 
Veinte  años...  |Te  pareces  a  esta  aurora 
bella  y  fría  — ¡qué  pural  — ,  tierra  y  gloria! 


X  V  I 

De  Moguer  al  tren,  en  coche, 
27  de  enero. 

AMANECER 

?/^\UÉ  malestar,  qué  sed,  que  estupor 
•  •  •  I  [duro, 
entre  esta  confusión  de  sol  y  nube, 
de  azul  y  luna,  de  la  aurora 
retardada! 

Escalofrío.  Pena  aguda... 


3  2 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


Parece  que  la  aurora  me  da  a  luz, 
que  estoy  ahora  naciendo, 
delicado,  ignorante,  temeroso 
como  un  niño. 

Un  momento  volvemos  a  lo  otro 
— vuelvo  a  lo  otro — ,  al  sueño,  al  no  nacer  — ¡qué 
y  tornamos  — y  torno —  a  esto,  [lejos! — 

solos  — solo... — 

Escalofríos... 


XVII 

En  tren,  a  Sevilla, 
27  de  enero. 

DUERMEVELA 

Vestida  toda  de  blanco, 
toda  la  gloria  está  en  ella. 

Romance  popular. 

VrESTIDA  tu  pureza 
con  el  blanco  vestido 
de  desposada,  ibas 
por  mi  sueño  tranquilo, 
cual  con  tu  traje  blanco 
de  niña,  ante  mí,  niño. 

D]l  ARIO  33  3 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

Y  me  dabas,  riendo 
en  tus  ojos  floridos, 
con  el  anillo  de  hoy, 
el  áureo  rizo  antiguo. 
|Rizo  fino  de  niña, 
arco  iris  divino 
del  prado  — el  corazón — 
de  tu  amanecer  nítido! 


que,  como  tú,  llena  ella  el  mundo, 

tan  pequeño  y  tan  mágico  con  ella,  digo, 

contigo,  ¡tan  inmenso, 

tan  vacío  sin  ti,  digo,  sin  ella! 

¡Sevilla,  ciudad  tuya, 
ciudad  mía! 


XVIII 


Sevilla, 

27  de  cuero. 


TÚ  Y  SEVILLA 


Me  parece 


3  4 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


XIX 


Sevilla, 

27  de  enero. 


DE  LA   GUÍA  CELESTE 
L  PARAÍSO:  Paraje  breve  e  infinito,  «lyndo 


*^syn  comparagiom  — Villasandino — ,  trasun- 
to fiel  de  la  ciudad  terrena  — conocida  bien  del 
viajero —  de  Sevilla,  «briosa  ciudat  extraña» 
— Autor  citado — .  Sito  exactamente  en  el  lugar 
del  cielo  que  corresponde,  con  su  azul,  a  dicha 
ciudad  «claridat  e  luz  de  España^  — Autor  ci- 
tado— .  En  la  primavera  univérsal,  suele  El 
Paraíso  descender  hasta  Sevilla. 


^^\Do  Jermaaaanal 

...  El  tren  no  va  hacia  el  mar,  va  hacia  el  verano 
verde  de  oro  y  blanco. 


XX 


A  Cádiz,  en  tren, 
28  de  enero. 


¡DOS  HERMANAS! 


IELO  azul  y  naranjas: 


3  5 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

Una  niña  pregona:  «¡VioZeeeetaa.h 
Un  niño:  «¡Agüiiiita  frejcah 

Yo,  en  un  escalofrío  sin  salida, 
sonrío  en  mi  tristeza  y  lloro  de  alegría. 

— Dos  cables:  «Madre,  Novia:  Moguer,  Long- 
Island;  Flushing:  Naufragué,  en  tierra,  en  mar 

[de  amor.» 


donde  iba  yo  antes, 
cuando  en  este  paisaje 
viví,  que  hoy  paso,  grave... 

- — ¡Dulce,  corto  viajar 
del  pueblo  al  naranjal, 
de  la  novia  al  pinarl  — 

¡Olivos  y  pinares! 
¡Ponientes  de  oro  grande! 
¡Qué  bien,  qué  bien  estabais! 
...  ¡Qué  bien,  qué  bien  estáis! 


X  X  I 


A  Cádiz, 


28  de  enero. 


'REN  de  todas  las  tardes, 


3  6 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


|Aquí!  ¡A  ninguna  parte 
más  que  aquí! 

— ¡Qué  bienl  — 

Cae 

hacia  el  mar  ya,  inefable 

como  una  mujer,  madre 

de  aquí,  hermana,  amante 

de  aquí,  la  tarde,  amor,  ¡mi  tardel 


XXII 

Estación  de  Utrera, 
28  de  enero. 

A    UNA  ANDALUZA 
COMO  ESA 

TU  recuerdo  es  en  mí,  áspero  y  franco, 
como  el  color  de  aquellas  rosas,  reventonas 
en  el  viento  de  abril 
que  parte  el  día  con  su  proa 
de  cristal  tosco.  Desordena 
mis  pensamientos  abatidos  con  la 
risa  con  gallos  con  que  abre 
la  sombra 

de  la  noche  sutil  y  desviada, 
la  sana  aurora  vulgarota. 

3  7 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DI  ARIO 


XXIII 


Jerez, 

28  de  Enero. 


¡A 


DIÓS...1 


Y  me  parece 


que  la  tarde  ¡una  lágrima!  se  tiende 
desnuda,  inmensamente, 
tras  mi,  por  retenerme... 


I  de  los  muertos  instantes 

en  que  fuimos  felices! 


la  memoria,  con  cada  uno  de  ellos, 

— como  en  un  viento  grande 

de  ruina  y  sequedades — 

su  adorno  y  su  paisaje... 

¡Y  son  marismas  secas,  sales 

rojas,  altas  lagunas  que  creímos  mares! 


XXIV 


A  Cádiz,  anochecer  grana, 
28  de  enero. 


PUERTO  REAL 


UÉ  miedo  el  acordarse 


Trae 


3  8 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


XXV 

Cádiz, 

29  de  enero,  amaneciendo. 

LA  terrible  amenaza 
es  esta: 

«Se  caerá,  sin  abrir,  la  primavera.» 

— ¡Y  no  tendrá  la  culpa 
ella!— 

Verá  bien  con  sus  ojos 
negros,  rojos  de  lágrimas  secretas, 
el  camino  de  gloria 
de  la  alegría  exacta  y  verdadera... 
Pero  le  cerrarán,  justos, 
la  puerta. 

Será  su  alma  la  más  sana 
de  las  almas  primeras. 
Pero  le  cerrarán,  justos, 
la  puerta 

a  su  carne,  lo  mismo 
que  si  loca  estuviera. 

— |Y  no  tendrá  la  culpa 
ella!— 

3  9 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


UN  cuando  el  mar  es  grande, 


^como  es  lo  mismo  todo, 
me  parece  que  estoy  ya  a  tu  lado... 
Ya  sólo  el  agua  nos  separa, 
el  agua  que  se  mueve  sin  descanso, 
¡el  agua,  sólo,  el  agual 


XXVI 


Cádiz,  en  las  murallas, 
29  de  enero. 


II 

EL  AMOR  EN  EL  MAR 


XXVII 


30  de  enero. 


ÍHPAN  finos  como  son  tus  brazos, 
I  A  son  más  fuertes  que  el  marl 

Es  de  ju 

el  agua,  y  tú,  amor  mío,  me  la  muestras 
como  una  madre  a  un  niño  la  sonrisa 
que  conduce  a  su  pecho 
inmenso  y  dulce... 


^^del  tamaño  del  mar 
que  vamos  olvidando  tras  nosotros. 


XXVIII 


CIELO 


IELO,  palabra 


JUAN 


RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


XXIX 


i  de  febrero. 


SOLEDAD 


N  ti  estás  todo,  mar,  y  sin  embargo, 


-l—' ¡qué  sin  ti  estás,  qué  solo, 
qué  lejos,  siempre,  de  ti  mismo! 

Abierto  en  mil  heridas,  cada  instante, 
cual  mi  frente, 

tus  olas  van,  como  mis  pensamientos, 
y  vienen,  van  y  vienen, 
besándose,  apartándose, 
en  un  eterno  conocerse, 
mar,  y  desconocerse. 

Eres  tú,  y  no  lo  sabes, 
tu  corazón  te  late  y  no  lo  siente... 
¡Qué  plenitud  de  soledad,  mar  sólo! 


4  4 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


XXX 

i  de  febrero. 

•  MONOTONÍA 

EL  mar  de  olas  de  zinc  y  espumas 
de  cal,  nos  sitia 
con  su  inmensa  desolación. 

Todo  está  igual  — al  norte, 
al  este,  al  sur,  al  oeste,  cielo  y  agua — , 
gris  y  duro, 
seco  y  blanco. 

¡Nunca  un  bostezo 
mayor  ha  abierto  de  este  modo  el  mundo! 

Las  horas  son  de  igual  medida 
que  todo  el  mar  y  todo  el  cielo 
gris  y  blanco,  seco  y  duro; 
cada  una  es  un  mar,  y  gris  y  seco, 
y  un  cielo,  y  duro  y  blanco. 

¡No  es  posible  salir  de  este  castillo 
abatido  del  ánimol 
Hacia  cualquiera  parte  — al  oeste, 
al  sur,  al  este,  al  norte — , 

4  5 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

un  mar  de  zinc  y  yeso, 

un  cielo,  igual  que  el  mar,  de  yeso  y  zinc, 

— ingastables  tesoros  de  tristeza — , 

sin  naciente  ni  ocaso... 


XXXI 

i  de  febrero. 

VENUS 

A  ALEJANDRO  PLANA 

A  a  nacer  también  aquí  y  ahora!  Vedlo. 
Nácares  líquidos.  Las  sedas,  las  caricias, 
las  gracias  todas,  hechas  ola  de  espuma.  ¡Ya!... 
¡Allí!...  ¿No?...  ¿Será  culpa  del  fraile? 

¡Da  garúas  de  llorar  que  el  barco,  ¡el  oso  este!, 
pese  así,  negro  y  sucio,  sobre  el  agua,  esa  espal- 
da de  ternura!  ¡A  ver!  ¡Que  quiten  de  aquí  el 
barco,  que  va  a  nacer  Venus!  — ¿Y  dónde  lo 
ponemos?  ¿Y  dónde  lo  ponemos? — 

¡Apolo,  amigo  sólo  de  la  diosa,  que  vas  mien- 
tras tocan  aquí  al  rosario,  con  tu  ramo  grana 
— blanco  en  la  aurora,  de  oro  al  mediodía — ,  a 
tu  casa  del  poniente!  ¡Apolo,  amigo  sólo  mío; 
Venus  murió  sin  nacer,  por  culpa  de  la  Tras- 
atlántica! 

4  6 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


XXXII 

2  de  febrero. 


¡O 


DESPERTAR 
H  voluntad  tardía! — 


No  te  he  visto, 
noche,  más  que  tu  cabellera. 

Tu  ancha  espalda 
no  pudo  congregarse  un  solo  instante; 
blanca  — como  las  ruinas  de  la  luna — 
quedó  rota  en  mi  sueño  repetido, 
al  que  tú,  tristemente, 
volvías,  grandes,  tus  cansados  ojos, 
para  decirme  ¡adiós!  desde  la  aurora. 


Ahora  que  no  eres  nada 
más  que  cerrada  fosa,  oscura  cáscara 
de  tu  honda  y  clara  sombra,  |cuán  inútil 
mi  despertar  tardío,  noche  pura! 


4  7 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


'tierra,  tierra  divina, 
islotes  de  la  gloria, 
la  única  tierra  y  toda 
la  tierra, 

la  verdadera  tierra  única: 
¡Estrellas! 

¡En  el  mar  sí  que  lucen 
las  estrellas! 

— Son  más  estrellas  que  en  aquella  (A  otro.) 

tierra  que  yo  creí  la  tierra, 

y  atraen  más  al  alma 

con  su  imán  blanco, 

porque  son  aquí  ella  y  ellas,  ¡todo! 

tierra  y  estrellas. — 

¡Estrellas! 
¡Ahora  voy,  ahora  voy! 

— ¡El  mar  aquí  si  que  es  camino! —         (A  otro.) 


XXXIII 


•  Azores, 
2  de  febrero. 


¡ESTRELLAS! 


AS  estrellas  parecen  en  el  mar, 


4  8 


DE    UN   POETA    RECIÉN  CASADO 


Se  me  abren  los  ojos,  y  no  ven, 
deslumhrados  de  luz  cercana, 
estallido  infinito  de  pureza... 

Cien  voces  gritan:  ¡Tierral 
Yo,  ciego:  ¡Estrellas! 

XXXIV 

3  de  febrero. 

CIELO 

SE  me  ha  quedado  el  cielo 
en  la  tierra,  con  todo  lo  aprendido, 
cantando,  allí. 

Por  el  mar  este 
he  salido  a  otro  cielo,  más  vacío 
e  ilimitado  como  el  mar,  con  otro 
nombre  que  todavía 
no  es  mío  como  es  suyo... 

Igual  que,  cuando 
adolescente,  entré  una  tarde 
a  otras  estancias  de  la  casa  mía 
— tan  mía  como  el  mundo—, 
y  dejé,  allá  junto  al  jardín  azul  y  blanco, 
mi, cuarto  de  juguetes,  solo 
como  yo,  y  triste... 


Diario 


4 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


XXXV 

3  de  febrero. 

NOCTURNO 

H  mar  sin  olas  conocidas, 
sin  «estaciones»  de  parada, 
agua  y  luna,  no  más,  noches  y  noches! 

...Me  acuerdo  de  la  tierra, 
que,  ajena,  era  de  uno, 
al  pasarla  en  la  noche  de  los  trenes, 
por  los  lugares  mismos  y  a  las  horas 
de  otros  años... 

— ¡Madre  lejana, 

tierra  dormida, 

de  brazos  firmes  y  constantes, 
de  igual  regazo  quieto, 
— tumba  de  vida  eterna 
con  el  mismo  ornamento  renovado — ; 
tierra  madre,  que  siempre 
aguardas  en  tu  sola 
verdad  el  mirar  triste 
de  los  errantes  ojos! — 

5  o 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 

...  Me  acuerdo  de  la  tierra 
— los  olivares  a  la  madrugada — 
firme  frente  a  la  luna 
blanca,  rosada  o  amarilla, 
esperando  retornos  y  retornos 
de  los  que,  sin  ser  suyos  ni  sus  dueños, 
la  amaron  y  la  amaron... 


cada  noche... 

Cóncavas  manos  cazadoras 
de  la  fe  de  un  instante  por  el  mar. 

Mas  yo,  pequeño,  escapo,  día 
tras  día,  noche 
tras  noche  , 
como  una  mariposa... 


XXXVI 


4  de  febrero. 


CIELOS 


N  cielo  cada  día, 


5 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  D/AR/O 


XXXVII 


4  de  febrero. 


OS  nubarrones  tristes 
le  dan  sombras  al  mar. 


El  agua,  férrea, 


parece  un  duro  campo  llano, 
de  minas  agotadas, 
en  un  arruinamiento 
de  ruinas. 

[Nada!  La  palabra,  aquí,  encuentra 
hoy,  para  mí,  su  sitio, 
como  un  cadáver  de  palabra 
que  se  tendiera  en  su  sepulcro 
natural. 


¡Nadal 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


XXXVIII 

5  de  febrero. 

SOL  EN  EL  CAMAROTE 

(Vistiéndome,  mientras  cantan, 
en  trama  fresca,  los  canarios  de  la 
cubana  y  del  peluquero,  a  un  sol 
momentáneo.) 

AMOR,  rosa  encendida, 
¡bien  tardaste  en  abrirte! 
La  lucha  te  sanó, 
y  ya  eres  invencible. 

Sol  y  agua  anduvieron 
luchando  en  ti,  en  un  triste 
trastorno  de  colores... 
¡Oh  días  imposibles! 
Nada  era,  más  que  instantes, 
lo  que  era  siempre.  Libre, 
estaba  presa  el  alma. 
— A  veces,  el  arco  iris 
lucía  brevemente 
cual  un  preludio  insigne... — 

Mas  tu  capullo,  rosa, 
dudaba  más.  Tuviste 

5  3 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


como  convalecencias 
de  males  infantiles. 
Pétalos  amarillos 
dabas  en  tu  difícil 
florecer...  ¡Río  inútil, 
dolor,  cómo  corriste! 

Hoy,  amor,  frente  a  frente 
del  sol,  con  él  compites, 
y  no  hay  fulgor  que  copie 
tu  lucimiento  virgen. 
¡Amor,  juventud  sola! 
¡Amor,  fuerza  en  su  origen! 
¡Amor,  mano  dispuesta 
a  todo  alzar  difícil! 
¡Amor,  mirar  abierto, 
voluntad  indecible! 


MENOS 
'ODO  es  menos!  El  mar 


I  ^  de  mi  imaginación  era  el  mar  grande; 
el  amor  de  mi  alma  sola  y  fuerte 

5  4 


XXXIX 


5  de  febrero,  nublándose. 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


era  sólo  el  amor. 

Más  fuera  estoy 
de  todo,  estando  más  adentro 
de  todo.  (Yo  era  solo,  yo  era  solo 
— joh  mar,  oh  amor! —  lo  más! 


XL 

5  de  febrero. 

MAR 

OLO  un  punto! 

Sí,  mar,  ¡quién  fuera, 
cual  tú,  diverso  cada  instante, 
coronado  de  cielos  en  su  olvido; 
mar  fuerte  — ¡sin  caídas! — , 
mar  sereno 

— de  frío  corazón  con  alma  eterna — , 
¡mar,  obstinada  imagen  del  presente! 


X  L  I 

5  de  febrero. 

MAR 

PARECE,  mar,  que  luchas 
—  ¡oh  desorden  sin  fin,  hierro  incesante!- 

5  5 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


por  encontrarte  o  porque  yo  te  encuentre. 

¡Qué  inmenso  demostrarte, 

en  tu  desnudez  sola 

— sin  compañera...  o  sin  compañero 

según  te  diga  el  mar  o  la  mar — ,  creando 

el  espectáculo  completo 

de  nuestro  mundo  de  hoyl 

Estás,  como  en  un  parto, 

dándote  a  luz  — ¡con  qué  fatiga! — 

a  ti  mismo,  ¡mar  único!, 

a  ti  mismo,  a  ti  sólo  y  en  tu  misma 

y  sola  plenitud  de  plenitudes, 

...¡por  encontrarte  o  porque  yo  te  encuentre! 


SENSACIONES  DESAGRADABLES 


un  solo  blanco  crudo.  No  sé  si  al  norte,  si  al 
sur,  si  al  este,  si  al  oeste,  un  agujero  naranja. 
¡Qué  dolor  aquí  en  mis  ojos!  ¡Ay!  ¿Herida, 
grito,  el  sol...  o  qué? 


X  L  I  I 


6  y  7  de  febrero. 


JIÉN  me  ha  echado  tiza  en  los 
ojos?  Mar  y  cielo  se  me  funden  en 


5  6 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 

Frío  en  los  pies,  de  pronto.  |Las  mantas!  ¡Las 
mantas!  Si  parece  que  han  encerrado  el  mar  en 
una  botella  de  Mondáriz...  ¡Eclipse!  ¡Eclipse! 
Todos,  las  mujeres,  los  niños,  los  hombres,  mi- 
ran el  sol  por  las  gafas  negras,  por  las  gafas 
naranjas,  por  las  gafas  verdes  del  fraile  de  las 
barbas  azules,  susto  de  Venus  la  otra  tarde. 

JOtra  vez  las  cadenas!  ¡Las  cuatro  y  media 
siempre!  ¿En  dónde?  Aún  se  filtra  por  las  made- 
ras el  amarillo  de  la  luz  eléctrica,  con  el  verde 
del  relámpago.  Cucarachas  sin  miedo.  Y  la  lluvia. 
Y  el  baldeo  a  un  pie  de  mi  cabeza.  Y  el  trueno, 
como  una  ola,  como  un  baldeo  del  cielo... 

Un  poquito  de  mar  verdeuva,  al  lado  del  barco. 
El  horizonte  en  la  mano,  digo,  en  el  pie.  — ¿Te- 
n-ano va? —  Niebla  hasta  el  alma.  La  sirena,  cada 
minuto,  en  el  horario  del  tedio.  ¡Qué  frío  en  la 
nariz,  en  las  orejas,  en  el  pensamientol  Cosas 
inminentes  y  grandes  pasan  y  pasan,  como  va- 
gos monstruos,  muy  cerca  ¡y  qué  lejos! 

Dos  moles,  sólo:  la  tormenta  y  el  barco,  frente 
a  frente  en  la  sombra  del  agua  total  — mar  y 
lluvia — .  ¿Dos  tormentas?  ¿Dos  barcos? 

5  7 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


X  L  I  1 1 


7  de  febrero. 


CIELO 


'E  tenía  olvidado, 


1  cielo,  y  no  eras 
más  que  un  vago  existir  de  luz, 
visto  — sin  nombre — 
por  mis  cansados  ojos  indolentes. 
Y  aparecías,  entre  las  palabras 
perezosas  y  desesperanzadas  del  viajero, 
como  en  breves  lagunas  repetidas 
de  un  paisaje  de  agua  visto  en  sueños... 

Hoy  te  he  mirado  lentamente, 
y  te  has  ido  elevando  hasta  tu  nombre. 


X  L  I  V 


7  de  febrero. 


¡NO! 


L  mar  dice  un  momento 
que  sí,  pasando  yo. 


Y  al  punto 


5  * 


DE    UN   POETA    RECIÉN  CASADO 


que  no,  cien  veces,  mil 

veces,  hasta  el  más  lúgubre  infinito. 

No,  ¡no!,  ¡¡no!!,  ¡[¡no!!J,  cada  vez  más 
fuerte,  con  la  noche... 

Se  van  uniendo 
las  negaciones  suyas,  como  olas, 
— ¡no,  no,  no,  no,  no,  no,  no,  no,  no,  no! — 
y,  pasado,  todo  él,  allá  hacia  el  este, 
es  un  inmenso,  negro,  duro  y  frío 
¡no! 


XL  V 

7  de  febrero. 

HASTÍO 

UN  ejército  gris  de  ciegas  horas 
nos  cerca 
— cual  olas,  como  nubes, — 
en  la  tristeza  que  nos  traen  ellas. 

¿En  dónde  hemos  entrado? 
¿Qué  nos  quiere  esta  reina? 
No  sé  por  qué  nos  lloran, 
no  sé  a  dónde  nos  llevan. 

5  9 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

— ...Y  siempre  son  las  mismas 
y  de  manera  idéntica—. 

Su  desnudez  es  tanta, 
que  ya  no  es.  Semejan 
a  la  desesperanza  muerta  en  tedio, 
que  nada  da  y  nada  espera. 

¡Ni  las  matamos,  ni  nos  matan! 
...Y  crecen  sin  cesar,  yo  no  sé  a  qué, 
sin  nada  que  mirar  y  ciegas... 


XL  V  I 

7  de  febrero. 

T/^XUÉ  peso  aquí  en  el  corazón  inquieto 
I  peso  de  mar  o  tierra — , 

de  arriba  y  de  debajo! 

¿Qué  corazón,  en  el  que  esté  yo  vivo, 
estarán  enterrando  o  ahogando? 

¡Qué  peso  aquí  en  el  corazón  inmenso 
como  el  cielo  y  el  mar; 
qué  angustia,  qué  agonía; 
oh,  qué  peso  hondo  y  alto! 

6  o 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


X  L  V  I  I 

8  de  febrero. 

FIESTA  NATURAL 

A  LUIS  BELLO 

DESPUÉS  de  estos  días  de  lluvia  — agua 
total,  amarga  y  dulce,  como  el  amor,  en  so- 
lución de  continuidad — ,  este  día  de  brisa  libre, 
sol  seco  sobre  la  ola  y  mar  de  bajo  azul,  parece 
un  domingo  de  tierra,  un  domingo  de  isla,  mejor 
dicho,  sin  gente  y  sin  identificación. 

Es  el  día  como  el  alma  ignorada  y  sin  nom- 
bre — borrado  ni  entrevisto —  de  un  domingo  de 
antes  del  domingo;  como  si  hoy  hubiésemos 
descubierto  — por  estos  parajes  desconocidos  en 
su  mudanza  inquieta — ,  inventado,  nombrado  el 
domingo. 

Sin  embargo,  el  calendario  de  la  sala,  cromo 
aburrido  entre  la  biblioteca  — Pereda,  Balaguer, 
Valera,  en  pasta  con  anclas —  y  el  piano  — Deli- 
bes, Arbós,  Puccini,  con  firma  de  mulata — ,  dice, 
tras  el  humo  lento  y  solitario  que  un  fumar  que 
se  fué  con  su  hastío  a  otro  sitio,  dejó  en  el  rayo 
de  sol  que  enciende  la  alfombra  verde:  martes. 

6  [ 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


[Retórica  académica  y  trasatlántica!  La  se- 
mana hecha  me  parece  hoy  una  quintilla.  Baile 
aprendido,  escalera  de  farolero  para  el  cielo 
del  crepúsculo  segundo.  ¡Al  agua  el  calendario, 
el  periódico  radiotelegráfico  y  el  cura!  ¡Yo  y  lo 
natural!  ¡Domingo,  capitán,  domingol 

— ¡Bueno!... 


ARGA MASILLA  DEL  MAR 


^Desierto  de  ficciones  líquidas. 
Sí.  La  Mancha,  aburrida,  tonta. 

— Mudo,  tras  Sancho  triste, 
negros  sobre  el  poniente  rojo,  en  el  que  aún  llueve, 
Don  Quijote  se  va,  con  el  sol  último, 
a  su  aldea,  despacio,  hambriento, 
por  las  eras  de  ocaso — . 

¡Oh  mar,  azogue  sin  cristal; 
mar,  espejo  picado  de  la  nada! 


XL  VIII 


8  de  febrero. 


f.  La  Mancha,  de  agua. 


6  2 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


X  L  I  X 

9  de  febrero. 


STELA  verde  y  blanca, 
memoria  de  la  marl 


io  de  febrero. 

TAR  llano.  Cielo  liso. 
-No  parece  un  día... 
— ¡Ni  falta  que  hace! 


Mí 


L  I 

io  de  febrero. 

O  ves  el  mar?  Parece,  anocheciendo, 
— acuarela  de  lluvia, 
con  — agua  dulce —  suaves  verdes,  amarillos, 

[rosas — , 

un  tierno,  un  vago  pensamiento  mío 
sobre  el  mar... 

6  3 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    i  DIARIO 


LII 

10  de  febrero. 

NIÑO  EN  EL  MAR 

EL  mar  que  ruge,  iluminado  un  punto 
en  su  loco  desorden, 
por  el  verde  relámpago  violento, 
me  trastorna. 

El  niño  que  habla,  dulce 
y  tranquilo,  a  mi  lado, 
en  la  luz  de  la  lámpara  suave 
que,  en  el  silencio  temeroso 
del  barco,  es  como  una  isla; 
el  niño  que  pregunta  y  que  sonríe, 
arrebatadas  sus  mejillas  frescas, 
todo  cariño  y  paz  sus  ojos  negros, 
me  serena. 

¡Oh  corazón  pequeño  y  puro, 
mayor  que  el  mar,  más  fuerte 
en  tu  leve  latir  que  el  mar  sin  fondo, 
de  hierro,  frío,  sombra  y  grito! 

6  4 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 

¡Oh  mar,  mar  verdadero; 

por  ti  es  por  donde  voy  — ¡gracias,  alma! — 

al  amor! 


FIN   DE  TORMENTA 
(EN  EL  PUENTE) 


*>por  la  aurora, 
se  arrolla  la  tormenta,  lejos,  baja, 
como  una  serpiente 
que  se  va... 

El  barco  se  alza  y  se  apresura, 
bajo  el  cielo  más  alto 
que  vivas  rosas  ornan 
con  la  luz  y  el  color  de  adonde  vamos 
a  llegar,  firmemente... 

Sueño  despierto  y  dulce... 


LUI 


ii  de  febrero. 


UN,  entre  el  mar  y  el  cielo, 


Diario 


5 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


L  I  V 

i  de  febrero. 

LLEGADA  IDEAL 

A  JOAQUÍN  SOROLLA 

DE  pronto,  se  abre  la  tarde,  abanico  de 
oro,  como  una  gran  ilusión  real.  ¡Qué 
bienestar  nos  entra,  qué  dulzura!  Parece  que  lo 
estuviera  viendo  Turner  con  nosotros...  Gaviotas 
que  no  hemos  sentido  venir,  que,  sin  duda,  esta- 
ban ya,  vuelan  arriba,  en  el  gallardete  de  los 
palos,  ¡qué  lejos  del  cielo  y  qué  altas  de  nos- 
otros! El  cielo  se  alza,  se  va,  desaparece,  no  tie- 
ne ya  nombre,  no  es  ya  cielo  sino  gloria,  gloria 
tranquila,  de  ópalo  solamente,  sin  llegar  al  ama- 
rillo. Se  riza  el  mar  en  una  forma  nueva,  y  pare- 
ce que,  al  tiempo  que,  más  flúido,  se  levanta  el 
cielo,  él  se  baja,  se  baja,  más  líquido.  En  la  onda 
vienen  maderos,  barricas.  Dejamos  atrás  unas 
barquitas  pescadoras...  ¿Llegamos? 

El  sol  poniente  tiñe  de  rosa,  con  un  nostálgico 
rayo  caído,  la  borda  de  babor.  ¡Qué  alegre  el 
rojo,  encendido  con  el  rosa,  de  los  salvavidas; 
qué  dulce  el  blanco,  encendido  con  el  rosa,  de 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


la  borda;  el  negro  de  esa  negra,  el  aceituna  de 
ese  japonés;  cuán  bellos  todos  los  ojos,  todos  los 
cabellos,  todas  las  bocas  con  sol  poniente.  ¡Qué 
hermanos  todos  — negros,  blancos  y  amarillos — , 
en  la  alegría!  Escucho,  con  gusto,  la  charla  me- 
lancólica de  este  señor  que  toma  opio.  Le  res- 
pondo a  este  comisionista  a  quien  no  he  hablado 
en  todo  el  viaje.  Resisto  el  humo  del  puro  del 
fraile...  Las  imaginaciones  se  ponen  en  los  ros- 
tros, encendidas.  Se  canta,  se  corre,  no  se  quie- 
re bajar  para  comer,  se  saca  el  rostro  contra  el 
fresco  tibio  que  viene  de  la  tierra  nueva.  — A  es- 
tribor, bajo  en  la  sombra,  pasean,  con  nuestra 
esperanza,  los  que  no  cantan,  los  que  no  sueñan, 
los  que  no  aman. — 

El  momento  parece  una  canción  levantada  de 
un  sueño,  y  nosotros  sus  héroes.  Sí,  somos  la 
verdad,  la  belleza,  la  estrofa  eterna  que  perdu- 
ra, cogida  con  la  rima,  en  el  centro  más  bello  y 
entrevisto  de  una  poesía  eterna  que  conocemos 
siempre,  y  que  siempre  estamos  esperando, 
nueva,  conocer  — ¿el  segundo  cuarteto  de  un 
puro  soneto  marino? —  ¿Dónde  estamos?  ¿De 
qué  tiempo  somos?  ¿De  qué  novela  hemos  sali- 
do? ¿Somos  una  estampa?  ¿Llegamos? 

...  Pero  la  estampa  cae  y  se  apaga.  ¡Nunca 

6  7 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

una  tarde  se  ha  apagado  tanto!  El  cielo  baja  de 
nuevo  y  el  mar  sube,  y  nos  dejan  tan  pequeños 
como  el  día.  Otra  vez  la  angustia  por  horario, 
la  niebla,  la  nariz  fría,  el  poco  trecho,  el  menos. 
Los  que  nos  hablamos  hace  un  instante,  nos 
despegamos  los  silencios.  Me  paseo  sólo  a  ba- 
bor enlonado  y  chorreante.  Volvemos  a  no  llegar 
nunca,  a  empujar  las  horas  con  la  imaginación, 
navegando  a  un  tiempo,  en  dos  barcos,  a  mal- 
decir del  mar  igual,  aburrido,  soso,  el  eterno 
mármol  negro  veteado  de  blanco,  ¡sí,  mármol!, 
a  un  lado  y  otro  del  barco  pesadote,  del  oso  este 
maloliente...  El  papel  se  me  cae...  Ya  no  sé  es- 
cribir... 


L  V 


ii  de  febrero, 

en  un  palo  del  barco,  a  navaja. 


amargo. 


6  8 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


LVI 

sbrero. 

¡SÍ! 

DELANTE,  en  el  ocaso,  el  sí  infinito 
al  que  nunca  se  llega. 

— ¡Sííííí! 

Y  la  luz, 

incolora, 

se  agudiza,  llamándome... 

No  era  del  mar...  Llegados 
a  los  bocas  de  luz  que  lo  decían 
con  largor  infinito, 
vibra,  otra  vez,  inmensamente  débil 
—  ¡  sííííí  I — , 

en  un  lejos  que  el  alma  sabe  alto 
y  quiere  creer  lejos,  solo  lejos... 


6  9 


III 

AMÉRICA  DEL  ESTE 


Hay  en  esta  parte  de  mi  Di  A  rio  y  impresiones  que  no 
tienen  fecha.  (Supe  yo,  acaso,  ¡tantas  veces!,  qué  día  era? 
(No  hay  días  sin  día,  horas  de  deshora? 

Espero  que,  como  en  las  pinturas  sinceras,  esas  notas 
se  coloquen  por  sí  mismas  e?i  su  hora  y  en  su  día. 


L  VII 


Birkendene,  Caldwell, 
20  de  febrero. 

TE  deshojé,  como  una  rosa, 
para  verte  tu  alma, 
y  no  la  vi. 

Mas  todo  en  torno 
— horizontes  de  tierras  y  de  mares — , 
todo,  hasta  el  infinito, 
se  colmó  de  una  esencia 
inmensa  y  viva. 


L  VIII 

Garden  City, 
26  de  febrero. 

OCASO  DE  ENTRETIEMPO 
;RES,  dulce 


E1 

-^paisaje, 
igual  que  una  mujer 


7  5 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

que  va  a  acostarse,  un  poco 
cansada,  por  la  tarde. 

Se  le  ha  salido  el  alma  hacia  la  noche  x 
y  es  forma  de  su  cuerpo  — niebla  suave — , 
y,  alejada,  en  los  oros  interiores 
de  su  mente,  la  demostrada  carne, 
se  le  ven  los  colores,  por  el  sueño, 
fuertes  aún  en  la  pálida  ternura 
en  que  está  ya,  de  su  sencillo  desnudarse. 

Rosa  fresco,  puro  celeste,  malva 
amable, 
lo  mismo 

que  tu  ocaso,  paisaje. 


LIX 


New  York, 
29  de  febrero. 


G  O  LFO 


A  nube  — blanco  cúmulo —  recoge 
rel  sol  que  no  se  ve,  blanca. 


Abajo,  en  sombra,  acariciando 
el  pie  desnudo  de  las  rocas, 


7  6 


DE  UN  POETA  RECIÉN  CASADO 
el  mar,  remanso  añil. 

Y  yo. 

Es  el  fin  visto, 
y  es  la  nada  de  antes. 
Estoy  en  todo,  y  nada  es  todavía 
sino  el  puerto  del  sueño. 

La  nube  — blanco  cúmulo —  recoge 
el  sol  que  no  se  ve,  rosa. 

A  donde  quiera 
que  llegue,  desde  aquí,  será  a  aquí  mismo. 

Estoy  ya  en  el  centro 
en  donde  lo  que  viene  y  lo  que  va 
unen  desilusiones 
de  llegada  y  partida. 

La  nube  — blanco  cúmulo —  recoge 
el  sol  que  no  se  ve,  roja... 


7  7 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


LX 

S  KY 

COMO  tu  nombre  es  otro, 
cielo,  y  su  sentimiento 
no  es  mío  aún,  aún  no  eres  cielo. 

Sin  cielo,  ¡oh  cielol  estoy, 
pues  estoy  aprendiendo 
tu  nombre,  todavía... 

¡Sin  cielo,  amor! 

— ¿Sin  cielo? 


7  8 


DE    UN   POETA    RECIÉN  CASADO 


LXI 

t 

RUBÉN  DARÍO 
8    DE    FEBRERO    DE  1916 

Peregrinó  mi  corazón  y  trajo 
de  la  sagrada  selva  la  armonía, 

R.  D. 

I 

NO  hay  que  decirlo  más.  Todos  lo  saben 
sin  decirlo  más  ya. 
¡Silencio! 

— Es  un  crepúsculo 
de  ruinas,  deshabitado,  frío 
(que  parece  inventado 
por  él,  mientras  temblaba), 
con  una  negra  puerta 
de  par  en  par. 

Sí.  Se  le  ha  entrado 
a  América  su  ruiseñor  errante 
en  el  corazón  plácido.  ¡Silencio! 
Sí.  Se  le  ha  entrado 


New  York, 
1  de  marzo. 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

a  América  en  el  pecho 

su  propio  corazón.  Ahora  lo  tiene, 

parado  en  firme,  para  siempre, 

en  el  definitivo 

cariño  de  la  muerte. 

II 

Lo  que  él,  frenético,  cantara, 
está,  cual  todo  el  cielo, 
en  todas  partes.  Todo  lo  hizo 
fronda  bella  su  lira.  Por  doquiera 
que  entraba,  verdecía 
la  maravilla  eterna 
de  todas  las  edades. 

III 

La  muerte,  con  su  manto 
inmenso,  abierto  todo 
para  tanta  armonía  reentrada, 
nos  lo  quitó. 

Está  ¡rey  siempre!, 
dentro,  honrando  el  sepulcro, 
coronado  de  toda  la  memoria. 

8  o 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


IV 

¡Ahora  sí,  musas  tristes, 
que  va  a  cantar  la  muerte! 
[Ahora  sí  que  va  a  ser  la  primavera 
humana  en  su  divina  ñorl  ¡Ahora 
sí  que  sé  dónde  muere  el  ruiseñorl 

¡No  hay  que  decirlo  más! 

¡Silencio  al  mirto! 


LXII 

Boston, 

12  de  marzo. 

PH  YSICAL  CULTURE 

L  campo  nevado  con  la  joven  primavera! 
¡Qué  gusto  llevarla  en  el  taxi,  desnuda,  a 
sus  sports,con  este  frío!  ¡Así  está  de  dura  y  viva! 
Todo  lo  contagia,  pasando  callada,  de  su  alegría. 
Lo  morado  de  su  carne  se  le  trueca,  con  el  sol, 
en  rosas.  Sus  risas  son  el  esquema  de  las  flores 
y  el  trazado  de  los  pájaros.  Sí.  Aun  cuando 
por  los  caminos  nevados  que  rajamos,  las  enre- 
daderas están  colgadas  de  hielo  y  son  gala  yerta 

Diario  8  I  6 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

de  las  casas  blancas  y  amarillas  de  madera,  ador- 
nan el  corazón  sano  con  su  frío  al  sol,  mejor 
—  ¡oh  cultura  física! —  que  si  fuesen  verdes  y 
de  flores. 


LXIII 

Boston, 

1 1  de  marzo. 

TODO  el  día  atravesado  mi  pecho  por  esta 
sola  luz,  puñal  de  la  primavera  — luz  que  era 
una  sombra  portadora  de  la  vida — .  Sí.  La  som- 
bra fugaz  del  pájaro  de  esta  mañana  por  los  co- 
lores calientes  — color  y  sol —  de  la  vidriera  de 
la  iglesia  de  Phillips  Brooks,  se  ha  trocado  en 
vuelo  de  oro  — como  se  trueca  en  sombra  el  sol 
que  se  mira  mucho —  por  la  sombra  de  mi  alma. 


LXI  V 

Boston, 

4  de  marzo. 


BI 


BEBIMOS,  en  la  sombra, 
'nuestros  llantos 
confundidos... 

8  2 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 

Yo  no  supe  cuál  era 
el  tuyo. 

¿Supiste  tú  cuál  era  el  mío? 


L  X  V 

Boston,  Hotel  Somerset, 

14  de  marzo,  tarde,  después  de  un  día  cansado. 

TÚNEL  CIUDADANO 

BLANCO  y  negro,  pero  sin  contraste.  Blanco 
sucio  y  negro  sucio,  con  la  hermandad  de  lo 
astroso.  Arriba,  el  abundante,  el  interminable 
intestino  retorcido  del  humo  de  los  trenes  sin 
tregua,  que,  a  cada  momento,  todo  lo  quita  y  lo 
pone,  en  su  rodeo  que  hace  caer  mil  veces  la 
tarde,  con  su  barroquismo  semiceleste,  asesino 
que  mata  la  luz  cada  vez  que  pasa  un  tren.  Abajo, 
la  nieve  en  todo,  dejando  fuera  piedras  y  casas 
negras.  Negros  los  árboles  secos;  negro  el  re- 
trato de  los  cielos  en  los  redondeles  líquidos 
que  va  teniendo  la  riachuela  al  deshelarse;  negros 
los  puentes,  la  boca  del  túnel,  los  rígidos  trenes 
que,  antes  de  entrar  en  él,  ya  están  dentro,  como 
si  alguno  los  borrase  después  de  haberlos  pinta- 

8  3 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


do  al  carbón.  El  humo  y  la  nieve  lo  ennegrecen 
todo  por  igual,  uno  a  fuerza  de  luto,  otro  a  fuer- 
za de  nitidez.  Nada  da  la  sensación  de  que  en 
parte  alguna  — dentro,  encima,  al  borde —  haya 
vidas  con  pensamientos  y  sentimientos  de  colo- 
res, con  sentidos  corporales.  ¿Quién  ha  visto 
aquí?  ¿Quién  ha  oído?  ¿Quién  ha  olido,  gustado 
ni  tocado?  Todo  es  confuso,  difuso,  monótono, 
seco,  frío  y  sucio  a  un  tiempo,  negro  y  blanco, 
es  decir,  negro,  sin  hora  ni  contagio.  Algo  que 
está,  pero  que  no  se  tiene  ni  se  desea,  que  se 
sabe  que  no  se  ha  anhelado  nunca  y  que  nunca 
se  recordará  sino  en  el  indiferente  e  involuntario 
descuido  del  sueño  difícil. 


L  X  V  I 


Boston, 

16  de  marzo. 


B  ER CE U SE 


O;  dormida, 
no  te  beso. 


Tú  me  has  dado  tu  alma 
con  tus  ojos  abiertos 


8  4 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 

— ¡oh  jardín  estrellado! — 
a  tu  cuerpo. 

No,  dormida  no  eres 
tú...  No,  no,  ¡no  te  beso! 

— ...  Infiel  te  fuera  a  ti  si  te  besara 
a  ti... 

No,  no, 
no  te  beso... — 


BRIÉNDOSE  sobre  la  nieve,  la  tarde. 


^corno  una  inmensa  media  naranja,  lo  gotea 
todo,  fresca  y  rica,  de  desheladas  gotas  amari- 
llas, trasparentes  y  almibaradas,  que  no  manchan 
nada,  sino  que  lo  purifican  todo,  como  las  ye- 
mas frescas  el  vino.  La  pobre  riachuela,  hija  de 
Carlos,  como  me  voy  esta  tarde  misma,  quiere 
mostrarme  su  cuerpo  de  cristal  — no  visto  por 
ningún  arquitecto  de  la  rima  aérea,  ¡buen  Al- 
drich! — ,  que  no  ha  querido  sacar  ¡perezosa!  de 


L  X  V  I  I 


Boston, 

17  de  marzo. 


FILILÍ 


8  5 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

la  cama  de  la  nieve  en  estas  dos  semanas  blancas; 
y  por  llamarme  la  atención,  tiende  el  cabello  al 
viento,  que  se  lo  riza  leve,  y  copia  en  sus  ojos 
grandes  los  árboles,  cuya  negrez  enfunda  en  oro 
leve  el  sol,  hasta  donde  puede,  y  va  y  viene,  na- 
dando, por  su  breve  redondela  deshelada. 

Pero  yo  tengo  prisa,  y  cae  la  noche.  Y  su 
gracia  de  un  instante  — ¡oh  Boston,  con  quien  he 
yacido  sin  verte  más  que  la  blancura  de  tus  sá- 
banas!—  se  queda  allí  abajo,  como  la  flor  en  su 
botón  más  tierno,  haciendo  no  sé  qué,  que  ya 
no  veo  yo,  en  la  sombra. 


Estación  de  Boston, 

entre  baúles,  sol  leve  y  basura  negra  (en  la  cartela  de  mi  maleta). 


I  V^Jlegar,  contigo,  a  mí  por  el  camino 
en  que,  loca,  te  tiras! 

¡Te  tengo  que  salvar,  a  cada  instante, 
por  no  pisarte  el  alma  mía, 
como  por  una  pedregosa 
cuesta  arriba! 


L  X  V  I  I  I 


8  6 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


L  X  I  X 

17  de  marzo,  por  la  tarde. 

DE  BOSTON  A  NEW  YORK 

A  MISS  GRACE  NICHOLS 


EVILLA?  ¿Triana?  ¡Ah...  no! 


...  Rojas  hojas  secas  ruedan  leves  y  raudas 
— hacia  Boston,  que  da  una  vuelta  y  se  pierde — , 
con  el  viento  helado,  sobre  la  nieve  inmensa  y 
dura.  Una  va  herida  de  sol.  ¡Adiós,  hojitas! 
¡Adiós,  hojitas!  ¡Adiós! 

El  sol  poniente,  claro  y  frío,  alumbra,  entre 
los  negros  plátanos  — tronco  de  hierro  y  hoja  de 
cobre —  de  un  valle  súbito  y  solitario,  una 
única  casa  colonial,  cerrada  y  amarilla. 

Finos  álamos  blancos,  en  hilera  infinita.  Parecen, 
saliendo  de  la  nieve,  arbolillos  de  plata  helada, 
hechos  por  Dios,  por  encima  de  todo,  como  el 
copo  —  With  His  hammer  of  wind,  — And  His 
graver  of  frost —  de  Francis  Thompson. 

8  7 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

Un  cementerio  nuevo.  Lo  rodea  un  vasto  anun- 
cio de  ligas  para  caballeros,  con  jóvenes  en  pija- 
ma que,  una  rodilla  en  tierra,  se  ponen  la  liga. 
En  el  cielo  verde,  de  nadie  ni  nada  mirado,  cielo 
que  no  parece  cielo  del  suelo,  sobre  la  nuca  de 
uno  de  los  jóvenes,  Atlante  en  flor,  la  luna  blanca. 

Todo  blanco.  — El  sol  muere. —  Blancos  difíci- 
les, impintables  ¡oh  Claude  Monet!  Blancos  de 
todos  colores. 

Ultimo  rayo  del  sol.  La  nieve  rosa.  Los  plá- 
tanos, cargados  de  hojas  secas,  se  cargan,  con 
el  estío  momentáneo,  agudo  y  de  otra  parte,  del 
sol  que  muere,  de  frutos. 

Desierto  de  arena  rosa .  Sombras  extrañas. 
¿Emily  Dickinson? 

El  cielo  sin  sol  parece  el  suelo;  el  suelo  sin  sol 
parece  el  cielo.  Ópalo  y  celeste  fríos  que,  en  un 
juego  visual,  se  truecan,  a  gusto  del  que  mira. 

Vallado  nevado  junto  al  tren.  ¡Pues  aún  había 
solí  Montes  — rosas —  ¡muy  lejos!  es  decir,  al 
lado,  en  miniatura. 

8  8 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 

Después  de  un  bosque  oscuro  y  hondo,  un 
poco  falso,  como  los  poetas  de  New  England 
—  Longfellow,  Lowell,  Bryant,  Aldrich — ,  el 
despejado  cielo  verde.  Sin  árboles.  Desierto  de 
nieve  malva.  La  luna  blanca,  encendida  por  fue- 
ra, sin  corneja.  Pintura  solo.  Casi  una  poesía  de 
Amy  Lowell:  /  Who  shall  declare  the  joy  of  the 
running!... 

El  humo  del  tren  le  pone  un  anubarrado  cie- 
lo gris  a  un  pedazo  de  nieve  cercana.  Una  ma- 
tilla  seca  parece  el  árbol  solo  de  un  yermo  in- 
menso. ¡Qué  pequeños  somos!  ¡Qué  pequeños 
somos! 

Bajos  nubarrones  malvas  le  colocan  copas  pri- 
maverales a  los  árboles  secos  de  la  nieve,  que 
bajan,  que  bajan,  como  con  skis,  por  una  pen- 
diente... En  el  fondo  hondo  y  agudo  de  otro 
valle  solo,  una  cinta  de  torrente  deshelado  reco- 
ge en  su  fría  espada  de  luz  toda  la  infinita  men- 
tira del  ocaso,  que  ahora  aparece  entre  los  árbo- 
les últimos.  La  luz  fría  se  hace  invisible  a  fuerza 
de  exaltarse.  El  bosque  negro  se  hace  invisible 
a  fuerza  de  esconderse. 

8  9 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

Calvas  piedras  negras  en  la  nieve  blanca. 
Calvos  islotes  de  nieve  blanca  en  la  deshelada 
agua  negra. 

Comiendo.  Luz  amarilla  dentro  y  negros  de 
blanco.  Fuera,  apretándose  uno  al  cristal  yerto, 
pálidos  recuerdos  de  un  día  que  hubiésemos  leí- 
do. Entre  la  confusión  de  colores,  luces  y  re- 
flejos de  dentro  y  de  fuera,  del  cristal,  estre- 
llas, como  las  moscas,  unas  veces  fuera,  en  el 
techo  del  vagón,  sobre  el  cielo,  otras  dentro,  en 
el  cielo,  sobre  el  techo  del  vagón. 

Atisbos,  tras  el  cristal  mojado,  de  agua  des- 
helada, en  ondas  largas.  Sordas  y  dulces  luces 
granas,  azules,  verdes,  con  un  largo  reflejo 
límpido  y  movible.  A  veces,  luna  en  la  loma 
de  la  onda.  Sensación  de  mar  cercano  e  invi- 
sible. Olor  abierto,  inmenso,  hasta  los  últi- 
mos límites  del  alma.  Nostalgia  y  frío  fresco 
solo.  Me  despierto  otra  vez...  ¿Cádiz?...  ¡New 
London! ... 

¿Huelva?...  ¿Me  había  dormido?  Pero...  ¿Las 
once?  ¡Ya!  ¡New  York  otra  vez!  Duro  despertar 
frío  y  fuerte.  De  pie...  En  el  cristal,  las  gotas, 

9  o 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


arriba,  buscan  un  surco,  lo  encuentran  y  ¡abajo! 
Otra,  otra...  ¡New  York,  maravillosa  New  York! 
¡Presencia  tuya,  olvido  de  todo! 


A  noche  era  un  largo  y  firme  muelle  negro. 


-"El  mar  era  el  sueño  y  llevaba  a  la  vida 
eterna. 

Desde  las  costas  que  dejábamos  —  inmensas 
y  onduladas  praderas  con  luna — ,  la  gente  toda 
del  mundo,  vestida  de  blanco  y  soñolienta,  nos 
despedía  con  un  rumor  inmenso  y  entrecortado. 
Sí,  sí.  ¡Hurrah  al  caballo  vencedor!  Y  se  agitaban 
— New  London —  los  pañuelos  blancos,  los  som- 
breros de  paja,  las  sombrillas  verdes,  moradas, 
canelas... 

Yo  iba  de  pie  en  la  proa  — ¡Desde  esta  tribuna 
se  ve  divinamente! —  que  ascendía,  aguda,  hasta 
las  estrellas  y  bajaba,  honda,  hasta  el  fondo  de 
la  sombra  — ¡buen  caballo  negro! — ,  abrazado 
estrechamente  a...  ¿a  quién?  No...  A  nadie... 


L  X  X 


New  York, 
17  de  marzo. 


SUEÑO   EN   EL  TREN 
...  NO,  EN  EL  LECHO 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

Pero...  era  alguien  que  me  esperaba  en  la  esta- 
ción y  me  abrazaba  riendo,  riendo,  riendo, 
mujer  primavera... 


LXXI 

New  York, 
19  de  marzo. 

FELICIDAD 

UBTERRÁNEO?  ¿Taxi?  ¿Elevado?  ¿Tran- 
vía? ¿Omnibus?  ¿Carretela?  ¿Golondrina? 
¿Aeroplano?  ¿Vapor?...  No.  Esta  tarde  hemos  pa- 
sado New  York  ¡por  nadal  en  rosa  nube  lenta. 


LXXII 

ESPINA 

ES  cuesta  abajo  y  va, 
al  lado  del  arroyo, 
a  la  rosa  divina. 

Tú  haces  que  el  corazón 
la  tenga  que  vencer,  como  si  fuera 
cuesta  arriba. 

9  2 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


¡Cuánto  golpe  de  sangre  aquí  en  las  sienes, 
cuánta  sal  de  las  lágrimas  bebidas, 
cuántas  estrellas  en  los  ojos  ciegos, 
para  coger...  ¡del  polvol 
el  beso 
de  cada  dial 


IETE  taxis  en  fila,  de  prisa,  pero  con  la  prisa 


^que  les  dejen,  entre  la  nieve  y  la  niebla.  No 
paran  ómnibus,  taxis  de  vivos,  ni  tranvías.  La 
gradación  es  racional ,  aunque  triste,  a  ratos,  al 
corazón:  el  fuego,  la  mujer  joven,  el  hombre  jo- 
ven, el  niño,  la  niña,  el  hombre  viejo,  la  mujer 
vieja,  la  muerte. 


LXXIII 


LA  MUERTE 


9  3 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


H  qué  cielo  más  nuevo  — ¡qué  alegría! — , 


I  ^-^más  sin  nombres... 
Parece  — y  palmoteo  y  salto — 
que  la  gloria  del  cielo  — ataviada 
de  una  manera  antigua  y  recargada, 
amontonada 
barrocamente — , 
está  allá  lejos,  por  el  este 
— cuya  nubarronada  de  poesía, 
baja,  tiene  la  tarde  todavía 
en  oros  rosas  de  agonía — , 
está,  allá  lejos,  sobre  Europa 
que  acerca  la  emoción  al  horizonte, 
igual  que  una  edad  media 
del  cielo  — ¡qué  alegría! —  sin  historia 
— y  salto  y  palmoteo — , 
sin  historias. 


LXXI  V 


New  York, 

23  de  marzo,  en  lo  alto  de  Woolworth. 


NEW  SKY 


A  JOSÉ  ORTEGA  Y  GASSET 


9  4 


DE    UN   POETA    RECIÉN  CASADO 


LXX  V 

New  York, 
25  de  marzo. 

Sí.  Estás  conmigo  ]ay! 
¡Ay,  sí!  Y  el  peso  de  tu  alma  y  de  tu  carne 
sobre  mi  carne, 

no  me  deja  correr  tras  de  tu  imagen 
— ¡aquellos  prados  de  rosales 
granas,  por  donde  huías  antes, 
de  donde  a  mí  viniste,  suave! — ; 
aquella  imagen  tuya,  inolvidable, 
aquella  imagen  tuya,  inexplicable, 
aquella  imagen  tuya,  perdurable 
como  la  mancha  de  la  sangre... 


LXX  VI 

New  York, 
26  de  marzo. 

ORILLAS  DEL  SUEÑO 

CADA  noche,  antes  de  dormirme,  pueblo  de 
aspectos  deleitosos,  tomados  de  la  mejor  rea- 
lidad, las  orillas  del  río  de  mi  imaginación,  para 
que  su  encauzado  sueño  las  refleje,  las  complique 

9  5 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


y  se  las  lleve  al  infinito,  como  un  agua  corriente. 
Sí,  ¡qué  anhelo  de  no  derramar  en  la  aurora  tor- 
vas aguas  luctuosas  de  pesadillas  de  la  ciudad 
comercial,  de  la  octava  avenida,  del  barrio  chi- 
no, del  elevado  o  del  subterráneo;  de  aclarar,  como 
a  un  viento  puro  de  otras  partes,  su  carmín  hu- 
moso y  seco,  con  la  brillante  trasparencia  de  un 
corazón  puro,  libre  y  fuerte!  ¡Qué  ganas  de  son- 
reír en  sueños,  de  ir,  alegremente,  por  estos  tro- 
zos negros  de  camino  oscuro  de  la  noche,  que 
van  alternando  con  los  de  luz,  del  día,  a  la  muer- 
te — ensayos  breves  de  ella — ;  de  tener  blanca, 
azul  y  rosa  la  vida  que  no  está  bajo  la  luz  y  el 
poder  de  la  conciencia;  de  no  ir  por  el  subsuelo 
de  la  noche  en  tren  una  vez  más ,  ni  tan  aprisa, 
sino  en  veneros  de  diamante,  ¡y  lentamente! 


A  — tus  imágenes  bellas,  gala  fácil 
de  aquellos  verdes  campos  — , 
¡tus  imágenes  fueron  ¡ay!  las  que  hicieron, 
sin  mí,  locas,  lo  malo! 


LXX  VII 


'US  imágenes  fueron 


9  6 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 

Tú,  la  tú  de  verdad, 
eres  la  que  está  aquí  — pobre,  desnuda, 
buena,  mía — ,  a  mi  lado. 


l  XX  v  ni 

New  York, 
26  de  marzo. 

LA  CASA  COLONIAL 

A  AUNT  BESSIE 

BLANCA  y  amarilla  como  una  margarita,  de 
humilde  madera  y  toda  cerrada,  ¡con  qué  paz 
recoge  la  vieja  casa,  en  sus  antiguas  ventanas  de 
empolvados  y  grandes  cristales  malvas,  la  suave 
puesta  verde  y  rosa  del  sol  primaveral,  que  en- 
riquece un  momento  de  luz  y  de  colores  su  os- 
curo interior  vacío  con  la  imagen  de  la  riberal 

Se  ha  quedado  sola  en  Riverside  Drive,  pe- 
queña y  sola,  como  un  viejecito  limpio  entre 
las  enormes  casas  pretenciosas  y  feas  en  que  la 
han  encerrado.  Parece  una  camisilla  que  se  le  ha 
quedado  chica  a  la  ciudad.  Nadie  la  quiere.  En 
su  puerta  dice:  To  let.  Y  el  viento  alegre  viene 
a  jugar  de  vez  en  cuando  con  el  cartel  para  que 
no  se  aburra... 

Pero  de  su  soledad  sepulcral  emana  tal  fuerza 

Diario  9  7  7 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

de  vida  que,  en  una  superposición  de  líneas  y 
colores,  el  campo  suyo  antiguo  despinta,  aleja 
y  borra,  en  fin,  las  terribles  moles  de  hierro  y 
piedra  que  la  ahogan;  y  hace  en  torno  suyo  una 
dulce,  lejana  y  solitaria  colina,  verde  por  una 
más  anticipada  primavera  agreste,  echada  blan- 
damente a  su  lado,  como  un  perro  fiel,  frente 
al  río. 


L  X  X  I  X 

New  York, 
27  de  marzo. 

TODO  dispuesto  ya,  en  su  punto, 
para  la  eternidad. 

— ¡Qué  bien!  ¡Cuán  bello! 
¡Guirnalda  cotidiana  de  mi  vida, 
reverdecida  siempre  por  el  método! 
¡Qué  trabajo  tan  fácil  y  tan  dulce 
para  un  estado  eterno! 

...  ¡Qué  trabajo  tan  largo  — dices  tú — 
para  sólo  un  momentol 

9  8 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


LXXX 


New  York, 
28  de  raarzo. 


IGLESIAS 


N  la  baraúnda  de  las  calles  enormes,  las  igle 


A-'sias,  teatrales,  livianas,  acechan  echadas  — la 
puerta  abierta  de  par  en  par  y  encendidos  los 
ojos — ,  como  pequeños  y  mansos  monstruos  me- 
dioevales caricaturizados  mal  por  un  arquitecto 
catalanista.  El  raudo  mirar  sorprende,  desde  el 
tumulto,  vagos  colores  de  entrañas  tristes. 
«Hablamos  de  Cristo  crucificados  «Entra  a  des- 
cansar  un  punto ,  olvidado  del  bullicio  munda- 
nal» — como  dicen  los  Jesuítas — .  «Te  abro  esta 
puerta  para  que  entres  en  la  paz...»  Así  rezan, 
con  cristales  de  colores  encendidos  de  noche, 
cual  los  demás  anuncios,  largos  letreros  en  las 
frentes  de  sus  complicadas  arquitecturas,  de 
colores,  sectas  y  pretensiones  diferentes.  Pero 
no  es  posible  entrar.  ¿Cómo,  siendo  mayores 
que  un  juguete,  entrar  en  él?  Y  son  juguetes,  las 
iglesias,  de  un  gran  escaparate. 


9  9 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


L  X  X  X  I 

ew  York,  en  mi  ventana  a  la  calle  ti, 
de  marzo,  madrugada,  con  luna  amarilla. 

HUMO  Y  ORO 
t 

ENRIQUE    Y  AMPARO  GRANADOS 

?r  I  7YNT0  mar  con  luna  amarilla 

I  A  entre  los  dos,  España!  — y  tanto  mar, 

con  sol  del  alba... —  [mañana, 

...  Parten, 
entre  la  madrugada,  barcos  vagos, 
cuyas  sirenas  tristes,  cual  desnudas, 
oigo,  despierto,  despedirse 
— la  luna  solitaria 

se  muere,  rota  ¡oh  Poel  sobre  Broadway — , 

oigo  despierto,  con  la  frente 

en  los  cristales  yertos;  oigo 

despedirse  una  vez  y  otra,  entre  el  sueño 

— a  la  aurora  no  queda  más  que  un  hueco 

de  fría  luz  en  donde  hoy  estaba 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


la  negra  mole  ardiente — , 

entre  el  sueño  de  tantos  como  duermen 

en  su  definitiva  vida  viva 

y  al  lado 

de  su  definitiva  vida  muerta... 

¡Qué  lejos,  oh  qué  lejos 
de  ti  y  de  mí  y  de  todo,  en  esto 
— los  olivares  de  la  madrugada — , 
al  oir  la  palabra  alerta  — ¡muerte! — 
dentro  de  la  armonía  de  mi  alma 
— mar  inmenso  de  duelo  o  de  alegría — , 
a  la  luz  amarilla 

de  esta  luna  poniente  y  sola,  España! 


E  ha  quedado  esta  pequeña  aldea  de  muer- 


^tos,  olvido  que  se  recordara,  al  amor  de 
unos  árboles  que  fueron  grandes  en  su  niñez 
agreste,  pequeños,  hoy  que  son  viejos,  entre  los 
terribles  rascacielos.   La  noche  deja,  ahora, 


L  X  X  X  I  I 


ew  York, 
de  marzo. 


CEMENTERIO 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


paralelos  los  vivos  que  duermen,  un  poco  más 
alto,  con  los  muertos  que  duermen,  un  poco  más 
bajo,  hace  un  poco  más  de  tiempo  y  para  un 
poco  más  de  tiempo.  ¡Paralelos  hacia  un  infinito 
cercano  en  el  que  no  se  encontrarán! 

Quita  el  viento  y  pone,  cegándome  de  un 
agudo  blandor,  la  nieve  — que  se  irisa  en  sus 
altos  remolinos,  a  la  luz  de  las  farolas  blancas — , 
de  las  tumbas.  Las  horas  agudizan  la  sombra,  y 
lo  que  descansó  en  la  luz  del  día,  está  despierto, 
y  mira,  escucha  y  ve.  Así,  los  sueños  de  estos 
muertos  se  oyen,  como  si  ellos  soñaran  alto,  y 
su  soñar  de  tantos  años,  más  vivo  que  el  soñar 
de  los  muertos  de  una  noche,  es  la  vida  más  alta 
y  más  honda  de  la  ciudad  desierta. 


L  X  X  X  I  I  I 

New  York, 
29  de  marzo. 

EL  PRUSIANITO 

ES  prusianito. 
— ¿Por  cuánto  lo  ha  comprado  usted?  (Los 
hay  de  diez,  de  doce  y  de  quince  dólares.) 

En  los  redondos  hombros  desnudos  de  la 
madre  nueva,  que  parece  una  vaca  rosa  con  su 

1  o  2 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


choto,  el  niño,  con  el  sol  de  la  vida  en  los  ojos 
que  han  tenido,  sin  verlo,  el  sol  de  la  muerte 
— el  verdadero,  no  el  de  Balzac — ,  me  mira  agu- 
damente y  me  tiende  los  brazos  blancos  como 
la  leche.  Aunque  no  puedo  evitar  que  me  pa- 
rezca un  soldadito  de  juguete,  me  lo  traigo  desde 
el  trasplantado  jardín  de  su  inocencia  a  mi  cora- 
zón. Se  sonríe,  se  ríe,  se  le  hacen  hoyuelos  en 
las  mejillas  y  le  brillan  los  dientes.  Como  un 
ángel  sin  patria  baja,  se  viene  de  golpe,  en  un 
abrazo  brusco,  a  España  y  me  saluda  en  su  inglés 
con  camisa  aún  de  alemán. 

Por  la  ventanilla  de  la  madre  pobre  y  román- 
tica, en  donde  unos  tulipanes,  aun  con  su  ama- 
rillo del  día,  se  casan  con  libros  dé  poetas  que 
ya  tienen,  dentro,  el  oro  suave  de  la  lámpara,  el 
sol,  en  una  rica  parodia  de  ideales,  muere  sobre 
los  tejados  de  New  York,  camino,  por  Asia,  de 
Europa.  Abajo,  muy  abajo,  como  en  el  fondo  de 
un  gran  pozo  de  nieve,  los  anuncios  de  luces  de 
colores  hablan  de  la  guerra.  Yo  me  despido  del 
niño  rosado  y  completo,  y  le  beso  las  manos, 
recordando  la  noticia  de  la  prensa  de  ayer,  se- 
gún la  cual,  tres  niños  belgas,  comprados  por 
señoras  de  Boston,  les  habían  llegado  con  las 
manos  cortadas... 


i  o  3 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


LXXXI V 


?  (~\  UÉ  dulce  esta  tierna  trama! 
I         Tu  cuerpo  con  mi  alma,  amor, 
y  mi  cuerpo  con  tu  alma. 


L  X  X  X  V 

SILENCIO 

HASTA  hoy  la  palabra 
«silencio», 
no  cerró,  cual  con  su  tapa 
el  sepulcro  de  sombra 
del  callar. 

¡Hasta  hoy, 
cuando  en  balde  esperé 
que  tú  me  respondieras, 
habladora! 


i  o  4 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


York,  L  X  X  X  V  I 

abril.         y~  Á^A^+^juA 

EN  Sudway.  La  sufragista,  de  una  fealdad  alar- 
deada, con  su  postre  mustio  por  sombrero, 
se  levanta  hacia  un  ancianito  rojo  que  entra,  y  le 
ofrece,  con  dignidad  imperativa,  su  sitio.  Él  se 
resiste,  mirando  con  humildad  celeste  a  la  nieve 
entre  dos  sombreros  de  señoras  negras.  Ella  le 
coge  por  el  brazo.  El  se  indigna,  en  una  actitud 
de  quita  golpes.  Ella  lo  sienta,  sin  hablar,  de  una 
vez.  Él  se  queda  hablando  sin  voz,  agitando  fu- 
rioso las  manos  altas,  con  una  chispa  de  sangre 
última  en  sus  claros  y  débiles  ojos  azules. 

LXXX  VII 

EN  LA  SORTIJA 
DE  HIERRO  Y  CORAL  ROSA 

DE  MISS  R  R 

COMO  la  brisa,  eres 
del  que  te  huele; 
vivirás  tantas  veces 
como  la  muerte. 


i  o  5 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


L  X  X  X  V  1 1  I 

New  York, 
4  de  abril. 

PESADILLA  DE  OLORES 

O!  ¡No  era  el  mar!...  Pero  ¡qué  angustia! 
[Agua,  flores,  flores,  aire  — ¿de  dónde? — , 
Colonia!  ¡Qué  sueño  envenenado  y  difícil!  ¡Qué 
ahogo  imposible  y  sin  fin! 

...  Unas  veces  es  olor  a  gallinero  — ¡oh  angus- 
tiosa comida  de  nido  del  Barrio  chino! — ;  otras,  a 
literatura  judía — ¡oh  actriz  suicida! — ;  otras,  a  gra- 
sa de  todas  las  lentitudes...  Es  como  si  en  un  trust 
de  malos  olores,  todos  estos  pobres  que  aquí  viven 
—  chinos,  irlandeses,  judíos,  negros — ,  juntasen 
en  su  sueño  miserable  sus  pesadillas  de  hambre, 
harapo  y  desprecio,  y  ese  sueño  tomara  vida  y 
fuera  verdugo  de  esta  ciudad  mejor.  Sí,  es  seguro 
que  en  la  noche  de  New  York,  un  gran  envene- 
nador —  el  sueño  extraviado  de  los  miserables 
— ¡aquella  cola  del  pan,  en  la  lluvia  de  la  una  de 
la  noche! —  tiene  comprado  el  sueño  ¿buscador? 
de  la  policía.  ¡Y  ya  pueden  sonar,  ligeros  de  ropa, 
los  timbres  de  alarma  de  la  desvelada  primavera! 


i  o  6 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


L  X  X  X  I  X 

New  York, 
5  de  abril. 

LA  NEGRA  Y  LA  ROSA 

A  PEDRO  HENRÍQUEZ  UREÑA 

LA  negra  va  dormida,  con  una  rosa  blanca  en 
la  mano.  — La  rosa  y  el  sueño  apartan,  en  una 
superposición  mágica,  todo  el  triste  atavío  de  la 
muchacha:  las  medias  rosas  caladas,  la  blusa 
verde  y  trasparente,  el  sombrero  de  paja  de  oro 
con  amapolas  moradas. —  Indefensa  con  el  sueño, 
se  sonríe,  la  rosa  blanca  en  la  mano  negra. 

¡Cómo  la  lleva!  Parece  que  va  soñando  con 
llevarla  bien.  Inconsciente,  la  cuida  — con  la  se- 
guridad de  una  sonámbula —  y  es  su  delicadeza 
como  si  esta  mañana  la  hubiera  dado  ella  a  luz, 
como  si  ella  se  sintiera,  en  sueños,  madre  del 
alma  de  una  rosa  blanca.  — A  veces,  se  le  rinde 
sobre  el  pecho,  o  sobre  un  hombro,  la  pobre  cabeza 
de  humo  rizado,  que  irisa  el  sol  cual  si  fuese  de 
oro,  pero  la  mano  en  que  tiene  la  rosa  mantiene 
su  honor,  abanderada  de  la  primavera. — 

Una  realidad  invisible  anda  por  todo  el  sub- 
terráneo, cuyo  estrepitoso  negror  rechinante, 

r  o  7 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

sucio  y  cálido,  apenas  se  siente.  Todos  han 
dejado  sus  periódicos,  sus  gomas  y  sus  gritos; 
están  absortos,  como  en  una  pesadilla  de  cansan- 
cio y  de  tristeza,  en  esta  rosa  blanca  que  la  ne- 
gra exalta  y  que  es  como  la  conciencia  del 
subterráneo.  Y  la  rosa  emana,  en  el  silencio 
atento,  una  delicada  esencia  y  eleva  como  una 
bella  presencia  inmaterial  que  se  va  adueñando 
de  todo,  hasta  que  el  hierro,  el  carbón,  los  pe- 
riódicos, todo,  huele  un  punto  a  rosa  blanca,  a 
primavera  mejor,  a  eternidad... 


X  C 


EPITAFIO  IDEAL 
DE  UNA  MUJER  MUERTA 

EN  UNA  NOVELA 

ESTÁS  aquí.  Fué  sólo 
que  tu  alma  subió  a  lo  más  insigne. 
Fué  sólo  —  estás  aquí — 
el  abrirse  de  un  breve  día  triste. 


i  o  8 


f>  E    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


ERO  <res,  mi  querido  amigo,  que  han  hecho 


A  ustedes  New  York  expresamente  para  sal- 
varla del  fuego? 

...  Está  enjaulada  la  ciudad  en  las  escaleras 
de  incendio,  como  un  mueble  viajero  que  fuese 
facturado  en  gran  velocidad  de  aquí,  al  antro 
plutónico.  A  los  tres  días ,  la  obsesión  es  un  in- 
cendio total  de  la  imaginación  del  que  renaciera 
nuestra  idea  a  cada  paso,  igual  que  el  Ave  Fénix 
de  la  copla  andaluza.  El  fuego  es  lo  único  que 
hace,  por  la  ley,  parar  estas  calles  que  andan. 
Su  campaneo  constante,  ahoga,  ahoga,  ahoga  el 
cantar  — esquilas  y  músicas —  de  la  vida  y  de  la 
muerte,  como  en  un  tercer  estado  que  fuese  el 
único  y  el  decisivo.  ¡Fuegol 

La  primavera  asalta  las  escaleras  de  hierro,  sin 
pensar  que  la  pisarán  todos  los  días  huyendo  en 
cueros,  y  que  los  cristales  rotos  a  hachazos  heri- 
rán, cada  noche,  su  carne  tierna.  ¡Que  me  quiten 


X  C  I 


New  York, 
9  de  abril. 


¡FUEGO! 


A  MR.  J.  G.  ÜNDERHILL 


I  o  9 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


de  mi  balcón  la  escalera  mohosa  y  de  mi  pasillo 
la  lanza  roja,  el  hacha  plateada  y  la  cuerda!  ¡Y 
que  apaguen  la  sorda  luz  grana  con  su  Fire 
Escape!  Yo  quiero  tener  en  mi  casa  la  primave- 
ra, sin  posibilidad  de  salida.  [Prefiero  quemarme 
vivo,  os  lo  aseguro! 


(JANDO,  dormida  tú,  me  echo  en  tu  alma, 


^-^y  escucho,  con  mi  oído 
en  tu  pecho  desnudo, 
tu  corazón  tranquilo,  me  parece 
que,  en  su  latir  hondo,  sorprendo 
el  secreto  del  centro 
del  mundo. 


que  legiones  de  ángeles, 

en  caballos  celestes 

—  como  cuando,  en  la  alta 

noche  escuchamos,  sin  aliento 

y  el  oído  en  la  tierra, 

trotes  distantes  que  no  llegan  nunca — 

que  legiones  de  ángeles 

vienen  por  ti,  de  lejos 


X  C  I  I 


Me  parece 


i  i  o 


DE    UN   POETA    RECIÉN  CASADO 

—  como  los  Reyes  Magos 
al  nacimiento  eterno 
de  nuestro  amor — , 
vienen  por  ti,  de  lejos, 
a  traerme,  en  tu  ensueño, 
el  secreto  del  centro 
del  cielo. 

X  C  I  I  I 

PRIMER  DÍA  DE  PRIMAVERA 

EN  un  remolino  de  viento  fresco,  color  nuevo, 
olor  reciente,  canción  tierna.  El  mundo  que 
se  hace  mundito,  para  empezar  de  nuevo  a  in- 
flarse. Nada  más. 


XCI  V 

New  York, 
10  de  abril. 

CEMENTERIO  EN  BROADWAY 

A  HANNAH  CROOKE 

T^STÁ  tapiado  este  breve  camposanto  abierto 
'de  la  ciudad  comercial,  por  las  cuatro  rápidas 
y  constantes  concurrencias  del  elevado,  el  tran- 


i  i  i 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


vía,  el  taxi  y  el  subterráneo,  que  jamás  le  faltan 
a  su  silencio  obstinado  y  pequeño.  Un  sin  fin  de 
rayos  de  fugaces  cristales  correspondidos,  que 
anuncian  con  letras  de  oro  y  negro  todos  los 
and  C.°  de  New  York,  hieren,  en  la  movible 
alquimia  del  sol  último,  recogido  interminable 
y  variadamente  en  sus  coincidencias,  las  espal- 
das y  los  hombros  de  las  tumbas  viejas,  cuya 
piedra  renegrida  y  polvorienta  se  tiñe  aquí  y  allá, 
de  color  de  corazón. 

¡Pobre  pozo  de  muertos,  con  tu  iglesita  de  ju- 
guete, cuyas  campanas  sueñan  al  lado  de  las 
oficinas  que  sitian  tu  paz,  entre  los  timbres,  las 
bocinas,  los  silbatos  y  los  martillos  de  remache! 
...  Mas  lo  puro,  por  pequeño  que  sea  y  por 
guerreado  que  esté,  es  infinito;  y  sólo  la  escasa 
yerba  agriverde  que  los  muertos  de  otro  tiem- 
po brotan,  y  una  única  florecita  roja  que  el  sol, 
cayéndose,  exalta  sobre  una  losa,  colman  de  poe- 
sía esta  hora  terrible  de  las  cinco,  y  hacen  del 
cementerio  un  único  hermano  gemelo  del  ocaso 
inmenso,  trasparente  y  silencioso,  de  cuya  her- 
mosura sin  fin  queda  la  ciudad  viva  desterrada. 


I    I  2 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


XC  V 


UÉ  débil  el  latido 


I  V^de  tu  corazón  leve 
y  qué  hondo  y  qué  fuerte  su  secreto! 
¡Qué  breve  el  cuerpo  delicado 
que  lo  envuelve  de  rosas, 
y  qué  lejos,  desde  cualquiera  parte  tuya 
— y  qué  no  hecho — 
el  centro  de  tu  alma! 


de  yerba... 

— [Qué  bien  se  está,  contigo, 
en  todas  partes,  ¡nueva, 
aislada,  solitaria 
primavera! 


XC  VI 


New  Jersey, 
12  de  abril. 


BRIL,  dulce, 


a  todo,  en  esta  sola  hoja 


Diario 


i  i  3 


8 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

...  Es  el  viento  redondo 
de  la  tierra  completa 
este  brote  de  brisa 
que  mueve,  apenas,  la  pradera... 


XC  VII 

A  NANCY 

LAS  flores,  allá  dentro  de  lo  verde,  empiezan  a 
sentir  volar  en  torno  suyo,  fuera,  y  piensan: 
¿A  dónde  irán  las  alas? 

Y  empiezan  a  sentir  cantar  gorjeos  niños  a  su 
alrededor,  y  piensan,  dentro  de  lo  verde:  ¿A 
dónde  irán  las  cánticas? 

¡Y  se  abren!  Y...  ¿A  dónde  van  las  alas?  Y... 
¿A  dónde  van  las  cánticas?  Y...  ¿A  dónde,  a  dón- 
de, a  dónde  sus  fragancias? 


I  i  4 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


X  C  V  I  I  I 

New  York, 
14  de  abril. 

T /^\UÉ  angustial  ¡Siempre  abajol  Me  parece 
I  que  estoy  en  un  gran  ascensor  descom- 

puesto, que  no  puede  — ¡que  no  podrá! —  subir 
al  cielo. 


XCIX 

CREPÚSCULO 

MUERE  el  día,  sacándose  a  los  ojos, 
sangriento,  el  corazón... 

— ¡Silencio! 

El  suave  y  verde  prado, 
el  río  barnizado, 

el  negro  árbol,  mojado  (del  invierno, 
aún,  y  ya  con  hojas); 
el  pájaro  callado... — 

...  Y,  al  irse,  sus  palabras  más  sinceras 
habla.  Sí;  ¡cuánto  más  día  es  ahora 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

que  va  a  morirse!  No  parece 
que  estemos  en  él,  sino 
que  está  delante  de  nosotros, 
vivo  como  uno  de  nosotros 
cuando  se  va  a  morir. 

— ¡Silencio! 
Las  mujeres,  los  poetas,  en  la  orilla  aun  fría, 
despiden  al  sol  rojo,  en  muda  orgía, 
mas  ellos,  como  el  día, 
más  vivos,  como  el  día. — 


C 

New  York.  Calle  10  y  5.a  Avenida, 
esperando  el  ómnibus. 

PRIMAVERA 

0 

EL  largo  viento  de  abajo,  en  donde  aún  es 
invierno,  invierno  de  barro,  de  negros  y  de 
cajas  de  basura,  se  divierte  con  las  pobrecitas 
magnolias  niñas,  levantándoles  las  faldas,  como 
a  unas  mujeres  de  la  calle  sucia.  Y  en  el  tronco 
fuerte  e  inmóvil,  las  hojitas  blancas  y  rosas, 
llenas  de  viento,  aletean  vivamente,  pajaritos 
que  aún  no  pueden  volar,  como  si  quisieran 
subir,  subir,  subir  de  estas  casas  sin  fin,  a  la 

1  i  6 


DE    UN   POETA    RECIÉN  CASADO 

brisa  pura  en  que  se  están  bañando  ya  las  es- 
trellas de  la  tarde... 

—  [Ay!  (No  sé  qué  es  lo  que  se  queja...  ni 
dónde...)—  ¡Ay! 


DOMINGO  DE  RAMOS 
wOMINGO? 


no  es  mío.  Nada  sé 

de  esto  que  llaman  aquí  gloria. 


sin  calor,  de  colores  sin  luz  ni  trasparencia, 
contra  un  cielo  vacío,  en  la  mañana 
sin  paraíso! 


con  su  calidoscopio  contra  el  sol 
triste... 

¿Domingo?  Las  campanas 
no  dicen  nada,  el  sol  está 
traducido  en  un  oro  débil.  Dios 
no  entiende. 


C  I 


...Este  domingo 


¡Rosa  de  fuego 


...  Están  jugando 


En  este  cielo, 


i  i  7 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

¿quién  me  conocería? 
¿Domingo,  amor? 


O  se  ve  y  se  ven  momentáneas  luces  blan- 


*>  y  cas.  Nervioso,  espero  un  trueno  que  no  oigo. 
Y  quiero  apartar  con  las  manos  el  enorme  ruido 
de  taxis,  de  trenes,  de  tranvías,  de  máquinas  de 
remache,  y  abrirle  paso  al  silencio  para  que  me 
anegue  en  su  golfo  de  paz,  en  cuyo  cielo  sienta 
yo  sonar  y  pasar  la  tormenta. 

No  sé  si  el  trueno  está  o  no  está.  Es  como 
cuando  en  la  sombra  imborrable  de  una  noche 
apartada  de  campo,  creemos  que  hay  alguien  a 
nuestro  lado  y  lo  sentimos  encima  sin  verlo.  Qué 
infinidad  de  taxitos,  de  trenecitos,  de  tranvitas, 
de  casitas  en  construcción,  por  la  breve  inmensi- 
dad de  mi  cabeza!  Hasta  hoy,  que  no  oigo,  en  la 
tormenta,  el  trueno,  no  he  oído  qué  ruido  era 
este  de  New  York...  Llueve.  No  se  ve.  Y  se  ven 
momentáneas  luces  blancas. 


— [Domingo! 


C  I  I 


New  York, 
18  de  a'  ril. 


TORMENTA 


1  1  8 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


CIII 


ABRIL 


EL  oro,  apenas, 
de  la  hora, 
posa  su  gracia  en  los  arbustos, 
igual  que  un  niño  aún,  y  sin  rendirlos, 
pero  ya  en  él  toda  la  gloria 
de  oro  y  de  esmeralda,  de  su  vida. 

Y  mira,  alegre,  al  cielo  y  a  ta  tierra, 
adolescente,  apasionadamente. 


ALISTE,  entonces,  de  tu  muerte  seca  y  yerta, 


^como  la  chispa  ardiente  de  la  piedra  yerta, 
como  el  olor  sin  fin  de  la  corteza  seca, 
como  el  chorrear  puro  de  la  charca  muerta 


CI  V 


New  York, 
k8  de  abril. 


i  i  9 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


TARJETA  EN  LA  PRIMAVERA 
DE  UN  AMIGO  BIBLIÓFILO 

?  jDRENTANO'S?  ¿Scribner's?  ¡Horror! 
v*#i^No  muchos  tantos  libros.  Muchos  — ¿dón- 
de?—  un  libro. 


verdaderas; 

lo  justo  para  que  ella,  sonriendo 
entre  sus  rosas  puras  de  hoy, 
lo  comprenda. 

Con  un  azul,  un  blanco,  un  verde 
— justos — , 

se  hace — ¿no  ves? — la  primavera. 


C  V 


New  York, 
19  de  abril. 


C  VI 


ENCILLO? 


Las  palabras 


1  2  o 


\ 


DE    UN   POETA    RECIÉN  CASADO 


C  V  1 1 

¿PRIMAVERA? 

Sí.  Ponte  de  puntillas.  ¿No  ves  el  mundo,  como 
si  fuera  un  sol  naciente,  tras  el  arbusto  verde, 
blanco  y  carmín  de  la  aurora? 


C  V  I  I  I 

New  York, 
20  de  abril. 

¿...? 

VIVE  entre  el  corazón 
y  la  puesta  de  sol  o  las  estrellas. 
—  En  el  silencio  inmenso 
que  deja  el  breve  canto 
de  un  pájaro;  en  la  inmensa 
sombra  que  deja  el  oro  último 
de  una  hojita  encendida 
por  la  yerba. — 

Vive  dentro 
de  un  algo  grande  que  está  fuera 

1  2  1 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


y  es  portador  secreto  a  lo  infinito 

de  las  llorosas  pérdidas 

que  huyen,  al  sol  y  por  el  sueño, 

igual  que  almas  en  pena, 

en  una  desesperación  que  no  se  oye, 

de  fuera  a  dentro  a  fuera. 

Alguien  pregunta,  sin  saberlo, 
con  su  carne  asomada  a  la  ventana 
primaveral:  ¿Qué  era? 


EL  ÁRBOL  TRANQUILO 


ESDE  que  está  aquí  la  primavera,  todas  las 


^--'noches  venimos  a  ver  este  árbol  viejo,  bello 
y  solitario.  Vive  en  la  primera  casa  de  la  Quinta 
Avenida,  muy  cerca  de  la  que  fué  de  Mark 
Twain,  en  este  sitio  grato  en  que  la  iluminación 
disminuye  y  el  gentío,  y  se  sale,  como  a  un  re- 
manso, a  la  noche  azul  y  fresca  de  Washington 
Square,  en  la  que,  como  en  su  fuente,  se  bañan, 
puras,  las  estrellas,  apenas  perturbadas  por  algún 


CIX 


New  York, 
2i  de  abril. 


A  MR.  PLIMPTON 


I   2  2 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


que  otro  anuncio  triste  y  lejano  — Germanian — 
que  no  deslumhra  la  noche,  barco  remoto  en  la 
noche  del  mar. 

Abril  ha  besado  al  árbol  en  cada  una  de  sus 
ramas  y  el  beso  se  ha  encendido  en  cada  punta 
como  un  erecto  brote  dulce  de  oro.  Parece  el 
árbol  así  brotado  un  candelabro  de  tranquilas 
luces  de  aceite,  como  las  que  alumbran  las  re- 
cónditas capillas  de  las  catedrales,  que  velaran 
la  belleza  de  este  regazo  de  la  ciudad,  sencillo  y 
noble  como  una  madre. 

Pasan  junto  a  él  y  junto  a  mí,  que  estoy 
apoyado  en  su  tronco,  los  ómnibus,  lleno  el  te- 
cho de  amantes  que  van,  de  Washington  Square 
a  Riverside  Drive,  a  darse  besos  junto  al  río,  un 
poco  cerca  de  sus  carnes.  El  árbol  no  se  entera, 
y  entre  él  — yo —  y  este  sucederse  de  agrios 
colores,  olores  y  rumores,  se  agranda  la  distan- 
cia como  si  fuera  solo  todos  sus  inviernos  de 
cerrado  sueño,  indiferente  al  voluble  amor  y 
sólo  atento  a  lo  que  no  se  cambia.  Y  mis  ojos, 
enredándose  por  sus  ramas,  son  flor  suya,  y  con 
él  ven  la  noche  alta,  solo  yo  como  él,  que  ha  en- 
cendido, igual  que  mi  corazón  su  sangre,  su  aceite 
puro,  a  la  eterna  realidad  invisible  de  la  única  y 
más  alta  — y  siempre  existente —  primavera. 

i  2  3 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


MOR,  no  me  acompañas;  me  amedrenta 


*el  cercano  secreto 
de  tu  sueño  encendido  y  dilatado 
a  mi  lado,  en  la  sombra. 

Sí;  a  veces  veo  luz  de  espadas  en  el  cielo 
de  tu  soñar, 

como  en  una  tormenta  de  desvelo,  y  me  oigo 

gritar  en  él,  desde  mi  susto, 

mientras  tú  te  sonríes,  preparando 

mi  muerte  en  lo  lejano  de  tu  sueño. 

Sí,  sí;  me  coges  en  el  círculo 

de  tu  soñar,  y  no  lo  sé... 

Y  aunque  te  tengo  y  eres  toda  mía, 
con  tu  soñar  en  ti,  y  pudiera 
matar,  amor,  tu  sueño  en  ti,  lo  mismo 
que  a  un  veneno  en  su  flor,  le  tengo  miedo 
a  tu  sueño,  ¡amor,  sí,  te  tengo  miedo! 


CX 


DESVELO 


I  2  4 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


C  X  I 


New  York, 
23  abril. 


LA  LUNA 


A  ALFONSO  REYES 


BROADWAY.  La  tarde.  Anuncios  marean- 
tes  de  colorines  sobre  el  cielo.  Constelaciones 
nuevas:  El  Cerdo,  que  baila,  verde  todo,  salu- 
dando con  su  sombrerito  de  paja,  a  derecha  e 
izquierda.  La  Botella,  que  despide,  en  muda 
detonación,  su  corcho  colorado,  contra  un  sol 
con  boca  y  ojos.  La  Pantorrilla  eléctrica,  que 
baila  sola  y  loca,  como  el  rabo  separado  de  una 
salamanquesa.  El  Escocés,  que  enseña  y  escon- 
de su  whisky  con  reflejos  blancos.  La  Fuente,  de 
aguas  malvas  y  naranjas,  por  cuyo  chorro  pasan, 
como  en  una  culebra,  prominencias  y  valles 
ondulantes  de  sol  y  luto,  eslabones  de  oro  y 
hierro  (que  trenza  un  chorro  de  luz  y  otro  de 
sombra...).  El  Libro,  que  ilumina  y  apaga  las 
imbecilidades  sucesivas  de  su  dueño.  El  Navio, 
que,  a  cada  instante,  al  encenderse,  parte  cabe- 
ceando, hacia  su  misma  cárcel ,  para  encallar  al 
instante  en  la  sombra...  Y... 


*  2  5 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

— ¡La  luna!  — ¿A  ver?  — Ahí,  mírala,  entre 
esas  dos  casas  altas,  sobre  el  río,  sobre  la  octa- 
va, baja,  roja,  ¿no  la  ves...?  — Deja,  ¿a.  ver?  No... 
¿Es  la  luna,  o  es  un  anuncio  de  la  luna? 


CXII 

New  York, 
24  de  abril. 

P  R  I  M  A  V  ERA 
EN  LA  ADUANA 

EN  flor,  un  arbusto  mece  su  sombra  esmeral- 
da sobre  el  prado  verde  limón,  al  suave 
viento  de  la  una,  un  poco  solitaria  por  fuera. 
Un  pajarillo  que  ya  ha  vuelto  de  su  lunch  en  la 
posada  de  Fraunces,  juega  y  canta,  de  la  flor  a 
la  sombra,  de  la  sombra  a  la  flor. 

CXIII 

IDILIO 

ON  qué  sonrisa,  en  el  paisaje  rosa, 
la  madre  joven  hace,  con  su  mano, 
más  larga  la  manita  tierna 

1  2  6 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


del  niño,  que  la  alza, 
en  vano,  a  las  cerezas! 

Un  pajarillo,  cerca,  canta, 
y  el  sol,  bajo  el  rosal,  trenza,  vibrando, 
sus  rayos  de  oro  con  la  yerba  fina; 
y  el  agua  brota,  blandamente, 
perfumada  de  rosas  encendidas 
y  de  rosas  en  sombra. 

¡Amor  y  vida 
se  funden,  como  el  cielo  con  la  tierra, 
en  un  esplendor  suave 
que  es,  un  instante,  eterno! 


GARCILASO  EN  NEW  YORK 


(JANDO  vino  de  España  aquella  carabe- 


>*^^la  que  trajo,  con  esta  pequeña  joya  de 
libro,  seco  y  manchado  hoy,  la  carga  infinita  de 
belleza?  Aquí,  bajo  este  árbol  preñado  de  ver- 
dura, Garcilaso  — que  ¿desde  cuándo?  estaba 


CXI  V 


New  York, 
26  de  abril. 


A  MR.  A.  HUNTINGTON 


I   2  7 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DI  ARIO 


sentado  esperándome —  está  conmigo,  es  decir, 
en  mí,  mirando  con  mis  propios  ojos,  en  el 
cielo  aún,  la  primavera  nueva,  que  parece  luz 
levantada  con  el  cristal  de  su  libro,  o  dilatada 
imagen  de  su  mirar  que  vió  a  abril  en  Toledo. 
Sí.  En  ningún  libro,  en  cuadro  alguno,  en  nin- 
guna insinuación  de  aquí  hay  una  frescura,  un 
verdor,  una  suavidad,  un  rumor,  una  tras- 
parencia más  igual  a  la  de  esta  primavera  que 
en  estos  once  versos  de  Garcilaso,  que  yo  digo 
en  voz  alta... 

— ...  Leyéndolos  yo,  cada  verso,  doncella  o 
doncel  desnudos,  con  toda  la  hermosura  tierna 
de  abril,  ha  dejado,  corriendo  al  mar  por  cada 
calle,  verdes,  inesperadas  y  alegres  las  once 
avenidas  de  New  York... 

—  ¡Sí!  ¡Yo  he  sido!  ¡Yo  he  sido!  ¡Yo  he  sido! 

Pero  los  policías  sonríen... 


i  2  8 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


I  ^^_jqué  sol  sin  astrol 
|ay,  qué  alegría  tristel 
¡qué  desierto  tan  lleno  y  tan  sin  sombra! 

...  Y  el  árbol  sólo  de  mi  alma  crece 
raudo,  y  con  sus  ramajes  ideales 
lo  va  guardando  todo; 
y  su  silencio  húmedo 
tiende  sobre  el  desierto  seco 
y  lleno  todo, 
un  campo,  nido  eterno 
de  soledad,  de  paz  y  de  dulzura. 


Diario  I  2  9  9 


CX  V 


New  York,  Hotel  Vanderbilt, 
27  de  abril. 


OASIS 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    ;  DIARIO 


EW  York,  el  marimacho  de  las  uñas  sucias, 


^  despierta.  Cual  de  la  luz  las  estrellas  lúcidas, 
en  el  anochecer  del  cielo,  van  surgiendo,  uno  a 
uno,  de  la  sombra,  negros,  los  buques  que  la 
guardan,  en  cerco  férreo,  anclados  en  el  Hudson 
turbio.  El  día  va  poniéndose  en  su  sitio  y  reco- 
bra su  teléfono  en  su  oficina  de  Broadway. 

En  un  anhelo,  doblado  por  la  aurora,  de  ser 
pura,  viene  la  primavera,  nadando  por  el  cielo 
y  por  el  agua,  a  la  ciudad.  Toda  la  noche  ha 
estado,  desvelada,  embelleciéndose,  bañándose 
en  la  luna  llena.  Un  punto,  sus  rosas,  aún  tibias 
solo,  doblan  la  hermosura  de  la  aurora,  en  lucha 
con  el  trust  «Humo,  sombra,  barro,  and  C.°»,  que 
la  recibe  con  su  práctico.  Pero  ¡ay!  se  cae  al 
agua,  casi  vencida.  Ejércitos  de  oro  vienen  en 
el  sol  en  su  ayuda.  La  sacan  desnuda  y  chorrean- 
te, y  le  hacen  la  respiración  artificial  en  la  esta- 
tua de  La  Libertad.  ¡La  pobre!  ¡Qué  encanto  el 
suyo,  tímida  aún  y  ya  vencedora! 


CX  VI 


¡VIVA  LA  PRIMAVERA! 


i  3  o 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 

El  oro  leve  de  las  nueve  le  basta  ya  para  ser 
reina.  Sí.  Los  brotes  sucios  de  los  árboles  de  los 
muelles  se  sonríen,  con  una  gracia  rubia;  cantan 
cosas  de  oro  los  gorriones,  negros  aún  del  re- 
cuerdo de  la  nieve,  en  las  escaleras  de  incendio; 
los  cementerios  de  las  orillas  estallan  con  leves 
ascuas  el  hollín,  una  banda  rosa  de  oriente  en- 
canta los  anuncios  de  las  torres;  repican,  con- 
fundidas, las  campanas  de  fuego,  las  campanas 
de  todas  las  iglesias... 

¡Vedla!  Ya  está  aquí,  desnuda  y  fuerte,  en 
Washington  Square,  bajo  el  arco,  dispuesta  a 
desfilar,  por  la  Quinta,  hasta  el  parque.  Sus  pier- 
nas desnudas  inician,  sin  marchar  todavía,  el 
paso  marcial.  Inclina  la  cabeza.  ¡Ya! 

— ¡Viva  la  Primavera!  ¡Viva  la  Primaveraaa! 
¡Viva  la  Primáveraaaaa! 


CX  VII 


New  York, 
37  de  abril. 


CANCIÓN 


1  3  1 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

qué  sabéis  de  su  centro? 
— Si  salís  a  su  encuentro, 
mi  sueño  no  se  altera... — 
|Yo  sólo  vivo  dentro 
de  la  primavera! 


EW  York  solitario  ¡sin  un  cuerpol  ...Y 


t  voy  despacio,  Quinta  avenida  abajo,  can- 
tando alto.  De  vez  en  cuando,  me  paro  a  contem- 
plar los  enormes  y  complicados  cierres  de  los 
bancos,  los  escaparates  en  transformación,  las 
banderolas  ondeantes  en  la  noche...  Y  este  eco, 
que,  como  dentro  de  un  aljibe  inmenso,  ha  ve- 
nido en  mi  oído  inconciente,  no  sé  desde  qué 
calle,  se  acerca,  se  endurece,  se  ancha.  Son  unos 
pasos  claudicantes  y  arrastrados  como  por  el 
cielo,  que  llegan  siempre  y  no  acaban  de  llegar. 
Me  paro  una  vez  más  y  miro  arriba  y  abajo. 
Nada.  La  luna  ojerosa  de  primavera  mojada,  el 
eco  y  yo. 

De  pronto,  no  sé  si  cerca  o  lejos,  como 


CX  VIII 


New  York, 


27  de  abril. 


ALTA  NOCHE 


1  3  2 


DE    UN   POETA    RECIÉN  CASADO 


aquel  carabinero  solitario  por  las  playas  de  Cas- 
tilla, aquella  tarde  de  vendaval,  un  punto,  un 
niño,  un  animal,  un  enano...  ¿qué?  Y  avanza. 
¡YaI...  Casi  no  pasa  junto  a  mí.  Entonces  vuelvo 
la  cara  y  me  encuentro  con  la  mirada  suya,  bri- 
llante, negra,  roja  y  amarilla,  mayor  que  el  ros- 
tro, todo  y  solo  él.  Y  un  negro  viejo,  cojo,  de 
paleto  mustio  y  sombrero  de  copa  mate,  me 
saluda  ceremonioso  y  sonriente,  y  sigue,  Quinta 
avenida  arriba...  Me  recorre  un  breve  escalofrío, 
y,  las  manos  en  los  bolsillos,  sigo,  con  la  luna 
amarilla  en  la  cara,  semicantando. 

El  eco  del  negro  cojo,  rey  de  la  ciudad,  va 
dando  la  vuelta  a  la  noche  por  el  cielo,  ahora 
hacia  el  poniente... 


CXIX 

i 

SERENATA  ESPIRITUAL 

A  HORA,  que  estás  dormida, 
■^^puedo,  solo,  adorarte, 
sin  serme,  con  tu  parte, 
mi  fé  correspondida. 


i  3  3 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

¡Qué  bien,  dar  uno,  entero 
su  afán,  sin  recompensa! 
¡Esta  es  la  vida  inmensa, 
el  amor  verdaderol 

...  Duerme,  que  yo,  extasiado, 
te  adoro;  que  yo  sigo, 
pensándolo,  contigo, 
tu  sueño  remontado 
hasta  los  altos  fines 
de  esos  cielos  abiertos 
a  los  que  son,  despiertos, 
dignos  de  sus  jardines. 

¡Qué  bien,  ver  la  hermosura 
que  copia  lo  infinito 
en  el  blancor  bendito 
de  esta  tu  ausencia  pura; 
seguir  atentamente 
esa  desentendida 
realidad,  que  es  la  vida, 
más  alta  de  tu  frente! 

Cual  si  muerta  estuvieras, 
en  tu  latente  calma 
te  adoro,  con  mi  alma 
entre  dos  primaveras... 

i  3  4 


DE    UN   POETA    RECIÉN  CASADO 


Duerme,  que  así  me  abismo 
en  tu  amor  sordo,  ciego, 
mudo  para  mi  ruego, 
cual  si  fueras  Dios  mismo... 


cxx 

New  York, 
28  de  abril. 


SI.  Aprenden  de  nuestro  sueño  a  ver  la  vida. 
Basta. 


CXXI 

New  York, 
29  de  abril, 

AMOR 

NO,  no,  nosotros  dos  no  somos 
nosotros  dos,  que  estamos 
aquí,  viendo  ponerse  el  sol  granate 
entre  el  verdor  dorado 
en  que  cantan,  en  ramo,  sobre  el  río 
los  inconstantes  pájaros. 
No,  no  somos  nosotros. 
Nosotros  dos  — ¡oh  encanto 
del  parque  sin  nosotros,  con  nosotros! - 
nosotros  somos  esos  dos  románticos 


1  3  5 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


que  no  son  aún  nosotros,  que  no  están  aún  con 

mismos,  esos  dos,  que,  soñando  [ellos 

en  ser  ellos,  en  no  ser  ellos,  dulces, 

se  pierden  lentamente,  en  solo  un  beso, 

por  el  sendero  — vago 

ya  en  la  hora  en  que  cierran, 

solo  obedientes  al  ocaso — , 

por  el  sendero 

solitario 

en  donde  canta  a  la  arboleda  verde 
ya,  libre  del  pisar  del  día, 
un  obstinado  pájaro. 


CXXII 

New  York, 
29  de  abril. 

PROLONGACIÓN  DE  PAISAJE 

UÉ  bienestar  material!  Parece  que  la  san- 
gre del  cuerpo  es  el  agua  aquella  que  re- 
flejaba el  crepúsculo,  que  es  él  mismo  el  paraje 
que  ha  sentido  el  alma,  con  sus  árboles,  con  su 
agua,  con  sus  pájaros.  Es  el  cuerpo  como  una 
carne  gloriosa  que  está  esperando,  en  su  centro, 
la  resurrección  de  su  alma  muerta  en  el  reino 
de  la  realidad,  es  decir,  de  la  fantasía.  O  que  el 

1  3  6 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 

cuerpo  es  el  paisaje  de  tierra  y  el  alma  es  el 
cielo  crepuscular... 

La  ciudad  nocturna  intenta  despertarnos  al 
entrar  en  ella  por  la  Quinta  iluminada  toda  vio- 
lentamente, como  la  aurora  de  los  gallos  de  un 
cielo  dulce.  Pero  es  un  duermevela  en  el  que 
vence  siempre  el  sueño  de  la  carne,  es  decir,  la 
verdad. 


CXXIII 

New  York, 
30  de  abril. 

DE  pronto,  cayendo  ya  el  sol  sobre  la  dulce 
calle  once,  en  sombra  la  roja  casa  vieja  de 
esos  señores  que  ahora  van  camino  de  España, 
un  organillo  empieza  a  llorar  bajo  mi  ventana. 
Es  un  carrito  verde  que  arrastra  y  toca  una  bruja 
de  Goya,  negra,  cana,  con  grandes  guantes  de 
pelo  gris. 

La  señorita  desnuda  que,  enfrente,  escribe  a 
máquina  desde  el  alba,  no  se  inmuta  ni  para  su 
aguacero  de  metal.  Sin  embargo,  el  organillo 
llora  igual  que  un  hombre.  Sí,  parece  que  destila 
lágrimas  difíciles  de  no  sé  qué  barniz  multicolor 
y  cristalino  que  embriaga  mal  como  un  vinote 


1  3  7 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

de  taberna...  Pero  hace  llorar  limpio  y  eleva,  no 
sé  a  qué,  el  corazón,  solo... 

Innumerables  cirros  rosas  pintan  por  el  cielo 
como  una  escalera  blanda  que  lleva  a  los  ideales, 
¡al  sur!  — El  organillo,  al  sentir  yo  así,  grita  y  se 
desentona,  cual  si  sus  notas  fuesen  latidos  de  un 
corazonazo  descompuesto. — 


CXXI  V 

i  de  mayo. 

DÍA  DE  PRIMAVERA  EN  NEW  JERSEY 

A  YOYÓ 

L— LA  MAÑANA 

LOS  troncos,  secos  aún,  tan  secos  que 
parecen  apolillados,  han  abierto  orejas 
de  arriba  abajo,  en  sarta  viva,  por  toda  su  ma- 
dera, para  oiría  venir,  como  viene,  cantando  dé- 
bilmente por  los  valles  velados. 

II.- MARIPOSA  MALVA 

Ya  la  nieve  ha  dejado  al  sol  las  hojas  secas 
del  otoño  pasado,  que  conservaba  iguales  e  in- 
tactas bajo  su  frío  blanco  y  llenan  todo  el  suelo. 

i  3  8 


DE    UN   POETA    RECIÉN  CASADO 


Los  árboles,  aún  sin  brotes  y  sin  flores,  tienen, 
sobre  el  azul  con  viento,  volubles  copas  de  nubes 
blancas.  Una  mariposilla  malva  pasa  entre  los 
troncos  crujientes  y  se  va,  antes  casi  de  que  po- 
damos verla. 
—¡Mira! 

Cuando  tú  miras,  ya  se  ha  ido,  dejando  una 
inmensa  desolación  del  tamaño  de  la  esperanza 
de  un  minuto,  que  llenó  todo  el  campo,  en  todo 
el  valle  solitario,  que  manda  al  olor  seco  con  sol 
del  bosque  alto  un  olorcillo  con  sol,  fresco  y 
nuevo. 

III.— MEDIODÍA 

Por  el  ambiente  yerran,  como  viento,  colorines 
que  aún  no  están  posados  en  ninguna  parte. 
Aquel  bosque  parece  ahora  vagamente  verde, 
luego,  lleno  de  flor  roja,  o  violeta... 

La  hora,  de  oro  claro,  se  va  llevando  al  ocaso, 
en  su  seno,  visiones  de  armonía  y  de  hermosura 
que  no  se  sabe  qué  son,  ni  cómo,  ni  por  qué. 
Se  salta,  se  ríe,  se  habla  mucho,  se  canta...  se 
suspira...  ¡Ya  viene,  por  la  tarde  también! 


i  3  9 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


IV.  - INSISTENCIA 

Lejos,  entre  el  fresco  viento  tembloroso,  hay- 
ilusiones  de  color  nuevo,  como  manchas  verdes, 
moradas,  azules,  que  las  sombras  de  las  nubes 
quitan  y  ponen.  Todo  el  paisaje  está  cual  esfu- 
mado dulcemente  por  una  eterna  mano  femeni- 
na. Estamos  en  dos  tonos.  No  hay  aún  tricromía. 
Es  como  si  abril  acercase  a  nuestra  alma  la  pri- 
mavera lejana  a  través  de  su  telescopio  de  ale- 
gres cristales. 

V.  -INSISTENCIA 

Aquí,  a  mi  lado,  en  la  infinita  soledad  de  cer- 
ca, canta  un  rondaflor  en  una  rama  amarilla;  la 
deja  luego,  y  la  rama  se  queda  meciéndose.  Allá, 
en  la  infinita  soledad  lejana,  se  adivinan,  entre  la 
niebla,  vagas  manchas  verdes,  tiernas,  albinas, 
de  campos  grandes  que  tienen  el  gran  sol  débil 
de  un  cielo  que  insiste  en  despejarse. 

VI.  — LA  TARDE 

El  claro  oro  de  luz  de  las  cinco  se  dilata  in- 
mensamente, hasta  romperlo,  en  su  marco  de  co- 
lores nuevos,  como  si  fuera  el  alma  ansiosa  de 


i  4  o 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


la  tarde  que  quisiera  ser  todo  el  mundo,  mos- 
trarse en  toda  su  hermosura,  desbaratar  la  natu- 
raleza que  la  contiene  para  crear  otra  naturaleza 
más  divina.  Se  enciende,  se  enciende...  Toda- 
vía no  puede...  Y,  poco  a  poco,  apagándose  otra 
vez  en  maravillosa  retirada  de  color  con  luz,  se 
va  al  ocaso  suspirando  inmensamente  por  una 
verdad  que  aún  parece  mentira. 

Mañana,  ya  con  un  poco  más  de  fuerza,  dirá: 
¡Mañana! 

VIL— SOMBRAS  VERDES 

Sobre  la  yerba  verdeoro,  en  que  la  luz  decae 
y  se  enfría,  verde  que  no  ha  igualado  la  guada- 
ña, oro  que  el  sol  complica,  nuestras  sombras 
de  amor  se  alargan,  en  pura  esmeralda,  hasta  un 
naciente  malva,  rosa  y  gris  de  ramajes  y  nubes 
confundidos,  que  parece  la  retirada  del  invierno. 

VIII.  -  LA  NIÑA 

La  niña  se  ha  quedado  sola,  sentada  en  el  tron- 
cón, jugando  con  las  culebrillas  de  tierra  que 
saca  de  debajo  de  las  piedras.  No  habla.  Sólo 
sonríe. 

Le  sonríe  y  le  tiende  las  manos,  echando  la 
i  4  i 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


cabeza  atrás,  abiertos  los  ojos  al  cielo  que  tiene 
a  la  espalda,  en  un  deseo  descuidado  y  tornadi- 
zo, al  sol  poniente  que,  como  un  caramelo  gra- 
na, se  pierde  poco  a  poco  tras  la  niebla  de  un 
alto  horizonte  de  nube. 

IX.- EN  EL  TREN,  DE  VUELTA 

Morado  y  verde  todo,  vagamente.  La  prima- 
vera, toda  la  primavera  ante  la  que  vamos  pa- 
sando, gran  fresco  de  un  Puvis  de  Chavannes  con 
más  jugo,  se  recoge  y  se  hunde  en  su  propia  alma 
como  una  flor  de  esas  que  se  cierran  de  noche, 
una  gran  flor  poco  vista...  Soñolencia...  Cada  vez 
que  se  abren  los  ojos,  el  paisaje  real  tiene  el 
valor  mismo  qiie  el  del  recuerdo,  pintado  en  la 
ausencia  momentánea  del  sueño.  Nunca  vi  más 
armonía  entre  la  ilusión  y  la  verdad,  amor,  que 
entre  tú  y  mi  sueño,  que  entre  mi  sueño  y  este 
anochecer  verde  y  morado  de  primavera. 


i  4  2 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


CXX  V 

EPITAFIO 
DE  UNA  REINA  DE  CORAZONES 

MUERTA  EN  UNA  MÚSICA,  PUES  QUE  ES  IDA  PARA  MÍ 

EJEMPLO  de  mi  vida  es  esta  rosa 
que  de  mi  muerte,  vida  eterna,  brota: 
lleva  en  su  mano,  dulce,  la  corona. 


Corren  todos  un  punto,  mudos,  ciegos, 
locos,  sin  saber  qué  era, 
solo  porque  gritaron: 
¡Ahí  va  la  primavera  nueva! 

Y  todos  vuelven  tristes, 
caminando  hacia  atrás,  sonriendo  al  frente, 


CXX  VI 


MARIPOSA  MALVA 


Hf  val 


— ¡La  primavera  nueva! 


i  4  3 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

con  los  brazos  tendidos 
y  las  manos  abiertas. 

— ¡Qué  lástima! 

—  ¡Sí  era! 

Corren  todos 
de  aquí  á  allá,  ciegos,  mudos, 
locos,  entre  los  secos  árboles, 
sobre  las  viejas  hojas  secas, 
solo  porque  gritaron: 

¡Sí  era! 

Cruje  todo  el  invierno,  exhala 
olores  de  madera  seca  y  tierra 
abierta. 

— ¡Ay,  ay,  ay,  ay! 

Todos  miran 

al  cielo,  abriendo  inmensa- 
mente los  ojos,  olvidados 
de  la  tarde. 

Y  caen,  al  fin,  mustios, 
como  una  yerba  muerta 
quemada  de  ansia.  Al  lado  de  su  sueño, 
la  mariposa  malva  se  ha  quedado  quieta. 


i  4  4 


DE    UN   POETA    RECIÉN  CASADO 


CXX  VII 
PUERTO 

A  MISS  HAGUE 

LAS  seis  del  agua.  El  silencio,  como  un  enor- 
me color  único,  parece  inmenso  y  se  siente 
con  los  ojos,  pero  en  los  oídos  siguen,  en  insis- 
tente confusión,  las  sirenas,  los  remaches  de  aire 
comprimido,  las  bocinas,  como  sonando  en  un 
cuadro. 

¡Ahí  La  primavera,  que  aquí  también  se  gana 
la  vida  — hija  única  al  fin —  como  «decoradora 
de  exteriores»,  se  retira  en  su  golondrina,  de 
blanco  y  Panamá,  á  su  casa  de  Long  Island,  a 
descansar  hasta  mañana. 


CXX  VIII 

Montclair, 
2  de  mayo. 

CEMENTERIO  ALEGRE 

T^STÁ,  como  el  de  Spoon  River,  en  la  colina 
^-'que  pisa  ya  levemente  la  primavera,  al  otro 
lado,  el  más  bello  siempre,  del  río.  Sus  árboles 


Diario 


*  4  5 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


tiemblan  ya  todos  verdes,  pero  todos  trasparen- 
tes aún,  y  se  les  ven  los  pájaros  y  las  ardillas. 

Es  como  la  plaza  del  pueblo,  lo  despejado,  lo 
claro,  lo  junto  al  cielo,  a  donde  se  viene,  la 
mañana  de  asueto,  a  ver  los  lejanos  horizontes 
azules.  Sus  tumbas  se  derraman,  como  unas 
ruinas  bellas,  como  una  luna  hecha  pedazos,  por 
lo  verde,  o  buscan,  entre  las  casas,  la  sombra 
de  las  ventanas  con  flor.  Los  niños  se  paran 
tranquilos  entre  ellas,  hablándoles  a  sus  jugue- 
tes, absortos  en  una  hormiga,  mirando  sus  glo- 
bitos  rojos,  morados,  amarillos... 

Dan  ganas  de  alquilar  una  tumba  ¡sin  criadosl 
para  pasar  aquí  la  primavera. 


A  copa  del  árbol  frondoso  que  cobija  este 


'banco  en  el  que,  cara  al  cielo,  me  abandono, 
no  es  de  hojas  sino  de  pájaros.  Es  el  canto  tupi- 
do el  que  da  sombra  — una  sombra  oscura  de 
tarde  nublada  ya  muy  tarde,  sombra,  sombra, 


CXXIX 


TARDE  DE  PRIMAVERA 
EN  WASHINGTON  SQUARE 


i  4  6 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


sombra,  casi  hasta  ser  nada — ,  gratitud  y  fres- 
cura, el  que  pinta,  enlaza  y  se  menea  con  la  leve 
brisa  que,  a  ratos,  quiere  levantarse,  como  otra 
música,  de  la  paz  plomiza  de  mayo. 

Es  como  estar  al  lado  de  un  manantial  de  me- 
lodía fresca,  no  se  qué  alta  fuente  de  fortaleza, 
salud  y  alegría.  No  importa  el  sabor  de  la  tarde, 
amarga  igual  que  una  raíz.  Como  el  niño  pobre 
es  feliz  con  solo  un  juguete,  los  pájaros  bastan  a 
ahuyentar  la  hiél  e  ilimitar  la  plaza  breve  limita- 
da arriba  — el  alma —  por  nubarrones  cercanos 
y  bajos  que  de  vez  en  cuando,  como  un  perrazo 
a  un  pollito,  nos  dan  una  manotada  desconocida 
y  fría. 

...  Aquí  y  allá,  mudos  y  extrañados  eslabo- 
nes de  mi  misma  deslabonada  cadena,  unos  paja- 
rillos  rojos,  de  esos  que,  según  dice  la  prensa,  se 
han  escapado  estos  días  del  jardín  zoológico  y 
que  no  hablan  la  lengua  de  los  otros,  esperan, 
como  yo,  sin  movimiento,  no  sé  qué  verdad, 
primavera,  o,  amor,  qué  mentira... 


i  4  7 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


■  ^^Je  extrañe,  aunque  le  fastidie!  Azul,  sí... 
Antes  de  saber  que  el  rubio  y  seco  inglés  lo 
decía  de  este  modo,  ya  yo,  que  como  el  que  lo 
dice  y  el  que  no  lo  dice,  me  había  sentido  azul 
muchas  veces  — no  tantas  quizá  como  supone 
Fitzmaurice- Kelly  que,  en  su  lamentable  The 
Oxford  Book  of  Spanish  Verse,  me  ha  bautiza- 
do en  azul  de  cromo  y  a  su  gusto  cuatro 
poesías — ,  lo  había  dicho  y  escrito:  Dios  está 
azul. . .  Porque  no  se  trata  de  decir  cosas  cho- 
cantes, como  puede  creer  cualquier  poeta  del 
Ateneo  de  Madrid  o  del  Club  de  Autores  de 
New  York,  sino  de  decir  la  verdad  sencilla- 
mente, la  mayor  verdad  y  del  modo  más  claro 
posible  y  más  directo.  Sí.  ]Qué  gustol  «Me  sien- 
to azul».  «|Qué  azul  estás!»  «Tengo  los  azules 
en  el  cuerpo»... 

Pero  no  para  matarlos,  como  quiere  ese  anun- 
cio del  tranvía,  en  que  un  cazador  — periódico 


cxxx 


New  York, 
3  de  mayo. 


«ME  SIENTO  AZUL» 


poderlo  decir  sin  que  á  nadie 


DE    UN   POETA    RECIÉN  CASADO 


de  chistes —  mata,  rojo  en  fondo  amarillo,  a  dos 
«azules»  atados,  en  forma  de  demonios,  a  un 
árbol  seco. 

No,  no  hay  que  matar  la  pasión  de  ánimo, 
mala  o  buena  que  sea.  Hay  que  dejarla  libre, 
hasta  que  ella  quiera  ¡que  ya  querrá!,  como  yo 
me  dejo  hoy,  azul ,  estar  y  nombrarme  azul  en 
esta  New  York  verde,  con  agua  y  flores  de 
mayo. 

CXXXI 
NOCTURNO 

A  ANTONIO  MACHADO 

ES  la  celeste  geometría 
de  un  astrónomo  viejo 
sobre  la  ciudad  alta  — torres 
negras,  finas,  pequeñas,  fin  de  aquéllo... — 

Como  si,  de  un  mirador  último, 
lo  estuviera  mirando 
el  astrólogo. 

Signos 

exactos  — fuegos  y  colores — 
i  4  9 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


con  su  secreto  bajo  y  desprendido 

en  diáfana  atmósfera 

de  azul  y  honda  trasparencia. 

[Qué  brillos,  qué  amenazas, 
qué  fijezas,  qué  augurios, 
en  la  inminencia  cierta 
de  la  extraña  verdad!  ¡Anatomía 
del  cielo,  con  la  ciencia 
de  la  función  en  sí  y  para  nosotros! 

— Un  grito  agudo,  inmenso  y  solo, 
como  una  estrella  errante — . 

...  ¡Cuán  lejanos 

ya  de  aquellos  nosotros, 

de  aquella  primavera  de  ayer  tarde 

— en  Washington  Square,  tranquila  y  dulce — , 

de  aquellos  sueños  y  de  aquel  amor! 


C  XXXII 

New  York, 
7  de  mayo. 

L  cielo?  Un  incoloro  color  más,  para  ha- 
cer, en  franjas  iguales,  una  bandera  — en- 
seña de  lo  mortal —  con  la  cortina  azul  a  un 


1  5  ° 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 

tercio  de  ventana  y,  a  dos  tercios,  la  cortina 
amarilla. 

El  cuervo  dice:  Nada  más. 


CXXXIII 
MARINA  DE  ALCOBA 


'se  posa  aquí  y  allá. 
No  la  vemos,  llegando, 
donde  cerró  el  volar. 
La  isla  estaba  desierta, 
sin  luz  primaveral 
mayo,  el  amor  volvía 
los  ojos  hacia  atrás... 
Vida:  ¡mar! 

— Se  mueve,  alegre,  el  lecho 
como  un  barco.  La  mar 
tiembla,  toda  amarilla 
de  sol  — en  el  cristal 
que,  entre  las  rosas,  coge 
su  irse — ,  con  el  afán 
de  ser  surcada.  Ardiendo, 


ESTAMPA  ANTICUADA 


A  ilusión,  gaviota 


1  5  i 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

dicen  las  olas:  ¡Másl 
Vida;  ¡mar! — 

De  pie  en  el  alma  mía, 
nunca  se  pararán 
mis  ojos  en  la  vida 
firme.  En  inmenso  par, 
latirán  el  mar  único 
y  mi  corazón.  ¡Más! 
dicen  las  olas;  dice 
¡Más!  ¡¡Más!!  mi  voluntad. 
Vida:  ¡mar! 


NOCHE    EN  HUNTINGTON 


E  oye  hablar  al  niño,  y  es  como  si  la 


•  •  •  Apalabra  infantil  que  traspasa  las  made- 
ras, fuese  del  tamaño  de  la  casa  — esta  casi- 
ta de  estanciero,  vieja,  baja,  de  pequeñas  ven- 
tanas, con  su  jardincillo  humilde — ,  que  se  sien- 
te blanca  y  recogida,  como  una  gata  blanca,  en 


CXXXI  V 


A  MRS.  ARTHUR  W.  PAGE 


L  —  TORMENTA 


i  5  ^ 


DE    UN   POETA    RECIÉN  CASADO 


la  noche  fresca  de  tormenta.  Y  las  palabras  del 
niño  a  la  madre  le  preguntan,  tranquilas,  al 
cielo. 

Fuera,  los  sapos  cercan  la  casa,  en  charcas 
que  no  sé,  con  su  unánime  flautido  de  agua, 
agudo  y  dulce,  que  no  parece  de  seres  feos,  sino 
de  lirios  del  aire,  que  sube  todo,  o  baja,  o  se  des- 
vía, según  el  ventarrón.  Dentro,  el  reloj,  se  oye, 
por  el  hueco  de  la  escalenta  blanca,  abajo,  don- 
de antes  hemos  leído  y  tocado  el  piano  viejo. 
— ¡Qué  paz  habrá  en  las  cosas  solas,  libros,  flo- 
res, rescoldos! — 

El  trueno  cerrado,  tras  la  madera  débil,  que 
casi  no  está  entre  él  y  nosotros.  Otro.  — El  agua- 
cero completo — .  Otro.  Y  se  derrama  en  el  es- 
panto, como  un  aceite  tenue,  calma  de  la  tem- 
pestad, la  voz  inocente  del  niño,  que  le  habla  a 
la  madre  y  al  cielo. 

II.— LA  TORMENTA  PASA 

¿Qué  hora  es?...  Como  en  una  isla  de  luz  ver- 
de, en  cuya  gran  claridad  lucen  zigzagueos  más 
claros  aún,  por  la  ventanita,  se  ven,  un  mo- 
mento, en  el  huertecillo  de  la  casa,  que  da  su 
poquito  de  realidad  dulce  y  pacífica  a  la  madru 

i  5  3 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

gada,  los  cerezos  en  flor  y  las  gallinas  dormi- 
das... El  fondo  aparece,  a  saltos,  un  punto,  aquí 
y  allá,  siempre  donde  no  se  esperaba,  en  su 
susto  acercado  en  diversos  cercas,  con  todas  sus 
cosas  representadas  tétricamente... 

III. -ALBA 

Despierto,  por  centésima  vez,  entre  los  indios 
de  mi  pesadilla,  los  del  relato  de  anoche,  que  pa- 
rece que  acaban  de  salir  de  mi  cuarto... 

Entra  por  las  ventanas  abiertas  un  fresco  cru- 
do, vivo,  con  un  olor  a  flores  mojadas  que  barre 
la  pesadilla.  ¡Qué  sofocación!  ¡Qué  fiebre!  Por 
esta  parte,  el  cielo  está  de  agua,  pero  el  sol  debe 
verse  en  su  aurora  porque  los  verdes  de  la  co- 
lina están  con  él... 

...  Otra  vez  despierto  con  los  indios.  Pero,  ¿me 
había  dormido?  El  perrillo  negro  de  anoche  debe 
estar  jugando  con  las  gallinas.  Pían  los  pollitos 
amarillos  de  ayer,  y  los  pajarillos  del  nido  del 
árbol  al  que  nos  llegamos  ya  anochecido... 

Y  entro  y  salgo  en  mi  sueño  de  la  madruga- 
da, casa,  como  ésta,  de  dos  puertas  — ¿el  sue- 
ño o  la  casa? —  ¡Qué  amanecer  tan  largo  y  tan 
igual  a  sí  mismo!  ¡Siempre  el  mismo  tras  mi 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 

sueñol  ¿Es  que  amanece?  ¿Es  que  lo  que  yo 
creo  amanecer  es  la  entrada  de  la  primavera  en 
Huntington? 

CXXX  V 

New  York  , 
10  de  mayo. 

ELEGÍA 

I.— EN  LA  MAÑANITA 

UN  fino  pajarillo  canta  débilmente  en  la  ven- 
tana. Desde  el  lecho  de  los  dos,  aún  encor- 
tinado, su  voz  dice  que  hace  sol  afuera.  Es  su 
trino  de  sonetillos  frescos,  como  un  mayo  breve, 
dentro  del  cual  está  ya  toda  la  que  no  estaba 
aún  ayer  en  la  primavera  grande:  la  rosa,  la  bri- 
sa, la  nubecilla  blanca,  el  arroyo  deshelado...  ¿el 
amor?  ¡El  amorl  ¿Dónde  está  el  amor? 

II.- POR  LA  TARDE 

Ha  vuelto  el  pajarillo  a  mi  ventana,  en  la  que 
pienso,  ahora,  solo  con  la  tarde;  el  cantorcillo  se 
hincha,  se  dilata,  se  hace  junto  a  mí  como  otra 
New  York  ideal  de  ilimitadas  márgenes  de  oro, 
la  New  York  verdadera  que  viene  bien  a  mi  co- 

*  5  5 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

razón.  El  amor  ¿no  se  fué  ya?  Ahora  ei  horizonte 
último,  con  la  música  sencilla,  está  aquí  ¡solo!  y 
el  horizonte  lejano  está  vacío.  <¡Y  el  amor?  ¡Aquí 
está  el  amor,  ay! 


^que  entonces,  viva, 
fresca  y  de  oro, 
como  si  ella  fuese  Ella, 
¡más  Ella  todavía, 

pues  se  parece  a  su  recuerdo  inmenso! 

Primavera,  ¿a  qué  pones 
nuevo  campo  a  su  fuga? 
¿Por  qué  haces  que  torne 
a  huir  de  mí,  otra  vez, 
por  tus  valles  en  flor, 
más  bella  aún  en  la  memoria? 


CXXXVI 


I  5  6 


DE    UN   POETA    RECIÉN  CASADO 


CXXX  VII 

1 1  de  mayo. 

UÉ  distancia,  aquí,  de  la  vida  a  la  muer- 
te y,  por  lo  mismo,  qué  proximidad,  es 
decir,  qué  conformidad! 


CXXX  VIII 

New  York. 
12  de  mayo. 

TARDE  DE  PRIMAVERA 
EN  LA  QUINTA  AVENIDA 

A  MADELEINE  BOGERT 

I.-PAZ 

LOS  gorriones,  que  no  se  ven  en  el  hierro  de 
los  peldaños,  chillan  en  las  escaleras  de  in- 
cendio, que  no  se  ven  de  gorriones.  Chillan,  casi 
cantan  con  la  belleza  del  sol  rosa  que  se  va,  y 
hacen  las  escaleras  hórridas  de  hierro  escaleras 
de  plata,  de  alegría,  de  cristal  — un  poco  basto, 
como  de  botella,  pero  cristal  al  fin — .  Paz  rui- 
dosa... 


'  5  7 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


H.— ¡FUEGO! 

...  No.  No  es  aquí.  ¡Podéis  seguir  cantando, 
gorrionesl  ¡Talánl  ¡Talán!  Las  bombas,  largas, 
doradas  y  rojas,  con  sus  hombres  de  juguete  o 
de  teatro,  pasan,  campeadoras,  entre  las  magno- 
lias en  flor  de  la  casa  de  Mark  Twain  y  de  la  de 
Brevoort... 

III.— VIENTO 

...Ya  través  de  los  banderones  rojos,  blancos 
y  azules,  listados  y  estrellados,  que  hincha  el 
gran  viento  de  la  Quinta  llevándosela  al  ocaso 
con  ellos,  velamento  polícromo,  se  ven,  vagos, 
los  enormes  edificios,  llenos  de  oros  y  crista- 
les, cobrizo  todo  del  poniente  tras  la  tela.  Está 
claro  el  cielo  y,  volviéndose  uno,  mira,  sobre  el 
arco  de  Washington,  las  torres  del  Woolworth, 
blanca  y  oro,  y  del  Singer,  roja  y  gris,  distintas 
¡y  hasta  puras! 

IV.— ANUNCIOS 

...  Multiformes,  multicolores  y  multiveloces,  se 
van  encendiendo  sobre  el  cielo  malva,  en  el  que 
alguna  estrella  prende  la  luz  del  día,  los  anun- 
cios. ¡Qué  bonitos  están  hoy,  como  dados  a  luz 
por  la  primavera  con  las  flores! 

i  5  8 


DE    UN   POETA    RECIÉN  CASADO 


CXXX  IX 

New  York, 
13  de  mayo. 

Noche  fabricadora  de  embelecos, 
loca,  imaginativa,  quimerista... 

Lope  de  Vega. 

HEMOS  estado  en  ello 
y  se  nos  ha  quedado 
para  siempre  en  la  sombra.  Cosa  nuestra 
fué,  más  nosotros  lo  ignoramos, 
y  nadie  nunca  nos  dirá  qué  era 
porque  fué  sólo  nuestro. 

Estamos  hoy, 
como  nacidos  hoy  — como  si  fuera 
ello  el  vientre  cerrado 
que  nos  dio  a  luz,  donde  estuvimos 
no  sabemos  por  qué,  ni  cómo,  ni  qué  tiempo, 
ni  cuándo... — 

Y  ahora,  ¡a  vivir  de  nuevo!  Sigue 
la  primavera  engalanándo- 
se. El  pájaro,  la  flor,  tranquilamente, 
cantan  y  aroman  en  el  sol  suave 
el  jardinillo  solitario 
de  la  calle  de  hierro,  piedra  y  ruido. 

1  5  9 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

...  Mas,  ¿cómo  podrá  ser  hoy  el  vivir, 
desde  un  nido  de  sombra, 
como  creímos  ayer  tarde, 
entre  la  primavera  verde,  claro? 


TRA  vez,  sí.  |Y  ciento!  El  mayor  atractivo, 


^^para  mí,  de  América,  es  el  encanto  de  sus 
cementerios  sentidos,  sin  vallas,  cercanos,  ver- 
dadera ciudad  poética  de  cada  ciudad,  que  atan 
con  su  paz  amena  y  cantada  de  pájaros,  en  me- 
dio de  la  vida,  más  que  los  jardines  públicos, 
que  los  puertos,  que  los  museos...  Una  niña  va 
entre  las  tumbas  — violetas  y  azules  bajo  lo  ver- 
de— ,  de  su  casa  a  otra,  tranquila,  deteniéndose 
abstraída  a  sonar  su  muñeca  o  a  seguir  con  los 
ojos  una  mariposa.  En  los  cristales  colgados  de 
yedras  de  las  casas  próximas,  se  copian  las  cru- 
ces, a  la  fresca  paz  cobijada  por  la  espesura  que 
hermana,  en  una  misma  sombra,  casa  y  tumba. 
Los  pajarillos  de  ahora  vuelan  de  la  cruz  a  la  ven- 


CXL 


De  New  York  a  Philadelphia, 
19  de  mayo. 


CEMENTERIOS 


1  6  o 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


tana,  tan  tranquilos  entre  los  vivos  como  la  niña 
eñ  la  colina,  entre  los  muertos. 

¡Cómo  vence  aquí  la  belleza  a  la  muerte, 
ejemplo  tranquilo  y  grato  en  medio  de  tantos 
malos  ejemplos  de  prisa  y  malestar I  ¡Oh  rosa 
bien  olida,  oh  agua  bien  bebida,  oh  sueño  bien 
soñado!  [Qué  bien  deben  descansar  los  muertos 
en  vosotras,  colinas  familiares  de  New  York, 
claros,  en  la  vida  diaria,  de  vida  eterna! 


CXLI 

De  New  York  a  Philadelphia, 

entre  la  primavera  verde  de  los  dos  lados  de  la  vía, 
20  de  mayo. 

DEJARSE  mandar  en  lo  difícil  es,  o  puede 
ser,  signo  de  energía.  Obedecer  en  lo  nimio 
y  fácil  es  cobardía,  humillación,  servilismo. 


Diario 


i  6  1 


1  r 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


UCES  verdes,  blancas,  carmines,  moradas, 


'que  se.  parten,  se  complican  y  se  adornan  en 
el  Potomac,  poblando  de  colorines  su  limpia  som- 
bra trasparente,  señalan  y  nombran  la  fijeza  y  el 
sueño  de  las  cosas  recogidas  ya,  hasta  mañana. 
La  ciudad  mejor,  sosegada  y  feliz,  se  retira  a  su 
alma,  y  en  su  arrabal,  vecino  al  campo,  un  peda- 
zo de  luna  grande  y  grana,  como  mal  partida  por 
las  manos  de  un  criado  negro,  sube  difícilmente, 
ganando  en  oro.  Se  adivinan  vagos  yates  blan- 
cos en  un  agua  que  arañan  los  sauces  trenzando 
con  el  oleaje  horizontal  de  ella  un  oleaje  vertical, 
azul  éste,  verde  aquel.  Según  pasamos,  un  árbol 
murmura  tras  otro,  con  el  viento  suave  dentro 
de  sus  copas  que  mayo  refresca  de  un  verdor 
unánime.  La  noche  no  tiene  una  sola  nube  y  es 
de  un  solo  e  inmenso  olor  crudo,  áspero  y  fino. 
Un  pájaro,  que  no  sé  qué  es,  canta  insistente- 
mente en  un  bosque  de  bajos  arbustos  húmedos... 


C  X  L  I  I 


Washington, 
20  de  mayo. 


NOCTURNO 


A  KATHERINE  SARGENT 


6  2 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


Ni  el  reflector  que  ilumina  la  punta  del  obe- 
lisco, ni  los  letreros  de  luces  de  colores  de  los 
hoteles,  ni  los  puentes  que  trenes  constantes  di- 
bujan con  ruido,  perturban  el  romanticismo  clá- 
sico que  emana  de  la  noche  pura.  La  juventud 
la  goza  en  automóviles  brillantes  y  alegres,  por 
los  caminos  asfaltados  que  acompañan  en  sus 
caprichos  al  río,  con  jacintos  y  lirios  que  si  los 
reflectores  despiertan  un  punto,  dan  a  la  noche 
su  amarillo,  su  rojo  o  su  violeta.  Una  brisa  total, 
de  todos  los  tiempos,  pasa  el  corazón,  fría  y 
grata  como  una  crema,  igual  que  si  en  la  noche 
honda  de  primavera  rebosara  de  las  estrellas, 
que  fulgen  cuajadas,  como  postres  helados  de 
la  cena. 


RECTIFICACIÓN  CON  EL  SOL 


O  hay  nada  de  lo  dicho  anoche.  ¡Qué  des- 


l  ayuno!  Era  la  ignorancia,  doble  noche, 
¡como  siemprel 


CXLIII 


Washington, 
21  de  mayo. 


i  6  3 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DI  ARIO 


C  XLI  V 

20  de  mayo, 

por  la  pradera  del  obelisco  de  Washington, 
con  sol  poniente. 

NOTA  A  MISS  RÁPIDA 

SI  corres,  el  tiempo  volará  ante  ti,  como  una 
mariposilla  de  marzo.  Si  vas  despacio,  te  se- 
guirá el  tiempo,  lentamente,  como  un  buey 
eterno. 


C  X  L  V 

Philadelphia, 
23  de  mayo. 

PAISAJE  DE  CONSTABLE 

TORMENTA  encima.  No  es  sombra  de  nube, 
porque  no  hay  sol.  Es  un  frío  como  una 
sombra,  en  vez  de  una  sombra... 

—  Parece  que  caen  unas  gotas...  ¡Ah,  qué 
tontería;  no  importa;  tiene  montera  la  sala... 


1  6  4 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


A  alma,  con  olvidar  en  la  mañana? 

[Si  cuatro  largos  clavos  bien  clavados 
alma  hasta  tus  entrañas, 
abrieran  cuatro  grandes  rosas  puras 
de  aquellas  cuatro  lívidas  palabras 
que  en  su  corazón  bueno 
él  tendrá,  desde  entonces,  enclavadas! 

¿Y  habrás  de  conformarte  solamente, 
con  ser  feliz  del  todo,  alma? 


C  X  L  V  I  I 


De  Philadelphia  a  New  York 
crepúsculo  lluvioso, 
24  de  mayo 


REMORDIMIENT  O 


habrás  de  conformarte 


'  6  s 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


C  X  L  V  1 1 

New  York, 
26  de  mayo. 

A  MIRANDA,  EN  EL  ESTADIO 

Come  unto  these  yellow  sands, 
And  then  take  Jiandsl 

Shakespeare. 

¡  ]\/[IRANDA>  Miranda,  Miranda 

l-^Ablanca,  dulce  y  de  oro,  anda, 

no  te  quites  ya  el  traje  puro, 

no  tornes  al  sótano  oscuro 

esta  ilusión  de  tu  belleza 

que,  pues  ha  estado  en  tu  cabeza, 

es  verdad  tuya! 


— El  encendido 
reloj  de  la  torre,  subido 
a  las  estrellas,  se  ha  perdido. — 

...  ¡No  vuelvas  tú  ya  de  la  escena 
a  la  amarilla  y  triste  arena! 

Ya  que,  en  esta  noche,  supiste 
ser  de  fulgor,  y  conmoviste 

1  6  6 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


mi  alma,  hasta  hacérmela  diosa, 
alimentemos  a  la  rosa 
cortada,  con  agua  divina, 
para  que  nunca  sea  espina. 
¡Vamos  los  dos  a  donde  ha  ido 
tu  voz  celestel  ¡Que  el  olvido 
no  se  interponga,  como  el  día, 
entre  esta  noche  tuya  y  mía 
y  esa  otra  noche  de  mañana, 
...  ¡y  esa  otra  noche  de  mañanal 

¡Miranda,  vamos  donde  ha  muerto 
tu  voz  ¡para  mil  en  el  abierto 
mar  de  la  noche  constelada! 
Aún  esa  luna  inmaculada 
puede  decirme  en  dónde  estamos 
con  tu  voz... 

¡Sí,  Miranda,  vamos, 
anda  Gladys,  digo,  Miranda, 
¡Miranda,  Miranda,  Mirandal, 
desde  este  azul  artificial 
al  oro  real  de  lo  inmortall 


i  6  7 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


C  X  L  V  I  I  I 


New  York, 
27  de  mayo. 


AMANECER 


POR  los  claros  de  la  tormenta,  comienza  a 
verse,  diluida,  el  alba,  no  sé  si  con  luna» 
Truena  sordamente. 

El  elevado  pasa  por  la  6.a,  sobre  su  puente, 
como  una  rápida  baraja  voleada  de  ventanas 
amarillas,  y  ya,  o  aún,  sin  nadie.  Un  único  paja- 
rillo  entrecanta  aquí  y  allá.  En  el  palacio  de  en- 
frente — ¿la  muerte,  el  amor? —  el  portal  encen- 
dido aún,  o  ya. 

Un  instante,  como  una  isla,  el  mal  olor  de 
siempre  se  abre  con  no  sé  qué  olor  bueno, 
como  de  lirios  del  valle  o  de  no  sé  qué  fruta 
en  flor  — ¿el  amor,  la  muerte? —  en  la  brisa  de 
abril.  Una  mariposilla  blanca,  que  en  la  vaga 
luz  suave  y  azul  de  lo  que  viene  es  blanquísima, 
revuela,  loca,  del  suelo  al  cielo,  en  una  libertad 
triste  — ¿la  muerte,  el  amor? —  ...Truena  sor- 
damente... 


1  6  8 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


CXLIV 
ABRIL 

UÁNTA  nube,  esta  noche  de  tormenta, 
debajo  de  la  estrella! 
¡Qué  mala  tienes  siempre 
que  ser,  para  ser  buena! 


C  L 

New  York,  Museo  Metropolitano, 
29  de  mayo. 

RETRATO   DE  NIÑO 
(atribuído  a  velázquez) 

EN  un  caerse  de  temprana  tristeza  pensativa, 
me  mira,  desde  el  rincón,  el  niño.  ¡Qué  aca- 
riciar el  de  su  nostálgica  almilla  española!  Son  los 
ojos  más  bellos  y  más  dulces  que  he  visto  aquí, 
manantial  sin  fin  de  bellas  miradas,  que  miran 
desde  tantas  partes.  Yo  estaba  pensando  con  nos- 
talgia en  el  otoño  de  New  York,  ahora  que  entra 
la  primavera.  Y  de  pronto,  he  aquí  el  otoño. 
Sí.  Caen  hojas  secas  en  este  rincón  solitario, 

1  6  9 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


y  el  cuadro  se  sume  a  veces  en  una  arboleda  de 
oro,  malva  y  rosa,  con  lágrimas  colgadas,  que 
está  en  su  fondo,  tras  su  fondo... 

[Pero  no  debe  ser!  Este  niño  debía  tener  en 
su  boca  la  rosa  mejor  de  la  primavera.  El  vigi- 
lante está  dormido...  ¡Si  fuera  el  cuadro  más 
pequeño...! 


C  L  I 

New  York, 
4  de  junio. 

AUSENCIA  DE  UN  DÍA 

AHORA,  soñar  es  verte, 
y  ya,  en  vez  de  soñar, 
vivir  será  mirar 
tu  luz,  hasta  la  muerte. 

[Mirar  tu  luz!  Ni  sueño, 
ni  ensueño.  Sólo  amor, 
más  fácil  y  mejor 
que  el  sueño  y  el  ensueño. 

¡Muera  mi  fantasía! 
Tocar,  gustar,  oler, 
oir,  ver...  esclarecer 


i  7  o 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


tu  verdad  con  la  mía; 
pues  que  tú  me  has  dejado, 
con  tu  oculto  fluir, 
para  tu  sonreír 
como  un  iluminado. 

¡Qué  claros  campos  riegas, 
derecho,  oh  río,  hoyl 
¡Ahora  si  que  voy 
por  las  eternas  vegas! 


C  L  I  I 

LA  MORAL  EN  EL  AMOR 

RECUERDO  el  cuadrito  de  Couture,  y  siem- 
pre, como  su  nombre,  caen  sobre  él  las  dos 
palabras  desnudas:  El  Placer. 

El  cuadro  es  pequeño  como  el  mundo,  y  cla- 
ro; alegre  como  la  mañana,  visto  por  la  tarde,  y 
triste  como  la  tarde,  pensando  en  la  mañana; 
rojo  y  hueso,  como  una  herida.  Un  joven  pintor, 
sentado  sobre  una  marmórea  cabeza  de  Apolo, 
analiza,  más  que  dibuja,  boca  casi  contra  hocico, 
la  sangrienta  cabeza  de  un  cerdo. 

i  7  i 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    ;  DIARIO 


A  entre  el  viento  lloroso  de  esta  tarde 
caliente  y  fresca  de  entretiempo, 
el  barco,  negro,  espera. 

— Aún,  esta  noche,  tornaremos 
a  lo  que  ya  casi  no  es  nada 
— a  donde  todo  va  a  quedarse 
sin  nosotros — , 
infieles  a  lo  nuestro. 

Y  el  barco,  negro,  espera. — 

Decimos:  ¡Ya  está  todo! 

Y  los  ojos  se  vuelven,  tristemente, 
buscando  no  sé  qué,  que  no  está  con  nosotros, 
algo  que  no  hemos  visto 

y  que  no  ha  sido  nuestro, 

¡pero  que  es  nuestro  porque  pudo  serlo! 

¡Adiós!  ¡Adiós!  ¡Adiós!  a  todas  partes,  aun  sin 
¡y  sin  querernos  ir  y  casi  yéndonos!  [irnos, 


C  L  I  I  I 


VÍSPERA 


A,  en  el  sol  rojo  y  ópalo  del  muelle, 


i  7  2 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


...  Todo  se  queda  con  su  vida, 
que  ya  se  queda  sin  la  nuestra. 
¡Adiós,  desde  mañana  — y  ya  sin  casa — 
a  ti,  y  en  ti,  ignorada  tú,  a  mí  mismo, 
a  ti,  que  no  llegaste  a  mí,  aun  cuando  corriste, 
y  a  quien  no  llegué  yo,  aunque  fui  de  prisa 
— ¡qué  triste  espacio  en  medio! — 

...  Y  lloramos,  sentados  y  sin  irnos, 
y  lloramos,  ya  lejos,  con  los  ojos 
contra  el  viento  y  el  sol,  que  luchan,  locos. 


A  libertad  se  funde  en  el  raudal  oriblanco 


-"del  sol  poniente,  y  solo  es  ya  estatua  en  el 
recuerdo  o  en  el  sueño.  Un  biplano  se  echa,  li- 
bélula inmensa,  contra  ese  sol  que  alucina.  Ince- 
santes barcos  de  todas  clases,  justificadores  del 
oleaje  sin  tregua,  pasan,  vienen,  van,  agriando 
sus  verdes,  endulzando  sus  carmines,  dorando 
sus  amarillos.  La  realidad  invisible  es  tan  bella, 


C  L  I  V 


New  York, 
6  de  junio. 


PUERTO 


A  MRS.  SETH  LOW  PIERREPONT. 


7  3 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


que  lo  absorbe  todo,  y  no  se  oye  rumor  molesto 
alguno  sino  en  lo  inconsciente  — no  sé  qué  sub- 
puerto  de  sirenas,  campanas  y  martillos  de  aire 
comprimido... —  Frío... 

De  pronto,  el  barco  de  la  noche,  la  Sombra 
de  pie  en  la  proa,  viene  de  oriente,  majestuoso 
y  raudo,  a  la  ciudad  ya  casi  sin  luz.  Y  en  un  jue- 
go complicado  y  doliente  de  retirada,  el  ocaso 
le  proyecta  a  la  noche,  con  focos  malvas  y  de 
oro,  grises  y  rosados,  una  remota  primavera, 
que  ella  apaga,  sin  resistencia,  sonriendo,  en  una 
semilucha  tranquila  y  sin  sangre... 


-■—'con  rosas,  porque  no 
recordara. 

Una  rosa  distinta, 
de  una  imprevista  magia, 
sobre  cada  hora  solitaria  de  oro 


m 


CLV 


E  taparía  el  tiempo 


i  7  4 


DE  UN  POETA  RECIÉN  CASADO 
o  sombra, 

hueco  propicio  a  las  memorias  trágicas. 

Que  como  entre  divinas 
y  alegres 

enredaderas  rosas,  granas,  blancas, 
que  no  dejaran  sitio  a  lo  pasado, 
se  le  enredara, 
con  el  cuerpo, 
el  alma. 

C  L  V  I 

A  bordo,  7  de  junio. 

DESPEDIDA   SIN  ADIÓS 

MAR  amarilloso  con  espumas  sucias,  en  un 
leve  fermentar,  como  de  gaseosa  de  limón. 
Se  quedan  atrás,  con  el  leve  ir  del  barco,  barri- 
les rotos,  maderas  viejas,  guirnaldas  de  humos 
y  espumas.  Volviendo  la  cabeza  a  lo  de  antes, 
que  ya  no  es  nada,  New  York,  como  una  reali- 
dad no  vista  o  como  una  visión  irreal,  desapare- 
ce lentamente,  inmensa  y  triste,  en  la  llovizna. 
Está  todo  — el  día,  la  ciudad,  el  barco —  tan 
cubierto  y  tan  cerrado,  que  al  corazón  no  le  salen 
adioses  en  la  partida. 

i  7  5 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

Salida  dura  y  fría,  sin  dolor,  como  una  uña 
que  se  cae,  seca,  de  su  carne;  sin  ilusión  ni  des- 
ilusión. Despedida  sin  alas,  las  manos  en  los 
bolsillos  del  abrigo,  el  cuello  hasta  las  orejas,  la 
sonrisa  inexpresiva,  que  no  se  siente  y  nos  sor- 
prende — ¿se  ríe  usted? —  contestada  por  otra, 
en  el  rostro  pasado  por  agua. 

Ya  no  se  ven...  A  babor...  Un  paseo  por  toda 
la  borda...  Bueno. 

...  La  mar. 


IV 

MAR  DE  RETORNO 


Diario 


C  L  V  I  I 


7  de  junio. 

NOSTALGIA 

EL  mar  del  corazón  late  despacio, 
en  una  calma  que  parece  eterna, 
bajo  un  cielo  de  olvido  y  de  consuelo 
en  que  brilla  la  espalda  de  una  estrella. 

Parece  que  estoy  dentro 
de  la  mágica  gruta  inmensa 
de  donde,  ataviada  para  el  mundo, 
acaba  de  salir  la  primavera. 

¡Qué  paz,  qué  dicha  sola 
en  esta  honda  ausencia  que  ella  deja, 
en  este  dentro  grato 
del  festín  verde  que  se  ríe  fuera! 


i  7  9 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


CUATRO  de  la  madrugada:  Mar  azul  Prusia. 
Cielo  verde  malaquita. — Emociones. — 
Seis  de  la  mañana:  Mar  morado.  Cielo  gris. 
— Sports. — 

Nueve  de  la  mañana: — Lectura. — 
Una  de  la  tarde:  Mar  ocre.  Cielo  blanco. — 
Desamor. — 

Cuatro  de  la  tarde:  Mar  de  plata.  Cielo  rosa. — 
Nostalgia. — 

Ocho  de  la  tarde:  Mar  de  hierro.  Cielo  gris. — 
Pensamientos. — 


C  L  V  I  I  I 


8  de  junio. 


MAR    DE  PINTOR 


(Al  encausto  y  en  dos  mitades.) 


i  8  o 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


CLIX 

8  de  junio. 

[DESNUDO! 

J  r^ESNUDO  ya,  sin  nada 
l-L^más  que  su  agua  sin  nada! 
¡Nada  ya  más! 

Este  es  el  mar. 
¡Este  era  el  mar,  oh  amor  desnudo! 


C  L  X 

9  de  junio. 

SOL  EN  EL  CAMAROTE 

Pensado  mientras  me  baño  viendo,  por  el  tra- 
galuz abierto,  el  mar  azul  con  sol,  y  cantado, 
luego,  toda  la  mañana. 

NO  más  soñar;  pensar 
y  clavar  la  saeta , 
recta  y  firme,  en  la  meta 
dulce  de  traspasar. 


i  8  i 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

Todo  es  bueno  y  sencillo; 
la  nube  en  que  dudé 
de  todo,  hoy  la  fé 
la  hace  fuerte  castillo. 

Nunca  ya  construir 
con  la  masa  ilusoria. 
Pues  que  estoy  en  la  gloria, 
ya  no  hay  más  que  vivir. 


*de  mi  misma  vigilia,  y  que  con  ella 
— sueño  del  mediodía — 
se  van  monstruos  terribles 
del  horizonte  puro. 

*  — Es  cual  una  tormenta 
de  duermevela,  cuyo  trueno 
no  se  supiera  nunca 
si  fué  verdad  o  fué  mentira. — 


C  L  X  I 


9  de  junio. 


MAR 


veces,  creo  que  despierto 


i  8  2 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 

Se  me  abre  el  corazón  y  se  me  ensancha 
como  el  mar  mismo.  La  amenaza 
huye  por  el  oriente 
a  sus  pasadas  nubes. 

El  mar  sale  del  mar  y  me  hace  claro. 


ON  una  cantidad  inmensa  de  pintura  nueva, 


^un  escobón  mágico  pinta  francamente,  como 
anuncio  del  espectáculo  del  día,  la  aurora,  de- 
coración sencilla:  arriba,  un  gran  oro,  casi  sin 
amarillo,  solo  luz;  abajo,  un  único  azul,  exube- 
rante, derramado  en  sí  mismo;  debajo  del  sol 
— que  no  se  pinta — ,  un  vaivén  — de  izquierda 
a  derecha —  de  ancha  plata  trasparente. 
Ahora,  a  las  sillas  largas:  estío  del  agua. 


CLXII 


o  de  junio. 


AL  FRESCO 


i  8  3 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


CLXIII 

e  junio. 

EL  MAR 

T  E  soy  desconocido. 

-L'Pasa,  como  un  idiota, 

ante  mí;  cual  un  loco,  que  llegase 

al  cielo  con  la  frente 

y  al  que  llegara  el  agua  a  la  rodilla, 

la  mano  inmensa  chorreando 

sobre  la  borda. 

Si  le  toco  un  dedo, 
alza  la  mano,  ola  violenta, 
y  con  informe  grito  mareante, 
que  nos  abisma, 
dice  cosas  borrachas,  y  se  ríe, 
y  llora,  y  se  va... 

A  veces,  las  dos  manos 
en  la  borda,  hunde  el  barco 
hasta  su  vientre  enorme 
y  avanza  su  cabeza,  susto  frío, 
hasta  nuestro  minúsculo  descuido. 

Y  se  encoge 

de  hombros  y  sepulta 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 

su  risotada  roja  en  las  espumas 
verdes  y  blancas... 

Por  doquiera 
asoma  y  nos  espanta;  a  cada  instante 
se  hace  el  mar  casi  humano  para  odiarme. 

...  Le  soy  desconocido. 


CLXIV 

1 1  de  junio. 


mar,  cielo  rebelde 
caído  de  los  cielos ! 


C  L  X  V 

12  de  junio. 

MAR  DE  PINTOR... 
(¿DE  MÚSICO?) 

Alas  dos  de  la  tarde:  Un  movible  y  luciente 
brocado  verde  plata. 
A  las  seis  y  media:  Los  valles  de  espumas 
blancas  se  llenan  de  rosas. 


i  §  5 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


A  las  siete  y  cuarto:  Agua  alta  y  verde. 
Antecielo  de  nubarrones  azul  cobalto.  Cielo 
gris.  Trascielo  de  oro. 


O  sé  si  es  más  o  menos.  Pero  sé  que  el  mar, 


^  ^hoy,  es  el  mar.  Como  un  orador  sin  paz, 
que  un  día  llega  a  su  plena  exaltación,  y  es  él 
ya  para  siempre,  porque  la  ola  de  su  fervor 
rompió  su  vaso,  así,  hoy,  el  mar;  como  un  pin- 
tor que  acertase  a  dar  en  una  sola  pincelada  la 
luz  del  color  de  la  aurora  primera;  como  un 
poeta  que  se  hace  en  su  alma  una  estrofa  mayor 
que  el  mundo,  así,  hoy,  el  mar;  como  una  pri- 
mavera que  abre  su  flor  mayúscula... 

Hoy  el  mar  ha  acertado,  y  nos  ofrece  una 
visión  mayor  de  él  que  la  que  teníamos  de 
antemano,  mayor  que  él  hasta  hoy.  Hoy  le 
conozco  y  le  sobreconozco.  En  un  momento 
voy  desde  él  a  todo  él,  a  siempre  y  en  todas 
partes  él. 


C  L  X  V  I 


¡EL  MAR  ACIERTA! 


i  8  6 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


Mar,  hoy  te  llamas  mar  por  vez  primera.  Te 
has  inventado  tú  mismo  y  te  has  ganado  tú  solo 
tu  nombre,  mar. 


CLXVII 

de  junio. 

LO  recuerdo,  de  pronto, 
como  un  niño  asustado 
que  se  ha  ido  muy  lejos,  por  el  bosque, 
se  acuerda  de  su  casa. 

¡Oh  memoria,  memoria 
necia,  vieja  pesada  y  habladora, 
isla  de  llanto  y  cobardía! 


CLX  VIII 

de  junio. 

HOY  eres  tú,  mar  de  retorno ; 
¡hoy,  que  te  dejo, 
eres  tú,  mar! 

¡Qué  grande  eres, 
de  espaldas  a  mis  ojos, 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

gigante  negro  hacia  el  ocaso  grana, 
con  tu  carga  chorreosa  de  tesorosl 

— Te  quedas,  murmurando 
en  un  extraño  idioma  informe, 
de  mí;  no  quieres  nada 
conmigo;  entre  tu  ida 
y  mi  vuelta 

resta  el  despego  inmenso 
de  una  eterna  nostalgia. — 

...  De  repente,  te  vuelves 
parado,  vacilante, 
borracho  colosal  y,  grana, 
me  miras  con  encono 
y  desconocimiento 
y  me  asustas  gritándome  en  mi  cara 
hasta  dejarme  sordo,  mudo  y  ciego... 
Luego,  te  ríes,  y  cantando 
que  me  perdonas, 
te  vas,  diciendo  disparates, 
imitando  gruñidos  de  fieras 
y  saltos  de  delfines 
y  piadas  de  pájaros; 
y  te  hundes  hasta  el  pecho 
o  sales,  hasta  el  sol,  del  oleaje 

f  8  8 


DE  UN  POETA  RECIÉN  CASADO 
— San  Cristóbal — , 

con  mi  miedo  en  el  hombro  acostumbrado 
a  levantar  navios  a  los  cielos. 

Me  siento  perdonado.  ¡Y  lloro,  mar  salvaje 
toda  tu  agua  de  hierro,  luz  y  oro! 


A  solo  hay  que  pensar  en  lo  que  eres, 


A  mar.  Tu  alma  completa 
en  tu  cuerpo  completo; 
todo  tú,  igual  que  un  libro 
leído  ya  del  todo,  y  muchas  veces, 
que  con  su  fin  ha  puesto 
ñn  a  las  fantasías. 

Mar  digerido,  mar  pensado, 
mar  en  biblioteca, 

mar  de  menos  en  la  nostalgia  abierta, 

de  más  en  el  aguardo 

de  las  visiones  no  gozadasl 

Mar,  mar,  mar,  mar 
mónotono,  minuto  del  reloj  diario, 

i  8  9 


CLXIX 


14  de  junio. 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


latido  igual  del  corazón  diario; 

ya  solo  hay  que  pensar  en  lo  que  eres, 

no  hay  que  pensar  en  lo  que  eres, 

¡oh  mar  inadvertido,  no  escuchado 

de  los  oídos  ya,  ya  no  mirado 

de  los  ojos,  oh  mar! 

CLXX 

14  de  junio. 

CONVEXIDADES 

VUELVE  el  cielo  su  espalda, 
vuelve  su  espalda  el  mar,  y  entre  ambas 
resbala  el  día  por  mi  espalda.  [desnudeces, 

Lo  que  en  el  día  queda, 
es  lo  que  dicen  todos  todo. 
Nuestros  tres  pechos  ¡Dios!  están  abiertos, 
contra  el  todo  de  todos, 
a  lo  que  ignoran  todos, 
¡hacia  todo! 


1  9  o 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


C  L  X  X  I 

14  de  junio. 

AGUA  TOTAL 

SE  borra  el  mar  lejano,  y  el  horizonte  se  viene 
encima  y  aprisa,  de  modo  que  la  raya  última 
del  agua  tiene  ya  la  ola,  suave  primero,  luego 
grande,  sobre  el  cielo.  El  aire  se  achica  y  el  in- 
terior de  nuestro  orbe  se  hace  pequeño,  como 
el  de  una  naranja  cuya  piel  hubiese  crecido  hacia 
dentro,  o  como  un  corazón  hipertrofiado.  El 
mar  parece  una  gotita  del  tamaño — ¡menor! — 
del  ojo  que  lo  mira. 

El  cielo  no  es  casi  bóveda  nuestra,  sino  posi- 
ple  visión  convexa  de  otros.  Llueve  más.  Agua 
arriba  y  agua  abajo,  es  decir,  agua  enmedio,  y 
toda  de  un  color,  digo,  sin  color,  digo,  negra...  o 
tal  vez  blanca...  Solo  agua,  todo  agua.  Ahogo  to- 
tal, diluvio  nuevo.  En  el  arca,  yo  con  mi  familia 
y  una  pareja  de  todos  los  animales  conocidos. 


1  9  1 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


C  L  X  X  I  I 

14  de  junio. 

NOCTURNO 

TAN  inmenso  como  es  ¡oh  mar!  el  cielo, 
como  es  el  mismo  en  todas  partes, 
puede  el  alma  creerlo  tan  pequeño... 
Enclavado  á  lo  eterno  eternamente 
por  las  mismas  estrellas, 
¡qué  tranquilos  sentimos,  a  su  amparo, 
el  corazón,  como  en  el  sentimiento 
de  una  noche,  que  siendo  solo  nuestra  madre, 
fuera  el  mundol 
¡Qué  refugiados  nos  sentimos 
bajo  su  breve  inmensidad  definitiva! 


CLXXIII 

15  de  junio. 

MAR  DESPIERTO 

H,  cuán  despierto  tú,  mar  rico, 
siempre  que  yo,  voluble  y  trasnochado, 
salgo  a  mirarte;  siempre 

1  9  2 


D  E    UN    POETA    R  E  C  I  É  N  CASADO 

que  yo,  los  ojos  ojerosos, 
salgo,  a  mirarte,  cada  aurora! 

Tu  corazón  sin  cárcel, 
de  todo  tu  tamaño, 
no  ha  menester  reposo; 
ni  porque  desordenes 
tu  hondo  y  alto  latir  sin  cuento, 
te  amedrenta  la  muerte 
por  ningún  horizonte. 

¡Cuál  juegas  con  tu  fuerza, 
de  todos  los  colores 
de  las  horas!  ¡qué  alegre  y  loco, 
levantas  y  recoges,  hecho  belleza  innúmera, 
tu  ardiente  y  frío  dinamismo, 
tu  hierro  hecho  movimiento, 
de  pie  siempre  en  ti  mismo,  árbol  de  olas, 
y  sosteniendo  en  tu  agua  todo  el  cielo! 

¡Mar  fuerte,  oh  mar  sin  sueño, 
contemplador  eterno,  y  sin  cansancio 
y  sin  fin,  del  espectáculo  alto  y  solo 
del  sol  y  las  estrellas,  mar  eterno! 


Diario 


i  9  3 


13 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


CLXXIV 

15  de  junio. 

LA  luna  blanca  quita  al  mar 
el  mar,  y  le  da  el  mar.  Con  su  belleza, 
en  un  tranquilo  y  puro  vencimiento, 
hace  que  la  verdad  ya  no  lo  sea, 
y  que  sea  verdad  eterna  y  sola 
lo  que  no  lo  era. 

Sí. 

¡Sencillez  divina 
que  derrotas  lo  cierto  y  pones  alma 
nueva  a  lo  verdadero! 
¡Rosa  no  presentida,  que  quitara 
a  la  rosa  la  rosa,  que  le  diera 
a  la  rosa  la  rosa! 


i  9  4 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


CLXXV 

15  de  junio. 

PARTIDA^: 

A  JOAQUÍN  MONTANER 

HASTA  estas  puras  noches  tuyas,  mar,  no 
el  alma  mía,  sola  más  que  nunca,  [tuvo 
aquel  afán,  un  día  presentido, 
del  partir  sin  razón. 

Esta  portada 
de  camino  que  enciende  en  ti  la  luna 
con  toda  la  belleza  de  sus  siglos 
de  castidad,  blancura,  paz  y  gracia, 
la  contagia  del  ansia  de  su  claro 
movimiento. 

Hervidero 
de  almas  de  azucenas,  que  una  música 
celeste  hiciera  de  cristales  líquidos, 
con  la  correspondencia  de  colores 
a  un  aromar  agudo  de  delicias 
que  extasiaran  la  vida  hasta  la  muerte. 

¡Magia,  deleite,  más,  entre  la  sombra, 
que  la  visión  de  aquel  amor  soñado, 


1  9  5 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


alto,  sencillo  y  verdadero, 

que  no  creímos  conseguir;  tan  cierto 

que  parecía  el  sueño  más  distante! 

Sí,  sí,  así  era,  así  empezaba 
aquello,  de  este  modo  lo  veía 
mi  corazón  de  niño,  cuando,  abiertos 
como  cielos,  los  ojos, 
se  alzaban,  negros,  desde  aquellas  torres 
Cándidas,  por  el  iris,  de  su  sueño, 
a  la  alta  claridad  del  paraíso. 
Así  era  aquel  pétalo  de  cielo, 
en  donde  el  alma  se  encontraba, 
igual  que  en  otra  ella,  sola  y  pura. 
Este  era,  esto  es,  de  aquí  se  iba, 
como  esta  noche  eterna,  no  se  a  donde, 
a  la  tranquila  luz  de  las  estrellas; 
así  empezaba  aquel  comienzo,  gana 
celestial  de  mi  alma 

de  salir,  por  su  puerta,  hacia  su  centro... 

¡Oh  blancura  primera,  sólo  y  siempre 
primera! 

...  ¡Blancura  de  esta  noche,  mar,  de  luna! 


i  9  6 


DE    UN    PORTA    RECIÉN  CASADO 


CLXXVI 

DÍA  ENTRE   LAS  AZORES 

de  la  mañana.  A  SATURNINO  CALLEJA 

EL  sol,  que  se  enciende,  lento,  en  blanca  luz, 
al  afinarse  las  nubes  de  agua,  alumbra  de 
plata  verde  el  sur  del  mar  de  plomo  carminoso. 
Gotas  dulces  de  llovizna  barrida  y  gotas  amar- 
gas ele  ola  asaltadora  no  llegan  confundidas  a 
los  labios  y  a  los  ojos.  Vamos  al  estío,  enfunda- 
dos hasta  las  orejas  en  las  pieles  de  diciembre. 

de  la  tarde. 

MAR  SÓLIDO 

Está  el  mar  de  piedra,  y  las  olas  se  barajan  como 
cartas  o  lascas  de  pizarra.  Aquí  y  allá,  vagas  ma- 
laquitas de  imponderables  verdes,  profundos  y 
finos  mármoles  negros  que  descendieran,  en  es- 
calinatas imantadas,  al  misterio.  En  súbitas  apa- 
riencias volubles,  sobre  la  cima  de  las  mudables 
y  minúsculas  cordilleras  de  olas,  remolinos  de 
yeso.  Parece  que  es  polvo  la  brisa.  La  boca  y  el 
alma  tienen  sedes. 


JUAN  RAMÓN  JIMÉNEZ  :  DIARIO 
de  la  tarde. 

Al  subir  del  comedor,  no  hay  mar.  Todos,  sin 
verlo,  siguen  creyendo  que  está.  Pero  no  está. 
No,  no  hay  mar.  El  sol  contagia  toda  la  atmós- 
fera lloviznosa,  y  todo  es  sólo  luz  blanca,  suave, 
vendada.  En  la  unánime  claridad,  breves  sangres 
derramadas  por  heridas  de  albor,  leves  guirnal- 
das vivas  — ¿de  qué? —  no  sé  si  por  el  agua  o 
por  el  cielo. 

de  la  tarde. 

¡ADIOS! 

¡Qué  lejos  ya  la  triste  cueva  llorosa,  de  que 
hemos  salido  ahora  mismo,  de  las  «Azores  de  la 
lluvia  constante! »  (Salud  alegre  de  la  abierta  tarde 
de  sol!  El  mar,  Prusia  otra  vez,  está  como  tajado 
en  infinitos  planos  de  oscuros  colores  luminosos, 
que  se  complican  en  cambiantes  innumerables, 
como  si  cada  ola  tuviera  un  parto  perpetuo  de 
olitas.  Claridades  de  nubes  encendidas  lo  deslum- 
hran sin  reposo,  y  en  las  espumas  de  cada  ola 
rota,  un  arco  iris  eleva  su  lira  de  colores.  — Así 
Las  Musas  aclamando  al  Genio  mensajero  de  luz» 
de  Puvis  de  Chavannes,  femeninas  olas  blancas 
de  una  mar  ideal. — El  cielo  es  hoy  más  grande 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


que  el  mundo,  y  parece  que  su  gloria  se  ha  ba- 
jado al  ocaso,  que  está  ahí  cerca,  entre  sus  jar- 
dines acuáticos.  La  última  isla,  casi  de  música, 
suma  de  la  ilusión,  sale,  como  una  proa  de  luz 
cristalizada,  de  entre  las  nubes  bajas,  que  la  abra- 
zan, que  la  cuelgan,  que  la  coronan  inmensamen- 
te, en  la  desproporción  mágica  — ¡pobres  de  nos- 
otros!—  de  su  magnificencia  apoteótica. 

6  de  la  tarde. 

LA  ISLA  TRANSFIGURADA 

Malva,  de  oro  y  vaga  — igual  que  un  gran  barco 
boca  abajo  sobre  el  mar  concentrado  y  azul  ul- 
tramar— ,  en  un  ocaso  amarillo  que  ornan  má- 
gicas nubes  incoloras,  gritos  complicados  de 
luz,  la  «Isla  de  los  Muertos»,  de  Bocklin.  Mas 
los  cipreses  están  ardiendo  esta  tarde  y  los  muer- 
tos están  resucitando.  Oro,  fuego,  purificación. 
El  mar  suena  a  César  Franck. 

7  V2  de  la  tarde. 

Transfigurada  ya  y  ardida,  entre  el  sol  del  ocaso 
y  su  largo  derramamiento  en  el  mar  azul,  como 
un  ascua  que  se  apaga  roja,  malva  y  ceniza  — ne- 
gra por  sitios,  carbón  que  permanece — ,  la  «Isla 
—  ¡Adiós,  adiós,  adiós! —  del  Juicio  Final». 

1  9  9 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


CLXXVII 


16  de  junio. 


LOS  TRES 


EL  gallardete,  blanco, 
se  pierde  en  las  estrellas  mismas  siempre. 
Sólo  estamos  despiertos 
el  cielo,  el  mar  y  yo  — cada  uno  inmenso 
como  los  otros  dos — . 

Hablamos,  lentos, 
de  otras  cosas,  serena  y  largamente, 
toda  la  madrugada... 

El  gallardete,  blanco, 
sigue,  agudo  en  el  viento,  en  las  estrellas  mismas, 
en  las  estrellas  de  antes,  que  ya  faltan 
algunas... 


Canta  el  gallo 


en  la  proa,  y  despiertan  todos... 
Sus  últimas  estrellas 
recoge  el  cielo,  sus  tesoros 
el  mar,  yo  mi  infinito, 


200 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


y  nos  vamos  del  día  luminoso 
y  venimos  al  día  de  la  vida, 
cerrados  y  dormidos. 

C  L  X  X  V  I  I  I 

16  de  junio. 

POR  el  cielo  de  la  Atlántida,  líquido  hoy 
— ¡qué  bajos! — ,  mirando  al  segundo  cielo, 
verde.  — El  fraile  de  las  barbas  azules,  en  un 
afectado  misticismo  oratorio,  rabo  de  púlpito, 
las  manos  trenzadas  sobre  la  boca,  los  ojos  en 
lejanía  tras  las  gafas  naranjas,  dice,  melifluo,  a 
la  cubana  de  la  cocaína:  ¡Poder  de  Dios!  ¡Ese 
pico  en  medio  del  mar...! — 

CLXXIX 

16  de  junio, 

IRIS  DE  LA  TARDE 

A  JOSÉ  M.A  LÓPEZ  PICÓ 

FINAMENTE,  cada  cima  de  ola,  al  congregar 
su  espuma,  exalta,  como  una  plumilla  de  co- 
lores, un  breve  arco  iris.  El  mar  entero  está  ya 

2  o  i 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


lleno  de  arco  iris,  que  le  sueñan  una  música 
ideal  a  su  dilatado  rumor  de  hierro,  como  una 
junta  de  liras  espirituales  que,  en  levantamien- 
to igual  de  aspiraciones,  exaltaran  en  las  olas 
aspirantes,  las  musas  marinas.  Son  estas  gráciles 
luces  coloridas,  lo  mismo  que  un  pensamiento  de 
cada  ola,  concertados  por  la  unanimidad  de  su 
armonía. 

Algo  que  no  es  agua  sale  del  mar  con  tales 
iris,  algo  que  nos  conduce,  de  rosa  en  pájaro,  a 
esa  estrella  naciente  de  la  tarde.  Nuestros  ojos 
quieren  adivinar  qué  misterio  es  éste,  que  así 
persuade  al  alma,  pero  no  lo  consiguen,  y  se 
cierran  una  vez  y  otra,  en  un  naufragio  cons- 
tante de  belleza.  Surge  por  vez  primera  en  mí, 
y  en  su  puesto,  el  mito  de  la  sirena,  como  una 
realidad  perfecta.  No  sabe  el  cuerpo  qué  es  ello; 
sólo  sabe  que  el  atractivo  de  la  ola  engalanada 
es  cosa  infantil  que  va  para  mujer  y  que  se  con- 
cierta maravillosamente  con  la  delgadez,  la  ter- 
nura y  la  finura  de  la  hora  delicada. 

Por  dentro,  al  reflejarse  estos  iris  multiformes 
en  el  alma,  triste  por  nada  y  por  siempre,  el 
corazón  recoge  su  color  como  un  canto  perfu- 
mado; y  se  hace  allí,  en  el  fondo  de  su  pasión 
inmensa,  una  imagen  de  lo  externo,  en  la  que  la 


2   0  2 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 

ola  tiene  una  correspondencia  entrañable,  y  la 
espuma  y  el  iris  una  adoración  imitativa  de  cari- 
cias y  suspiros. 


C  L  XX  X 

16  de  junio, 

soñando  en  la  silla  larga. 

NOCTURNO  EN  LA  TARDE 

DEJASTE  mi  ideal,  ya  para  siempre, 
pequeño,  pues  que  lo  dejaste, 
y  amenazado  de  insistentes  lutos, 
iguales  a  las  sombras  de  esas  nubes 
que  enviudan  la  plata 
— única  y  variable — 
de  la  luna  serena  de  esta  noche 
del  mar. 

|Qué  blanco,  antes, 
qué  despejado,  como  un  solo  pétalo 
que  fuese,  cual  la  luna  y  como  el  cielo, 
breve  e  inmenso; 
...porque  estaba  sin  sombral 


203 


JNUA     RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


UBES  de  cobre  grana  ponen  de  cobre  el  mar 


^  y  azul  de  hierro.  Metales  líquidos.  De  oro  vivo, 
el  oriente  fulgura  irresistible,  acercando  con  su 
duro  límite  listado  de  azul  Prusia  el  horizonte  del 
agua.  En  el  confuso  despertar,  su  derramamien- 
to amarillo  sobre  el  agua  es  como  si  se  hubiera 
exaltado  hasta  un  oro  máximo,  hecho  grito,  esta- 
llido, resurrección  el  derramamiento  de  diaman- 
te, alas  blancas  y  platería  que  anoche,  aquí  mis- 
mo, esparcía  la  luna  en  el  mar  de  acero. 

Parece  que  el  cielo  se  ha  roto  como  un  gran 
huevo  fresco  y  que  una  yema  sorprendente  y 
nunca  presumida  cuelga  por  doquiera  del  in- 
menso cascarón;  y  que  la  brisa  clara  ha  manado 
infinitamente  de  un  pomo  del  tamaño  del  mundo 
como  un  unánime  raudal  de  alegría  y  de  vida, 
filtrándose  por  todo  esto,  que  es  todo,  y  tras- 
pasándonos a  nosotros,  que  somos  únicos,  y  que 
con  este  amanecer,  hemos  tornado,  mar  y  cielo 
con  el  cielo  y  el  mar,  a  las  cosas,  en  un  nuevo 
arreglo  del  universo. 


C  LXXXI 


17  dejunio. 


AMANECER 


204 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


C  L  X  X  X  I  I 

1 7  de  junio. 

ORO  MÍO 

A  MANUEL  MACHADO 

VAMOS  entrando  en  oro.  Un  oro  puro 
nos  pasa,  nos  inunda,  nos  enciende, 
nos  eterniza. 

¡Qué  contenta  va  el  alma 
porque  torna  a  quemarse, 
a  hacerse  esencia  única, 
a  trasmutarse  en  cielo  alto! 

...Sobre  el  mar,  más  azul,  el  sol,  más  de  oro, 
nos  libra  el  alma,  nos  dilata 
el  corazón  tranquilo 
hasta  la  plenitud  de  lo  increado. 

¡Oro,  oro,  oro,  oro,  oro, 
sólo  oro  y  todo  oro,  no  más  que  oro 
de  música,  de  luz  y  de  alegría! 

¡Ay,  que  torno  a  la  llama, 
que  soy  otra  vez  ya  la  lengua  viva! 

205 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


CLXXXIII 

17  de  junio. 

NOCTURNO 

POR  doquiera  que  mi  alma 
navega,  o  anda,  o  vuela,  todo,  todo 
es  suyo.  ¡Qué  tranquila 
en  todas  partes,  siempre, 
ahora  en  la  proa  alta 
que  abre  en  dos  platas  el  azul  profundo, 
bajando  al  fondo  o  ascendiendo  al  cielo! 

¡Oh,  qué  serena  el  alma 
cuando  se  ha  apoderado, 
como  una  reina  solitaria  y  pura, 
de  su  imperio  infinito! 


206 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


OMPE  la  proa,  en  cabeceo  gentil,  el  agua, 


A  Vazul,  carmín,  morada  a  un  tiempo  e  inmensa- 
mente, y  el  agua  se  rebela  contra  ella,  y  le  gru- 
ñe y  le  araña,  engalanándola  de  una  leonada 
blanca  y  altiva  de  espumas  de  armiño.  Al  caer 
de  espaldas  el  agua,  las  espumas  se  tienden,  ver- 
des, floreciendo  los  flancos  del  barco  con  su  de- 
rrota hervorosa  y  voluble.  Vencidas,  lo  acari- 
cian aun  un  punto,  despidiéndolo;  y  se  quedan, 
al  fin,  dejadas,  olvidadas  ya  de  él,  jugando  con 
ellas  mismas,  sin  nieve  ya,  cual  en  lagos  de  una 
líquida  malaquita  ideal,  musical  más  que  pictó- 
rica, que  Verlaine,  Debussy  y  Dulac  unidos,  tal 
vez  soñaran  sin  acierto;  inimaginable. 

El  mar  entero  sube  y  baja,  en  un  derroche  de 
fuerza,  de  gracia  y  de  armonía.  Las  olas  ensa- 
yan toda  su  gama,  en  simulacro  mágico.  Galo- 
pan como  potros,  se  derraman  como  arbustos, 
crecen  como  montañas,  se  dilatan  como  valles, 


CLXXXI  V 


18  de  junio. 


MEDIODÍA 


A  NICOLÁS  ACHÚCARRO 


2  0  7 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


y  ríen  y  lloran,  y  lo  dicen  todo  y  se  callan  de 
pronto,  y  viven  del  cielo  y  lo  matan,  y  se  vis- 
ten de  brocados  y  tisúes  y  se  desnudan  del  todo. 

La  sugestión  del  agua  humanizada  es  eviden- 
te. De  tal  modo  llama  su  oculta  belleza,  que  con 
sólo  decirle  a  nuestra  alma:  «Vente»,  se  la  lleva. 
Y  el  cuerpo,  entonces,  persuasivo,  arrastra  al 
alma  mareada,  con  un  gran  esfuerzo  delicadísi- 
mo, de  la  borda  al  camarote. 


A  Jamás  palpitó  nada  así,  con  la  riqueza  sin  orillas 
de  tu  movible  y  lúcido  brocado  verdeplata, 
blanca  entraña  y  azul  de  la  belleza  eterna; 
criadero  sin  fin  de  corazones 
de  los  colores  todos 
y  de  todas  las  luces; 

¡mar  vivo,  vivo,  vivo,  todo  vivo  y  vivo  solo, 
tan  solo  y  para  siempre  vivo,  mar! 


C  L  X  X  X  V 


18  de  junio. 


VIDA 


'U  nombre  hoy,  mar,  es  vida. 


208 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


C  L  XXXV I 

18  de  junio. 

i  ? 

ES  verdad  y  mentira, 
hija  tan  sólo  del  instante  único, 
pero  es  verdad. 

La  hace 

una  armonía  de  la  tarde 
y  la  ola, 

y  nace,  entre  la  espuma  y  las  estrellas, 
como  algo  que  no  es,  pero  que  quiere  serlo, 
o  se  quiere  que  sea, 
y  sonríe  ante  el  alma  fascinada. 

¡Oh  música  desnuda,  que  perfumas, 
blancamente,  como  un  sabor,  el  cuerpo 
hecho  alma,  cual  tú,  por  la  armonía 
de  la  ola  y  la  tarde! 

Es  verdad  y  mentira, 
pero  es  verdad. 


Diario 


209 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


CLXXXVII 


18  de  junio. 


NOCTURNO 


L  barco,  lento  y  raudo  a  un  tiempo,  vence  al 


Lo  azul  se  queda  atrás,  abierto  en  plata  viva, 

y  está  otra  vez  delante. 

Fijo,  el  mástil  se  mece  y  torna  siempre 

— como  un  horario  en  igual  hora 

de  la  esfera — 

a  las  mismas  estrellas, 

hora  tras  hora  azul  y  negra. 

El  cuerpo  va,  soñando, 

a  la  tierra  que  es  de  él,  de  la  otra  tierra 

que  no  es  de  él.  El  alma  queda  y  sigue 

siempre  por  su  dominio  eterno. 


mas  no  al  cielo. 


[agua, 


2  1  o 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


E  sonrío,  al  pasar,  y  le  sonrío, 


-"y  le  sonrío  inmensamente; 
y  su  rostro  que  nace,  fresco  y  oro, 
me  mira  fijo,  mas  cerrado 
al  sonreír  sereno  que  le  doy. 

Sus  ojos  serios  y  mi  boca 
sonreída, 

se  quedan  solos,  cuando  la  distancia 
los  borra,  desprendidos,  pobres, 
ellos  en  su  dureza 
y  ella  en  su  ternura. 

— Primaveras  y  ángeles,  un  punto, 

dentro,  no  saben  nada, 

y  son  un  cuadro  de  museo 

esas  verdades  rosas 

del  sueño,  y  ya  no  hay  músicas 

tiernas,  a  las  estrellas.  Un  hastío  vano 


C  L  X  X  X  V  I  I  I 


9  de  junio. 


NIÑO  EN  EL  MAR 


2   I  I 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

abre  la  boca  de  los  ñiños 
en  el  cielo. — 

Soñando, 
le  sonrío  hasta  el  fin  de  mi  sonrisa, 
y  hasta  el  fin,  mira  el  niño  mi  sonrisa, 
serio. 

CLXXXIX 

19  de  junio. 

CIEGO 

DE  pronto,  esta  conciencia  triste 
de  que  el  mar  no  nos  ve;  de  que  no  era 
esta  correspondencia  mantenida 
días  y  noches  por  mi  alma 
y  la  que  yo  le  daba  al  mar  sin  alma, 
sino  en  un  amor  platónico. 

¡Sí,  inmensamente 

ciego! 

Aunque  esta  luna  llena  y  blanca 
nos  alumbre,  partimos  las  espaldas 
del  agua  en  una  plenitud  de  oscuridades. 

2  1  2 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


Y  no  vistos  del  mar, 
no  existimos  por  este  mar  abierto 
que  cerca  nuestra  nada  de  horizontes 
verdes,  resplandecientes  e  ideales. 

Este  miedo,  de  pronto... 


CXC 

19  de  junio. 

NO  sé  si  el  mar  es,  hoy 
— adornado  su  azul  de  innumerables 
espumas — , 

mi  corazón;  si  mi  corazón,  hoy 
adornada  su  grana  de  incontables 
espumas — , 
es  el  mar. 

Entran,  salen 
uno  de  otro,  plenos  e  infinitos, 
como  dos  todos  únicos. 
A  veces,  me  ahoga  el  mar  el  corazón, 
hasta  los  cielos  mismos. 
Mi  corazón  ahoga  el  mar,  a  veces, 
hasta  los  mismos  cielos. 


2  1  3 


JUAN     RAMÓN    JIMÉNEZ    ;  DIARIO 


ERDAD,  sí,  sí;  ya  habéis  los  dos  sanado 


▼  mi  locura. 

El  mundo  me  ha  mostrado,  abierta 
y  blanca,  con  vosotros, 
la  palma  de  su  mano,  que  escondiera 
tanto,  antes,  a  mis  ojos 
abiertos,  [tan  abiertos 
que  estaban  ciegos! 

¡Tú,  mar  y  tú,  amor,  míos, 
cual  la  tierra  y  el  cielo  fueron  antes! 
¡Todo  es  ya  mío  ¡todo!  digo,  nada 
es  ya  mío,  nada! 


CXCI 


19  de  junio. 


TODO 


AL  MAR  Y  AL  AMOR 


2    I  4 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


C  X  C  I  I 

Cabo  de  San  Vicente, 
19  de  junio. 

¡YA! 

H,  la  tierra  nos  ve,  nos  ve,  sí,  sí,  la  tierra 
nos  ve! 

Dulce  y  antigua 
dueña  de  su  hermosura,  con  los  ojos 
abiertos  desde  y  hasta  los  humanos 
corazones  acostumbrados,  desde  siglos, 
a  ver,  menos  o  más,  nos  ve. 

El  sol,  grana,  orna, 
más  vivido,  la  tierra  azul,  porque  es  mirado 
también. 

¡Oh,  la  tierra  nos  ve,  nos  ve...  y  nos  piensa! 
Sí.  ¡Ya  somos!  ¡Ya  soy! 


2  1  5 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIA  RIO 


C  X  C  I  I  I 

19  de  junio. 

IBERIA 

7  TBERIA  de  oro,  que  entreveo  ya  en  la  bruma, 

I  ^llegando,  cada  vez  más  roja 

— leones  hechos  tierra — 

frente  al  ocaso  de  donde  venimos! 

¡Iberia  mía,  coronada  de  cúmulos  de  malva  y  de 

¡Iberia,  desde  este  [ópalo! 

viento  puro  y  sereno  que  nos  trae! 

—  ¡Oh,  qué  bueno,  Dios  mío, 

es  tener  corazón! — 


¡Leones  hechos  tierra! 
¡Muros  de  tierra  seca, 
primeros,  guardadores,  con  su  capa 
de  arrugas,  de  la  madre 
pobre,  seria  y  herida! 
— ¡Oh,  qué  bueno,  qué  bueno 
es  tener  corazón!  — 

¡No!  ¡Irás  sacando,  España, 
como  esta  tarde  para  mi  alma,  enfrente 

2  1  6 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


del  sol  que  ha  de  salir,  por  ti,  mañana, 

toda  tu  alma  a  flor  de  tierra,  ardiente,  joven, 

tierra  hecha  leones, 

llamas  en  vez  de  muros! 

— ¡Oh,  qué  alegre,  qué  bueno 

es  tener  corazón! — 


C  X  C  I  V 

19  de  junio. 

NOCHE  ÚLTIMA 

ESTRELLAS,  más  estrellas,  más  estrellas. 
— Se  han  acercado  y  hablan 
conmigo. —  [Oh,  qué  puerta  de  estrellas 
para  entrar  en  España! 

El  cielo  se  ha  colgado  al  pecho 
— al  alma — 

su  tesoro  mayor,  completo  y  puro, 
que  el  mar  absorto  mira  en  calma. 

Y  el  barco,  fácilmente, 
más  alto  — ¡no  pesamos  nada! — , 
rompe,  raudo, 
el  agua, 


2  1  7 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

que  le  adorna  los  flancos 

de  un  raso  negro,  roto  en  rojas  platas  vagas, 

resplandor  indeciso 

de  planetas 

y  de  la  vía  láctea. 

Vamos  al  corazón  por  el  misterio, 
trémulos,  sin  hablar,  todos  a  proa, 
en  una  inmensa  ansia. 


C  X  C  V 

20  de  junio, 

cuatro  de  la  mañana. 

¡YA! 

AUN  la  luna,  encallada  ya  en  el  día, 
deslumhra 
la  noche  de  la  media  mar  morada, 
en  donde,  llenas  por  el  noroeste, 
moradas  velas  tienen 
en  su  alegre  henchimiento 
el  rosa  del  oriente... 
El  faro  todavía,  plata  ya  y  pequeño, 
grita,  tres  veces  cada  vez: 
¡Tierra,  tierra,  tierra! 

2  1  8 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 

Tierra,  otra  vez.  La  última, 
la  primera,  la  mía, 
¡la  tierra! 


A  famosa  poesía  de  Browning  que  yo,  sin 


'razón  quizás  y  recordando  otra  suya,  sitúo 
aquí,  en  este  punto  del  planeta,  insiste  en  mi 
cabeza  y  en  mi  corazón,  como  una  mariposa 
que  siempre  vuelve,  traducida  ella  misma,  sin 
esfuerzo  inteligente  por  mi  parte: 

Vuelto  el  cabo,  de  repente  surgió  el  mar. 
Por  cima  de  la  montaña,  miró  el  sol: 
Y  fue ',  al  punto,  una  áurea  n¿ta  para  él, 
y  un  fatal  mundo  de  hombres  para  mi. 


CXC  VI 


20  de  junio, 
saliendo  el  sol. 


«DESPEDIDA  MATINAL 


2    1  9 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


CXCVII 

Agua  de  España, 
30  de  junio. 

DENTRO 
¡pATRIAy  alma! 

I A   Y  el  alma  también  es  como  la  patria, 
perdidas,  dentro,  sus  orillas  dobles 
en  el  oro  infinito  de  lo  eterno. 

Una  abriga  a  la  otra 
como  dos  madres  únicas 
que  fueran  hijas  de  ellas  mismas, 
en  turno  de  alegrías  y  tristezas. 

Todo  y  sólo  está  en  ellas; 
a  ellas  tan  sólo  hay  que  entregarlo  todo, 
de  ellas  tan  sólo  hay  que  esperarlo  todo, 
de  la  cuna  a  la  muerte. 

...Ahora  que  el  cuerpo  entró  en  su  patria, 
el  alma  se  le  entra. 
¡Así,  bien  llenol  [Así,  todo  completo! 
¡Con  mi  alma,  en  mi  patria! 


220 


V 


ESPAÑA 


CXC  VIII 


20  de  junio, 


amanecer. 


CÁDIZ 


DE  un  cielo  bajo  y  malva,  que  limitan, 
sobre  el  cielo  más  alto,  verde  y  puro, 
vagos  cúmulos  de  ópalo 
con  un  vago  pedazo  de  arco  iris, 
Cádiz  — igual  que  un  largo  brazo  fino  y  blanco, 
que  España,  desvelada  en  nuestra  espera, 
sacara,  en  sueños,  de  su  rendimiento 
del  alba, 

todo  desnudo  sobre  el  mar  morado — 
surge,  divina. 


—  Con  las  bombas  que  tiran 
los  fanfarrones, 
se  hacen  las  gaditanas 
tirabuzones. — 


223 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

Los  besos  matutinos ,  nuevos 
y  frescos,  se  adelantan 
en  la  brisa  total,  a  esa  blancura. 

¡Hoy  sí  que  amanecel 
¡Hoy  sí  que  vas  saliendo 
sol  violeta,  que  sales 
con  rueda  de  albos  radios  infinitos, 
sobre  el  mar  detenido  por  España! 

¡Hoy  sí  que  te  ve  el  alma  amanecer,  sol  sobre 


FRESQUITOS  MATINALES 


ERANO  andaluz!  ¡Cómo  olvida  el  cuerpo 


I    ▼  lo  que  deja,  o  lo  que  le  deja!  ¡El  recuerdo 

del  cuerpo;  mujer! 

Este  fresquito  de  Cádiz  es  el  fresquito  más 
alegre,  más  abierto,  más  alto  que  ha  sentido  mi 
carne  nunca  en  el  verano.  Se  diría  que  el  aire- 
cilio  surte  del  mar,  como  de  su  centro,  que  él 
mismo  es  otro  mar  de  aire  que  sube  y  anega  y 


[el  alma! 


CXCIX 


Cádiz, 

21  de  junio. 


2   2  4 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


sepulta  este  montón  de  limpieza,  de  colores  cla- 
ros — este  blanco  con  verde  chillón,  únicos — ,  de 
finura;  que  estamos  en  un  aireario  ideal,  dentro 
del  aire,  que  fuera  como  el  alma  del  aire,  cuya 
vestidura,  desnuda  ella,  se  le  hubiera  caído  al 
suelo. 

...  Y  digo  alto,  abriendo  inmensamente  el  pe- 
cho al  aire,  por  la  calle  estrecha  — sucesión  de 
claridades,  encaje  de  matices  suaves — :  ¡Qué 
fresco  tan  rico!  ¡Qué  fresco  tan  rico! 

Y  un  loro  grita  en  un  balcón:  «¡Qué  fresco  tan 
rico!»  «¡Qué  fresco  tan  rico!» 


C  C 

21  de  junio. 

CÁDIZ 

A  F.  R.  SANDOVAL 

EN  el  botón  de  oro  de  mi  puño,  Cádiz,  un  po- 
quito más  pequeña  que  es,  se  refleja  toda, 
tacita  de  oro,  ahora.  Está,  en  mi  orito  redondo, 
como  en  su  mundo,  con  su  torre  de  Tavira,  con 
su  mar  y  su  cielo  completos  por  el  círculo.  To- 
dos sus  colorines,  esos  verdes  de  sulfato  de  co- 
bre con  cal,  esos  rosas  de  geranio,  esos  azules 

Diario  225  I5 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

marinos,  esos  blancos  traslúcidos,  al  recogerse 
en  lo  diminuto,  parecen  facetillas  de  una  breve 
ciudad  de  diamante  enquistada  por  mano  fililí 
en  mi  botón,  que  el  oro  del  metal  magnifica 
como  en  una  caída  de  tarde  espiritual,  nítida  y 
gloriosa. 

— Ahora  yo  hago  la  noche  con  mi  manga. 
Cádiz  no  existe. — 

C  CI 

Cádiz,  ai  de  junio. 

PLAZA  NOCTURNA 

SILENCIO  ya.  Únicamente  grita  — en  silen- 
cio y  en  el  recuerdo  de  ahora  mismo —  el 
colorín  de  los  cafés  de  cristales  del  muelle, 
vacíos  ya  del  todo,  cuya  policromía  rodea  de 
nostalgia  mi  alma,  digo,  la  plaza  ésta,  frondosa, 
esmeralda  fresca,  bien  oliente,  trasparente  y  va- 
cía. Intermitentemente,  un  cielo  sin  azul,  estre- 
llas todo,  de  estos  cielos  tesoros  de  aquí,  y  dos 
cielos  verdiblancos,  como  encalados,  espectrales, 
de  pesadilla,  que  crea  el  faro  sobre  una  ciudad 
de  torres  blancas,  coronación  de  la  Cádiz  dor- 
mida, y  no  dan  tiempo  casi  a  ser  cielo  de  los 

226 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 

ojos.  Y  los  ojos  se  empeñan  en  cazarlos,  vez 
tras  vez,  en  obstinado  deseo... 

La  brisa  anda  por  las  magnolias,  que  se  están 
bañando,  desnudas,  en  la  sombra...  Entre  el  ver- 
dor espeso  y  lustroso,  dos  gatos  negros  se  escu- 
rren, clavándose  sus  ojos  rayos  verdes.  Silencio, 
más  silencio  cada  hora,  como  más  sombra... 


CCII 

22  de  junio. 

DE  CÁDIZ  Á  SEVILLA 

A  J.  MORENO  VILLA 

ENTRE  los  candeleros  verdes  de  la  pita,  el 
sol  poniente  colma  de  dorados  carmines  los 
cuadros  de  las  salinas  blanquiazules.  Alguna 
vaca  negra  pace,  solitaria,  en  la  quietud  del 
anochecer  de  las  marismas,  de  islote  en  islote 
de  camarinas.  Un  viento  amplio,  que  infla  el 
poniente  como  una  gran  *vela  y  se  lleva  la  tarde 
como  un  barco,  entra  hasta  el  alma  misma  un 
agudo  olor  de  sal  y  pino. 

(En  Cádiz,  que  va  dando  la  vuelta,  el  faro,  so- 
bre el  amarillo  de  miel  del  poniente,  comienza 


227 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DI  ARIO 


su  vela,  con  una  luz  verde  y  violeta,  que  es  aún 
como  una  joya  cerrada,  sin  un  solo  resplandor 
hacia  fuera.) 

Es  cual  una  naturaleza  enmendada  por  un 
pintor  que  le  hubiese  enseñado  su  hermosura 
y  la  pintara  de  nuevo  con  más  jugo  y  más  brío; 
como  la  verdadera  entraña  de  la  tierra,  salida  de 
lo  más  hondo  a  lo  más  claro;  profusión  de  bien- 
estares que  dan  a  cada  sentido  su  más  aguda 
sensación,  la  cual,  analizada,  no  se  sabe  de  dónde 
viene  hoy  más  que  otro  día,  y  que  es  poco  su- 
poner que  mana  del  fondo  sólo  de  la  naturaleza. 


CCIII 

Sevilla, 
23  de  junio. 

CLAVELES 

A  JOSÉ  MARÍA  IZQUIERDO 

ESTE  clavel,  esta  fuente  grana  de  esencia, 
colma  de  su  viva  frescura  sensual  todo  el 
color  azul  y  oro  de  la  tarde  que,  siendo  azul  y 
oro,  es  roja  por  dentro,  como  si  tuviera  alma  de 
sangre  y  la  trasparentara  el  sol  poniente. 

Es  cual  si  yo  tuviera  en  mi  mano,  dentro  del 
cuerpo  de  Sevilla,  cogido  su  corazón.  Es  como  si 

228 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


todos  los  corazones  de  sus  mujeres  se  hubieran 
hecho  un  solo  clavel,  este  clavel  que  yo  tengo 
en  mi  mano,  del  puesto  verde  de  la  calle  de  las 
Sierpes. 

Este  clavel  es  el  mundo,  que  se  ha  hecho  del 
tamaño  de  un  clavel,  digo,  de  Sevilla,  que  está 
prendida,  clavel  único,  madre  de  claveles,  sobre 
el  pecho  izquierdo  de  la  naturaleza. 

...  La  tarde  va  cayendo,  y  como  una  mantilla 
negra,  el  anochecer  viene  sobre  Sevilla;  y  la  luna, 
roja  igual  que  un  clavel,  asoma  entre  su  nuca, 
fresca  con  el  río,  y  el  cielo  hondo  de  su  pelo. 


N  campo  muy  bajo,  casi  sin  campo,  terroso, 


^-'gris,  seco.  Un  cielo  muy  alto,  cielo  sólo, 
blanco.  Un  gran  olor  a  heno,  áspero  abajo,  pu- 
rísimo arriba.  ¿Se  van  a  separar  la  tierra  y  el 
cielo?...  Grillos  y  estrellas,  enredados,  atan  el 
paisaje. 


C  C  I  V 


Sevilla, 

23  de  junio. 


ORILLAS  NOCTURNAS 


229 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


UELVO  una  vez  y  otra  del  mundo, 


▼  mi  pensamiento  cada  vez  más  rico 
de  almas  de  años  muertos, 
de  renovado  espíritu. 

|Qué  lejos,  desde  lejos  — y  qué  otro — , 
de  todo  esto,  siempre  igual  y  desvalido! 
¡Qué  cerca 

de  todo  esto,  qué  lo  mismo 
siempre, 

qué  igual,  qué  igual  a  ello, 
al  llegar,  frente  a  frente, 
del  eterno  cariño! 


C  C  V 


De  Sevilla  a  Moguer, 
24.  de  junio. 


SEMPER 


A  MI  HERMANO 


23O 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


C  C  V  I 


De  Sevilla  a  Moguer, 
24  de  junio. 


TRIGO  Y  JAR  AMAGO 


A  JAVIER  DE  WINTHUYSEN 


LBINO  todo  y  amarillo,  valle  y  colina, 


-^como  dos  cabecitas  de  niña  y  de  niño  que 
durmieran  todavía,  una  contra  otra,  entre  las 
blancas  cortinas  rosadas  de  la  mañana.  A  ras  de 
flor,  cual  un  ensueño,  la  brisa.  Y  como  oídos  en 
el  sueño  de  los  niños,  pájaros,  en  un  venir  melo- 
dioso al  despertar  de  calor  y  de  alegría. 


^  que  tú  eres  como  el  mar;  que  aunque  las  olas 
de  tus  años  se  cambien  y  te  muden, 
siempre  es  igual  tu  sitio 
al  paso  de  mi  alma. 


C  C  VII 


Moguer, 
24  de  junio. 


MADRE 


'E  digo  al  llegar,  madre, 


2  3  1 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

No  es  preciso  medida 
ni  cálculo  para  el  conocimiento 
de  ese  cielo  de  tu  alma; 
el  color,  hora  eterna, 
la  luz  de  tu  poniente, 
te  señalan  ¡oh  madre!  entre  las  olas, 
conocida  y  eterna  en  su  mudanza. 


IEBLA,  roja  en  el  verde  aun  oscuro 


I  ±  y  de  la  mañana; 
roja  ruina,  al  primer  sol,  pedazo  último 
de  mi  corazón  roto  — que  con  su  ala 
última,  alón  sin  pluma,  me  ha  seguido 
hasta  ti,  Niebla  ya  lejana — , 
con  su  roto  pedazo  — silba  el  tren — 
último  de  mi  alma! 


C  C  V  I  I  I 


Niebla, 

30  de  junio. 


232 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


C  C  I  X 

De  Moguer  a  Madrid, 
30  de  junio. 

A  MI  MADRE 

?  /~\  UÉ  bien  le  viene  al  corazón 
I  V^su  primer  nido! 
¡Con  qué  alegre  ilusión 

torna  siempre  volando  a  él;  con  qué  descuido 
se  echa  en  su  fresca  ramazón, 
rodeado  de  fe,  de  paz,  de  olvido! 


...  ¡Y  con  qué  desazón 
vuelve  a  dejarlo,  pobre  y  desvalido! 
¡Pairee  que,  en  un  trueque  de  pasión, 
el  corazón  se  trae,  roto  el  nido, 
que  se  queda  en  el  nido,  roto  el  corazón! 


233 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


C  C  X 


Sevilla, 
30  d«  junio. 


CORO    DE  CANÓNIGOS 


A  RICARDO  DE  ORUETA 


EN  un  bajo  de  sombras,  carmines  súbitos  y 
trémulas  luces,  incoloras  con  el  día  de  las 
vidrieras,  ondula,  como  un  mar  sólido,  la  pre- 
surosa y  alborotada  desentonación  de  incom- 
prensibles latines,  tocados  de  vino  y  de  carne 
por  un  brío  basto  y  senil.  El  coro  está  abierto  al 
cielo  de  la  cúpula,  que  un  violeta  indecible,  fun- 
diendo la  piedra  gris,  hace  falsamente  verdade- 
ro; pero  la  bullanga,  que,  cortando  la  hora,  se 
coge  con  los  comienzos  los  finales,  no  sube  más 
alto  de  lo  que  es  techo  ilusorio  que  ella  misma 
pone,  con  su  mayor  densidad,  en  el  plano  bajo  a 
donde  llega,  y  allí  se  queda,  en  aquella  cámara 
grosera,  arrollada  y  tropezando,  como  en  el 
propio  infierno  correspondiente  a  su  teatral  re- 
presentación del  cielo. 

— La  tarde  empieza  a  ser,  en  las  cosas,  divina. 
Los  colores  se  enlazan,  en  trama  delicada  y  en- 
cendida, por  las  altas  soledades,  en  donde  sus 


234 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


almas  libertadas  por  las  heridas  de  la  luz,  se 
subliman.  Paz.  Palmas.  Gloria... — 

Y  el  órgano,  de  pronto,  que  la  mano  dura  de 
un  ojo  que  no  ve  acaricia,  le  pone  al  bodegón 
un  nublado  de  impetuosa  música  ascendente, 
y  revuelve  y  borra  su  orgía  con  una  atronadora 
revolución  celeste,  que  lo  deja  preso  en  el  sóta- 
no correspondiente  a  su  coceo,  a  su  rumia  y  a 
su  rebuzno  subhumanos. 


C  C  X  I 

De  Sevilla  a  Madrid, 
30  de  junio. 

¡ADIOS! 

SOÑANDO,   EN  EL  TREN 

H,  qué  verde  te  quedas 
atrás,  Andalucía, 
qué  blanca  entre  tus  agrias 
viñas! 

Los  altos  miradores, 
en  donde  el  sol  complica 
colores  de  cristales 
— malva,  rosada  su  cal  nueva — , 
te  miran  tu  alegría. 

2  3  5 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

—  En  todos  está  mi  alma 
con  Ja  veleta,  arriba, 
arriba. 

...  Aquí  y  allá,  el  mar,  lejos, 
en  encendidas  cintas — . 


EL  sol  dora  de  miel 
el  campo  malva  y  verde 
— roca  y  viña,  loma  y  llano — . 
La  brisa  rinde,  fresca  y  blanda, 
la  flor  azul  de  los  vallados  cárdenos. 
Nadie  ya,  o  todavía, 
en  el  inmenso  campo  preparado, 
que  con  cristal  y  alas 
la  alondra  adorna. 


CCXII 


La  Mancha, 
i  de  julio. 


AMANECER 


Aquí  y  allá,  abiertos  y  sin  nadie, 


los  rojos  pueblos  deslumhrados. 


236 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


C  C  X  I  1 1 

t  de  julio. 

MAÑANA 

A  D.  VÁZQUEZ  DÍAZ 


OLVO  inmenso.  Por  sus  ojos  morroñosos, 
piedra  y  cielo. 


A  la  sombra  miserable  y  de  andrajo  de  un 
solo  verde  enfadado,  dormido  y  sucio,  unos  bo- 
rregos negros  y  grises  marcados  de  almagra,  se 
aprietan  cabizbajos  — sin  cabeza —  bajo  el  in- 
menso y  único  sol. 

Se  siente  que  el  tren  traza  una  negra  línea 
larga.  Punto  rechinante  y  hueco:  jCastilleejo! 


C  CXI  V 

Madrid. 


L  mar  este,  cerrado 

y  solo,  que  el  relámpago  de  acero, 


como  una  espada  súbita, 

trae,  en  la  visión  medrosa 

de  la  tarde  de  espanto  y  de  tormenta; 


237 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

es  el  mar  en  que  estuve 
yo,  riente,  entre  niños; 
el  mar  que  fué  mi  casa, 

mi  día  y  mi  sustento;  el  mar  rosa  y  vencido, 
que  me  llevó  al  amor? 


EL  gallo  canta,  sin  respuesta, 
en  la  proa,  que  rompe, 
firme,  la  madrugada  grana,  gris  y  fría; 
y  su  grito  se  pierde,  solo, 
por  el  mar,  contra  el  sol  que  se  levanta 
por  un  hueco  fantástico  de  nubes. 

Agua  y  cielo  son,  juntos  con  su  grito, 
de  sangre  y  oro, 

de  sangre  que  no  mancha,  sino  que  purifica, 
de  oro  que  enriquece  sólo  el  alma. 


CCX  V 


Madrid. 


SOÑANDO 
(AURORA  EN  EL  MAR) 


2  3  8 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


C  C  X  V  I 

Madrid, 

3  de  octubre. 

ELEGÍA 

AHORA  parecerás  ¡oh  mar  lejano! 
a  los  que  por  ti  vayan, 
viendo  tus  encendidas  hojas  secas, 
al  norte,  al  sur,  al  este  o  al  oeste; 
ahora  parecerás  ¡oh  mar  distante! 
mar;  ahora  que  yo  te  estoy  creando 
con  mi  recuerdo  vasto  y  vehemente. 


CCX  VII 

Madrid, 
domingo. 

SENCILLEZ 

ENCILLEZ,  hija  fácil 
de  la  felicidad! 

Sales,  lo  mismo, 
por  las  vidas,  que  el  sol  de  un  día  más, 
por  el  oriente.  Todo 
lo  encuentras  bueno,  bello  y  útil, 
como  tú,  como  el  sol. 


239 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

¡Sencillez  pura, 
fuente  del  prado  tierno  de  mi  alma, 
olor  del  jardín  grato  de  mi  alma, 
canción  del  mar  tranquilo  de  mi  alma, 
luz  del  día  sereno  de  mi  alma! 


240 


RECUERDOS 

DE 

AMÉRICA  DEL  ESTE 

ESCRITOS  EN  ESPAÑA 


CCXVIII 


DE    EMILY  DICKINSON 

(AMHERST,  MASS.  1830- 1886) 

«EL   MASTÍN  SOLO» 
11 

EL  Alma  que  tiene  Huésped 
rara  vez  sale  de  Sí. 
Más  Divina  Compañía 
quita  la  necesidad; 
y  cortesía  prohibe 
que  salga  de  Él  el  Señor, 
mientras  el  Rey  de  los  Hombres 
está  de  visita  en  Él. 

XXVII 

¡Resplandor  de  un  acto  heróicol 
¡Qué  extraña  iluminación! 
— La  mecha  lenta  del  Puede 
prende  en  la  Imaginación. — 

243 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


L  V 

Dos  Puestas  de  sol  te  mando. 
— El  Día  y  Yo  competíamos; 
hice  dos  y  unas  estrellas, 
mientras  Él  hacía  una. — 

La  Suya  es  más  grande.  — Pero 
como  Yo  le  dije  a  alguien, 
las  Mías  están  mejor 
para  llevarlas  a  mano. — 

( Con  unas  vistosas  flores,) 


CCXIX 
NATIONAL    ARTS  CLUB 

New  York. 

EXPOSICIÓN  permanente  de  huéspedes.  Res- 
taurant de  retratos.  <¡Se  come?  En  la  sala  de 
acuarelas,  digo,  en  el  comedor,  toilettes  extrava- 
gantes, poses  inaguantables.  Se  habla  sin  color 
y  están  torcidas  las  palabras. 

Los  cuadros  que  comen,  servidos  por  estas 
jóvenes  hosteleras  de  blanco  sucio  y  celeste  te- 
rreno, con  pelo  equivocado  y  verde  Veronés  en 


244 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


las  uñas,  parecen,  á  la  luz  cuya  escasez  velan 
tulipanes  de  papel  de  seda  rojo  y  amarillo  — ¡Su 
bandera!  me  dice  Nerón,  mirándome  en  los 
ojos  con  el  monóculo —  entre  guirnaldas  de  vie- 
jo honor  empolvado;  parecen,  a  veces,  personas 
¿qué  hemos  visto?  — ¿dónde?  ¡no  en  la  calle! — 
¿Queso?  No,  no  se  come;  se  hace  como  que 
se  come.  Y  no  es  que  no  haya  comida,  más  o 
menos  cierta,  comida  que  ha  servido  de  modelo 
para  muchas  naturalezas  muertas;  es  que  — ¡ya! 
¿cómo  no  lo  había  pensado  antes? —  se  repre- 
senta una  comida  en  simpatía  de  Ratan  Devi.  Si; 
estoy  seguro  de  que,  habiendo  comido  y  bien, 
este  museo  malo  piensa  en  ir  a  comer  a  otra 
parte.  Ensayo  general  de  comida  al  carbón, 
con  algún  toque  de  color.  ¡Y  son  manjares  de 
verdad! 

Ya  se  levanta  Cleopatra  y  se  pone  en  su 
doscientos  años  de  carne  rubia  una  dalmáti- 
ca india...  ¡Y  se  arrodilla  ante  el  Dr.  Coomaras- 
wamy! 


2  4  5 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


CC  X  X 

BOSTON    EN  DOMINGO 

LAS  flores  ordenadas  — tulipanes,  junquillos, 
azaleas —  miran  — como  en  altares  hacia 
afuera —  por  los  cristales  morados,  para  ver  a  las 
estatuas  — ¡horror! —  a  las  ardillas,  a  los  gorrio- 
nes, a  las  palomas  y  a  nosotros  dos. 


C  C  X  X  I 
BANQUETE 

Boston. 

de  pastores  unitarios  — y  pastoras —  en  el  Hotel 
Somerset.  Salida:  larga  fila  recta,  en  un  anuncio 
malo  de  ropa  hecha.  Al  final,  la  mujer  del  últi- 
mo furgón,  digo,  pastor,  deja,  tras  su  modesta 
sensualidad,  la  estela  chillona  de  una  gran  alca- 
chofa roja  de  trapo  que  lleva  sobre  el  tope  del 
traje  negro,  como  la  luz  de  cola  de  un  tren. 


246 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


C  C  X  X  1 1 

EL    MEJOR  BOSTON 

CALLES  Marlborough,  Commonwealth  y 
Newberry:  tres  tijeras  paralelas  de  casas  de 
chocolate,  que  el  día  alarga  y  encoje  la  noche. 


CC  XX  III 
¿EL  CIELO? 

New  York. 

PARA  ser  de  imitación,  no  está  mal.  Un  poco 
yerto,  desvaído  y  duro. — Estos  pintores  de 
anuncios  son  bastante  buenos,  ¡caramba!  [Más 
arriba!  ¡Más  arriba!  ¡No  se  caen  ustedes,  hom- 
bres! ¡Más  arriba,  que  todavía  se  huele  la  pin- 
tura y  no  se  huelen  todavía  las  primeras  rosas 
eternas! 


247 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


CCXXI V 


NDAN  por  New  York  — mala  amiga  ¿por 


^quéf  de  Boston,  la  culta,  la  Ciudad-Eje, — 
unos  versillos  que  dicen  así: 

Here  is  to  good  oíd  Boston 
The  iown  ofthe  beacon  and  the  cod, 
Where  the  Cabofs  only  spcak  to  the  LowelVs 
And  the  Lowel! s  only  speak  to  God. 

He  conocido  bien  a  una  Cabot.  ¡Cómo  deben 
aburrirse  los  Lowell's!  He  leído  «La  fuente>  de 
Lowell.  ¡Cómo  debe  estarse  aburriendo  Dios! 


a  la  mitad,  se  me  caen,  como  notas  falsas,  las 
notas...  Sí,  estas  estrellas  parecen  las  estrellas  de 
la  bandera  solamente. 


CCXX  V 


DUERMEVELA 


New  York. 


TRA  vez  las  estrellas!  No  acaban 
de  convencerme.  Empiezo  el  aria  y, 


248 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


C  C  X  X  V  I 
COLON  Y  CL  UB 

New  York. 
A  MIGUEL  GAYARRE 

SE  encoje  uno  sin  querer,  entrando.  Pero... 
¿aquí  vamos  a  tomar  el  café,  con  tantos  loros? 
¡Que  se  viene  el  techo  abajo,  por  Dios!... 

Una  lorería  de  todos  los  colores  posibles  e 
imposibles,  pesadilla  de  una  señora  nostálgica  de 
un  trópico  malo,  vuela  por  el  falso  verde  de  me- 
tal de  un  jardín,  que  queriendo  ser  aéreo,  se  en- 
reda, como  plomo,  por  la  inteligencia.  Equiva- 
lencia en  dolares:  I.OOO.OOO.  ¡Ah...  entonces!... 
Entonces  el  corazón  se  achica  pensando  en  los 
otros  techos  que  la  artista  pintará  con  ese  mi- 
llón que  le  ha  robado  al  sueño.  ¡Lo  que  soñará 
¡Dios  santo!  á  costa  del  Trópico,  del  Polo  y  del 
Ecuador! 

Como  el  millón  suena  en  el  techo,  la  gente 
mira  al  millón  de  loros,  ellas  — ¿de  qué  carnaval 
de  cementerio? —  con  muy  poca  mortaja,  única 
inteligencia,  ellos  con  el  monóculo,  ojo  único. 

249 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

Mr.  B  n,  crítico  de  artes,  autor  de  un  catálo- 
go, un  loro  más,  que,  desgraciadamente,  es  más 
verdad  que  los  del  techo,  y  vuela,  ¡viene  hacia 
mí!  Mientras  me  habla,  ceremonioso,  con  el  ra- 
billo del  ojo  veo  bajar  y  subir  loros  de  la  chi- 
menea al  techo.  ¡Como  hablan,  fumando!. .. 

Luego,  la  noche  toda  quitándome,  como  te- 
larañas, loros  y  enredaderas  de  la  cabeza.  ¡Qué 
fiebre  verde  y  roja,  verde  y  azul,  verde  y  ama- 
rilla, verde!...  Y  amanezco  envenenado. 


C  C  X  X  V  I  I 
SECCIÓN 

De  Garden  City  a  New  York, 
en  tren. 

HOMBRES  cansados,  que  sueñan  en  que 
van  mascando  goma.  Señoras  extra- 
ordinarias del  vivero  del  Hotel  Martha  Washing- 
ton, que  piden  al  negro  una  mesita  para  hacer 
solitarios...  Humo  áspero.  Sonrisas  sin  razón  ni 
respuesta.  Soñolencia. 

De  pronto,  el  tren  empieza  a  seccionar  casas. 
Sí,  no  es  una  calle,  es  que  el  tren  corta  una 


250 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


manzana...  A  derecha  e  izquierda,  en  las  vi- 
viendas sin  fachada  — como  en  aquellas  seccio- 
nes de  un  barco  o  una  fábrica  que  tanto  me 
intrigaban  de  niño, —  el  peluquero,  la  modista, 
el  florista,  el  impresor,  el  sombrerero,  el  sastre, 
el  carpintero,  trabajan,  cada  uno  en  su  piso,  tras 
su  cristal  sin  puerta,  bajo  sus  lucecitasde  colores. 


A  he  visto  en  el  Cosmopolitan  y  me  ha  lie 


-1— 'nado  de  compasión,  de  alegría  y  de  triste- 
za, todo  junto.  Apenas  puede  tenerse  en  pie  y 
anda,  con  su  bastoncito,  como  con  ruedas.  Watts 
es  ya  rosas,  bajo  la  tierra.  Ella,  sobre  la  tierra, 
es  aun  gusano. 

Es  sabido  que,  muy  joven,  esta  mujer  se  casó 
con  Watts,  quien  pintó,  sin  duda,  con  ella,  la 
«Eva  tentada»  y,  pensando  en  ella,  ese  trágico 
«Minotauro»  que,  sin  poder  escapar  de  su  torre, 
olfatea  el  horizonte  y  le  brama  al  poniente.  Para 
que  la  primavera  duerma  con  el  invierno  se  ne- 


CCXX  VIII 


EX  MRS  WATTS 


New  York. 


2  5  í 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

cesíta  una  hora  de  doble  hermosura  extraordina- 
ria, pocas  veces  mezclada  en  la  naturaleza.  Acor- 
dáos  de  Dante,  de  Ruskin,  de  Víctor  Hugo... 

Un  día,  Eva  se  presentó  a  Watts,  que  pinta- 
ba tal  vez  «El  amor  y  la  muerte»,  vestida  de 
egipcia;  le  cantó  y  le  bailó  unas  monaditas,  y, 
como  si  se  fuera  de  un  espectador  por  el  foro  de 
un  teatro,  se  fué  de  él  y  de  su  casa  para  siempre. 
Y  Watts  se  quedó  solo  con  su  «Amor  sobre  el 
mundo»,  que  parece  su  epigrama  doliente. 

ENVÍO 

...El  siempre  de  más  allá  del  ocaso,  era  este: 
New  York  astroso  y  frío,  la  vejez  débil  y  presa, 
y  yo  para  decírtelo,  Watts  triste. 

CCXXIX 
TRANVÍA 

New  York. 

GAFAS.  Pantorrillas  de  fieltro  alto,  arruga- 
do y  fangoso.  (Van  al  baile  y  son  ellas  so- 
las la  pareja).  Gafas.  Ningún  ojo  claro.  Mandíbu- 

252 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


las  incansables  — ¡qué  cansancio! —  que  mascan 
goma,  sin  fin.  Gafas.  Borrachos  sin  gracia,  que 
hacen  reír  risas  de  mueca  a  todo  un  mundo  de 
dientes  de  oro,  plata  y  platino.  Gafas.  Amari- 
llos, cobrizos  y  negros  con  saqué  blanco,  es 
decir,  negro,  es  decir,  pardo,  y  sombrero  de 
copa  de  ocho...  sombras.  Gafas.  ¡Cuidado!  ¡Que 
me  pisa  usted  los  ojos!  Mirada,  digo,  gafada  sin 
vida.  Gafas,  gafas,  gafas. 


c  cxxx 

AUTHOR'S  CLUB 

New  York. 

CREÍ  siempre  que  en  New  York  pudiera  no 
haber  poetas.  Lo  que  no  sospechaba  es  que 
hubiese  tantos  poetas  malos,  ni  un  tugurio  como 
este,  tan  seco  y  polvoriento  como  nuestro  Ate- 
neo Madrileño,  a  pesar  de  estar  en  un  piso  I5> 
casi  a  la  altura  del  Parnaso. 

Son  señores  de  décima  clase,  que  cultivan  pa- 
recidos físicos  a  Poe,  a  Walt  Whitman,  a  Ste- 
venson,  a  Mark  Twain,  y  que  se  dejan  consu- 
mir el  alma  con  su  cigarro  gratuito,  hechos  uno 

2  5  3 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


con  él;  melenudos  que  se  ríen  de  Robinson,  de 
Frost,  de  Masters,  de  Vachel  Linsday,  de  Amy 
Lowell,  y  que  no  se  ríen  de  Poe,  de  Emily 
Dickinson  y  de  Whitman,  porque  ya  están 
muertos.  Y  me  muestran  paredes  y  paredes  lle- 
nas de  retratos  manchados  y  autógrafos  en  bar- 
quillo, de  Bryant,  de  Aldrich,  de  Lowell,  de, 
de,  de... 

...  He  cogido  de  la  fumadora  un  cigarrillo  y, 
encendiéndolo,  lo  he  echado  en  un  rincón,  sobre 
la  alfombra,  a  ver  si  el  fuego  se  levanta  y  deja, 
en  vez  de  este  Club  de  escoria,  un  alto  hueco 
fresco  y  hondo,  con  estrellas  claras,  en  el  cielo 
limpio  de  la  noche  de  abril. 


C  C  X  X  X  I 

¡DULCE  LONG  ISLA  N  D ...  / 

ULCE  Long  Island,  ondulada  y  suave,  con 
tus  cerezos  en  flor,  tus  senderos  poéticos, 
tu  brisa  unánime,  tus  pájaros  infinitos  más  que 
la  simiente  de  la  adormidera;  con  tus  valles  al 
mar,  tus  enredaderas  del  bosque,  tus  bibliote- 
quitas  aldeanas  bajo  los  árboles,  y  tus  muertos 

254 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


entre  tus  vivos;  con  tus  carreteras  finas  como  la 
planta  de  los  pies,  con  tus  muchachas  lectoras 
y  jardineras;  dulce  isla  alfombrada  de  flox  blan- 
cos, malvas,  rosas... 

Long  Island,  isla  dulce;  ¿por  qué,  en  tu  sitio 

mejor,  Mr.  T  i  ha  levantado  esa  casa  terrible 

de  hierros,  mármoles  y  cristales,  galerías  poli- 
cromas y  osos  blancos  por  docenas,  dragones  es- 
pantosos y  retortas  iluminadas  — ¡oh  fuentes! — , 
ruinas  de  Pompeya  y  restos  de  terremoto  de 
Mesina,  anclas  y  malaquitas,  loros  disecados  y 
armaduras,  columpios  de  bronce  y  cuadros  de 
opio,  divanes  turcos  y  pianolas;  dulce  Long 
Island? 

...  No  sé  el  nombre  de  la  opereta  cosmopolita 
y  omnisecular,  que  en  este  invernadero  del  cere- 
bro paralítico,  en  este  mausoleo  del  gusto,  en 
esta  tumba  de  los  sentidos,  van  a  echar  al  mar 
por  el  muelle  indio,  ¡oh  pobre  viejo  barco  que- 
mado, que  tienes  que  ver  desde  tu  prisión  de 
bambalinas  el  libre  mar  azul,  que  tienes  que  sen- 
tirte artificial  también,  en  lo  natural,  y  más  tris- 
te que  yo,  que  ahora  mismo  voy  a  tomar  el  tren 
que  vuela...  ¡dulce  Long  Island! 


2  5  5 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


C  CXXXII 

WALT  WHITMAN 

PERO,  ¿de  veras  quiere  usted  ver  la  casa 
de  Whitman  mejor  que  la  de  Roosevelt? 
¡Nadie  me  ha  pedido  nunca  tal  cosa...! 

...  La  casa  es  pequeña  y  amarilla,  y  está  junto 
a  la  vía  férrea,  como  la  casa  de  un  guarda- 
agujas,  en  una  praderita  verde  limitada  de  pie- 
drecillas  con  cal,  bajo  un  sólo  árbol.  En  torno, 
el  llano  inmenso  se  ofrece  al  viento,  que  lo  barre 
y  nos  barre,  y  deja  mondo  el  mármol  tosco  y 
humilde  que  le  dice  a  los  trenes: 

TO  MARK  THE  BIRTHPLACE  OF 
WALT  WHITMAN 
THE  GOOD  GRAY  POET 
BORN  MAY,  31  -  1819 
ERECTED  BY  THE  COLONIAL  SOCIETY 
OF  HUNTINGTON  IN   1905  1 

Como  el  estanciero  no  parece  que  está,  doy 
vueltas  a  la  casa,  intentando  ver  algo  por  sus 
ventanuchos...  De  pronto,  un  hombre  alto,  lento 

1    Aquí  nació  — W.  W. —  el  buen  poeta  gris...  etc. 

256 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


y  barbudo,  en  camisa  y  con  sombrero  ancho, 
como  el  retrato  juvenil  de  Whitman,  viene — ¿de 
dónde? —  y  me  dice,  apoyado  en  su  barra  de 
hierro,  que  no  sabe  quién  es  Whitman,  que  él 
es  polaco,  que  la  casa  es  suya  y  que  no  tiene 
ganas  de  enseñársela  a  nadie.  Y,  encogiéndose, 
se  mete  dentro,  por  la  puertecita  que  parece  de 
juguete. 

Soledad  y  frío.  Pasa  un  tren,  contra  el  vien- 
to. El  sol,  grana  un  instante,  se  muere  tras  el 
bosque  bajo,  y  en  la  charca  verde  y  un  poco 
sangrienta  que  bordeamos,  silban,  en  el  silencio 
enorme,  innumerables  sapos. 


1#  IV  JO  puedo  más! 
1  i — ¡Hasta  la  luna,  solol 
— -¿Hasta  la  lunaaaa...? 
—  ¡Sí!  ¡Solo  toda  la  Quinta,  y  ya  estamos! 


CCXXXIII 


New  York. 


Diario 


2  5  7 


*7 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

C  C  X  X  X  I  V 
COSMOPOLITAN  CLUB 


ORRIBLE  vejez  la  del  snobismo!  — Sí,  es 


1  *  ^  la  misma,  esté  usted  segura,  Miss  S  1; 

la  misma.  La  misma,  con  su  cara  de  ceniza,  sus 
grandes  gafas  redondas,  su  disfraz  blanco  de  viu- 
da y  su  gran  adormidera  roja  en  el  vientre,  hin- 
chado por  el  concentrase  de  la  carne  que  pre- 
siente el  gusano  último... — 

Es  natural  la  fe  ciega  de  estas  señoras  en  cual- 
quier carnaval  nuevo  — secta  religiosa,  rama  de 
arte,  batallón  de  algo — .  Detrás  de  mí,  en  la 
soledad  de  la  sala  azul  y  miel,  tres,  que  bien 
pudieran  ser  las  tres  Gracias,  pero  pintadas  por 
Holbein  para  la  Z  de  su  alfabeto,  fuman  en  una 
actitud  de  abandono  a  un  ideal  que  cabe  entre 
sus  ojillos  y  sus  gafas,  y  un  humo  que  hace  blan- 
das rosquillas  azules,  le  vela  sus  capotas,  cada 
una  de  las  cuales  es  un  complicado  postre  malo, 
con  todos  los  colores  de  la  primavera,  del  vera- 
no, del  otoño  y  del  invierno,  mezclados  en  un 
pasarse  de  excarnestolendas. 


New  York. 


DE    UN   POETA    RECIÉN  CASADO 

No  sé  de  dónde  salen,  como  no  sé  dónde  se 
mueren  los  pájaros.  Son  tantos  como  ellos...  y 
algunas  lechuzas  más. 


CCXXX V 
LAS  VIEJAS  COQUETAS 

New  York. 

EVA,  Semiramis,  Safo,  Cleopatra,  Agripina, 
Lucrecia  Borgia,  María  Estuardo,  Ninon  de 
Léñelos...  todas  las  viejas  con  historia  de  la  lla- 
mada Historia,  viven  aquí,  en  la  sexta  Avenida, 
su  vida  apartada,  o  en  Grammercy  Park,  o  en 
Broocklyn,  discretamente,  en  pisos  suaves  a  la 
moda  del  momento,  que  les  arregla  Miss  Elsie  de 
Wolfe  o  Miss  Swift,  de  gracia,  un  poco  recar- 
gados por  ellas  con  ciertos  recuerdos  de  época, 
salvados  de  saqueos,  de  naufragios,  de  quemas, 
de  abandonos.  En  cualquier  reunión  de  los  últi- 
mos martes  de  la  «Poetry  Society»  — «National 
Arts  Club» —  o  en  el  «Cosmopolitan>,  o  en  el 
«Actors'»,  están  todas,  con  dientes  de  oro,  afei- 
tadas, arrugadas,  pecosas,  pañosas,  cegatas,  de- 
pilado el  vello  perdurable,  que,  como  es  sabido, 


2  5  9 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


le  crece,  con  las  uñas,  a  los  muertos;  descotadas 
hasta  la  última  costilla  o  la  más  prístina  grasa, 
llenos  hombros  y  espaldas  milenarios  de  islas 
rojas  y  blancas,  como  un  mapa  de  los  polos. 

Visten  su  ancianidad,  de  náyade,  con  hier- 
bas verdes  en  la  calva,  de  Ofelia  coronada,  de 
Cleopatra,  con  la  nariz  de  Pascal,  de  lo  que  sea 
preciso  o  impreciso,  con  todas  las  cosas  posibles 
e  imposibles  — casullas  españolas,  dalmáticas 
indias,  rusas,  carnes  paradisiacas —  y  se  pren- 
den en  cualquier  sitio  flores  de  calabaza,  mala- 
quitas de  a  kilo,  plumas  de  avestruz,  de  águila, 
de  cuervo  o  de  pavo  real... 

Desveladas  siempre  del  sepulcro,  y  sin  miedo 
de  llegar  tarde,  o  con  lluvia  o  nieve,  al  piso  12 
de  sus  cementerios,  son  las  últimas  que  se  reti- 
ran, pues  conservadas  en  champagnes  infinitos 
sus  arrugadas  arrugas  empolvadas,  son  las  pre- 
feridas de  las  sillas  de  desvelo.  No  se  acuerdan, 
a  tales  horas,  del  Paraíso,  ni  de  Babilonia,  ni  de 
Lesbos,  ni  de  Alejandría,  ni  de  Roma,  ni  de 
Italia,  ni  de  Escocia,  ni  de  París,  que,  por  otra 
parte,  ¡están  tan  lejos  para  volver  de  madrugada!; 
y  se  quedan  con  cualquier  poeta  cubista,  robin- 
soniano  o  bíblico,  quien  las  diga  en  mal  verso 
libérrimo  o  en  peor  verso  redondo  inglés  — en- 

260 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


decasílabo  de  Pope — ,  un  epitafio  galante,  que 
les  hace  olvidar  sus  idiomas  patrios,  ya  en  rui- 
nas entre  los  restos  de  sus  dientes. 

¡Qué  terciopelos  con  espinas  y  qué  cenizas  con 
sedas!  Pero  sonríen  a  todos,  como  claves  sin  te- 
clas, y  coquetean  con  el  chauffeur,  con  el  por- 
tero o  con  el  negro  del  ascensor  y  se  alejan  mi- 
rando. ¡Pero  cualquiera  va,  a  través  de  los  siglos, 
con  esta  nieve,  a  sus  sepulcros! 

CC  XXX  VI 

WASHINGTON  DESDE  SU  OBELISCO 

PROYECTO  dulce,  malva  y  verde,  bajo  un 
cielo  de  vitrina  empolvada,  de  una  ciudad, 
visto  desde  la  punta  de  un  compás. 


CCXXX  VII 

Washington. 

TEATRO.  Un  lunar  de  luz  deslumbrante  y 
fría  — como  el  sol  y  la  luna  a  un  tiempo  — 
persigue  mal,  el  rostro  feo,  deshecho  y  pintado, 

2  6  i 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    ;  DIARIO 

de  la  mujer,  tan  procaz  que  exhibe  en  él  todo  el 
cuerpo  desnudo.  La  mujer  canta.  Tiene  un  gato 
y  una  gallina  dentro.  A  veces  es  sólo  el  gato.  A 
veces,  la  gallina  sola.  A  veces,  gallina  y  gato  se 
agarran  en  una  terrible  pelea  de  maullidos,  alo- 
nazos,  arañones  y  cacareos... 

Se  trata  de  un  himno  a  la  paz,  desde  la  «pre- 
paración». Aplauso  serio  y  cerrado. 


CCXXX  VIII 

Philadelphia. 

T^ROAD  Street":  Una  iglesia  pequeña  e  indig- 
-*~^na,  de  esta  piedra  verdosa,  blanducha,  visco- 
sa y  desagradable  como  jabón  malo,  que  por 
aquí  tanto  usan;  y  sucia  y  desconchada,  y  como 
tirada  a  la  basura,  descompuesto  ¡más  todavía! 
con  roturas  y  estallidos,  el  desconcierto  de  co- 
lores crudos  de  las  vidrieras  de  loros  y  de  lagar- 
tos celestiales.  A  la  puerta,  en  un  cartel  torcido» 
rechinante  y  descolgado: 

SE   VENDE  O  ALQUILA 
78  X  92  PIES 
SAMUEL  W.  LEVIS 
RAZÓN:  EDIFICIO  DE  COMPRA  Y  VENTA  DE  FINCAS 


262 


DE    UN   POETA    RECIÉN  CASADO 


C  C  X  X  X  I  X 

LA  CAMA  DE  FRANKLIN 

Philadelphia. 

HE  visto  ayer  el  lecho  de  Washington,  el  de 
Lafayette,  otros... 
— ¿Y  el  de  Franklin?  — pregunto  en  la  mesa 
de  Arcadia. 

(Las  señoras  se  tapan  una  sonrisa  y  los  caballe- 
ros callan  un  punto,  sonriendo.  Y  se  habla  de  los 
postres  exquisitos,  del  vino,  del  agua  que  cae...) 

Luego,  Mr.  W  1  se  me  acerca  y  me  dice 

al  oído: 

— Franklin  no  durmió  dos  noches  en  un  mis- 
mo lecho...  y  ninguna  en  el  suyo. 


C  CXL 

UN  IMITADOR  DE  BILLY  SUNDAY 

New  York. 

BILLY  Sunday,  el  terrible  predicador,  no  se 
atreve  a  venir  a  esta  «Ciudad  de  incrédu- 
los». Pero  tiene  discípulos  de  una  «fuerza»  rela- 

263 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 

tiva.  Así  este  Pastor  A.  Ray  Petty,  de  la  Iglesia 
Anabaptista  de  Washington  Square.  He  aquí 
dos  de  sus  anuncios: 

Anuncio  en  C: 


Organ  recital  7.45  P.  M. 
THE  CRISES  OF  THE  CHRIST  Preaching  8  P.  M. 

SPECIAL  SUNDAY  EVENING  SERVICES 

A.  RAY  PETTY 

APRIL    2  D.  CHRIST  AND  THE  CROWD 

9  TH.  CHRIST  AND  THE  COWARD 

TOPICS  l6  TH.  CHRIST  AND  THE  CROSS 

23  D.  CHRIST  AND  THE  CONQUEST 

30  TH.  CHRIST  AND  THE  CROWN 

SPECIAL  MUSIC  —  GOOD  SINGING  —    YOU  ARE  WELCOME 


Es  decir: 


Recital  de  órgano  a  las  7.45  de  la  tarde. 
Crisis  del  Cristo         Sermón  a  las  8  de  la  tarde. 

FUNCIONES  ESPECIALES  EL  DOMINGO  POR  LA  NOCHE 

A.  RAY  PETTY 

abril  2  Cristo  y  la  Caterva 

9  Cristo  y  el  Cobarde 

TEMAS  16  Cristo  y  la  Cruz 

23  Cristo  y  la  Conquista 

30  Cristo  y  la  Corona 

música  extraordinaria  -  buen  canto  -  ¡bien  venid 0  sea  s 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


Anuncio  en  sportsman 


BASEBALL  SERMONS 

SUNDAY  EVENING  AT  8  P.  M. 

A.  RAY  PETTY,  Pastor 

MAY  14  TH.     THE  PINCH  HITTER 
TOPICS     MAY  21    ST.     THE  SACRIFICE  HIT 

MAY  28  TH.     GAME  CALLED  ON  ACCOUNT  OF  DAR- 
KHESS 

LIVE  MESSAGES  HOT  OFF  THE  BAT 


Es  decir: 

SERMONES  DE  BASEBALL 

LOS  DOMINGOS  POR  LA  NOCHE,  A  LAS  8 

A.  RAY  PETTY,  Pastor 

MAYO  14     «EL  PALA»  EN  APRIETO 
TEMAS     MAYO  21     GOLPE  SACRIFICADO 

MAYO  28     SE  SUSPENDE  EL  JUEGO  A  CAUSA  DE  LA 
OSCURIDAD 

MENSAJES  DE  VIDA  ACABADOS  DE  SALIR  DE  LA  PALA 

...  Es  noche  de  primavera.  La  plaza,  verde;  el 
cielo,  un  poco  dorado  aún  del  día  caliente  y  pol- 
voriento; la  luna,  como  un  pájaro  de  luz,  de  árbol 
a  árbol;  el  aire,  húmedo  de  los  surtidores  des- 
flecados por  el  viento  fuerte  y  grato.  Parece  la 
plaza  el  gran  patio  de  una  casa  de  vecinos.  En 

265 


JUAN    RAMÓN  JIMÉNEZ 


DIARIO 


los  bancos,  gente  sórdida,  que  duerme  en  frater- 
nal desahogo.  Borrachos,  borrachos,  borrachos 
hablando  con  niños,  con  la  luna,  con  quien  pasa... 
De  MacDougal  Alley  vienen  musiquillas  y  gri- 
tos de  la  gente  que  se  ve  bailar  en  las  casas 
abiertas.  La  iglesia  también  está  de  par  en  par. 
Entran  en  ella  los  gritos  de  los  niños  y  salen  de 
ella  los  gritos  del  pastor  semiterrible  que,  sin 
cuello,  se  desgañita  en  su  sermón  — sudor  y 
gestos —  de  frontón. 


CCXLI 
LA  CASA  DE  POE 

New  York. 
A.  J.  M.  DE  SAGARRA 


la  casa  de  Poe?  ¿Y  la  casa  de  Poe? 
<jY  la  casa  de  Poe? 


-¡...? 

Los  jóvenes  se  encogen  de  hombros.  Alguna 
viejecita  amable  me  susurra: 

— Sí;  una  casa  chiquita,  blanca;  sí,  sí,  he  oído 
de  ella.  Y  quiere  decirme  dónde  está;  pero  su 
memoria  arruinada  no  acierta  a  caminar  dere- 
cho. Nadie  guía.  Y  vamos  a  donde  nos  semidi- 

266 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 


cen,  pero  nunca  la  encontramos.  ¿Es,  acaso,  una 
mariposa? 

Y,  sin  embargo,  existe  en  New  York,  como  en 
la  memoria  el  recuerdo  menudo  de  una  estrella  o 
un  jazmín,  que  no  podemos  situar  más  que  en  un 
jazminero  o  en  un  cielo  de  antevida,  de  infancia, 
de  pesadilla,  de  ensueño  o  de  convalecencia. 

Y,  sin  embargo,  yo  la  veo,  yo  la  he  visto  en 
una  calle,  la  luna  en  la  fachadita  de  madera 
blanca,  una  enredadera  de  nieve  en  la  puerteci- 
11a  cerrada  ante  la  que  yacen  muertos,  con  una 
nieve  sin  pisadas,  igual  que  tres  almohadas  pu- 
ras, tres  escalones  que  un  día  subieron  a  ella. 


CCXLII 


DESHORA 


New  York. 


**Una  farola  de  cristal  negro  con  letras  en- 
cendidas en  blanco: 


BINGDON  Sq.»  Dos  de  la  m 


INASMUCH 


MISSION 


(Misión  con  motivo  de...) 


SERVICES  AT  8  P.  M. 


267 


JUAN    RAMÓN    JIMÉNEZ    :  DIARIO 


Entre  dos  escaparates  de  pobres  y  aislados 
grape  fruits  y  tomates,  cuyos  amarillos  y  carmi- 
nes duermen  un  poco,  tristes,  hasta  mañana,  una 
escalerilla  sucia  baja  a  una  puerta  humilde.  Todo 
en  dos  metros  de  espacio  y  encuadrado,  como 
esquelas  de  defunción,  en  madera  de  luto  con 
polvo.  Y  en  un  cristal  de  la  puerta,  con  luz: 


(¿Qué  he  de  hacer  para  salvarme?  Ven  a  oir 
al  Rev.  L.  R.  C.) 


CCXLIII 

CRISTALES  MORADOS 
Y  MUSELINAS  BLANCAS 


RISTALES  morados!...  Son  como  una 


I  ejecutoria  de  hidalguía.  Hay  muchos  en 
Boston  y  algunos  en  New  York,  por  el  barrio 
viejo  de  Washington  Square,  ¡tan  grato,  tan  aco- 
gedor, tan  silencioso!  En  la  Ciudad-Eje  especial- 
mente, estos  cristales  bellos  perduran  y  se  cui- 
dan con  un  altivo  celo  egoista. 


WHAT  MUST  I  DO  TO  BE  SAVED  ? 


COME  AND  HEAR 


REV.   L.   R.  CARTER. 


2  6  8 


DE    UN    POETA    RECIÉN  CASADO 

Son  de  la  época  colonial.  En  su  fabricación 
se  emplearon  sustancias  que,  con  el  sol  de  los 
años,  han  ido  tornándolos  del  color  de  la  ama- 
tista, del  pensamiento,  de  la  violeta.  Parece  que 
por  ellos  se  viese,  entre  las  dulces  muselinas 
blancas  de  sus  mismas  casas  en  paz,  el  alma 
fina  y  noble  de  aquellos  días  de  plata  y  oro  ver- 
daderos, sin  sonido  material. 

Como  las  flores  y  las  piedras  que  antes  dije, 
los  hay  que  tienen  casi  imperceptible  el  tono,  y 
hay  que  hacer  habilidades  para  vérselo;  otros, 
lo  dan  vagamente,  cuanto  los  pasa  el  sol,  las  tar- 
des de  ocaso  puro,  en  las  muselinas  blancas,  sus 
hermanas;  otros,  en  fin,  son  ya  morados  del  todo, 
podridos  de  nobleza... 

Con  ellos  sí  está  mi  corazón,  América,  como 
una  violeta,  una  amatista  o  un  pensamiento,  en- 
vuelto en  la  nieve  de  las  muselinas.  Te  lo  he  ido 
sembrando,  en  reguero  dulce,  al  pie  de  las  mag- 
nolias que  se  ven  en  ellos,  para  que,  cada  abril, 
las  flores  rosas  y  blancas  sorprendan  con  aroma 
el  retorno  vespertino  o  nocturno  de  las  sencillas 
puritanas  de  traje  liso,  mirada  noble  y  trenzas 
de  oro  gris,  que  tornen,  suaves,  a  su  hogar  de 
aquí,  en  las  serenas  horas  primaverales  de  te- 
rrena nostalgia. 

269 


ÍNDICE 


I 

HACIA  EL  MAR 

Págs. 

I.  —  ¡Qué  cerca  ya  del  alma     .     .     .     .  21 

II.  —  Raíces  y  alas   22 

III.  —  Mientras  trabajo   22 

IV.  —  Clavo  débil   23 

V.  — La  Mancha   23 

VI.  — Sonando   25 

VII. —  Los  rosales   26 

VIII.—  ¡Giralda!   26 

IX. —  Amanecer  dichoso   27 

X.  — Madrigal   28 

XI.  —  Primer  almendro  en  flor  ....  28 
XII.— Gracia   29 

XIII.  — Moguer   30 

XIV.  — Tarde  en  ninguna  parte    .     .     .     .  31 
XV. —  A  una  mujer   32 

XVI. —  Amanecer   32 

XVII.— Duermevela   33 

XVIII. — Tú  y  Sevilla                                     .  34 

XIX.— De  la  guía  celeste   35 

XX. —  ¡Dos  Hermanas!     .     .     .     .     .     .  35 

XXI. —  Tren  de  todas  las  tardes  ....  36 

XXII. — A  una  andaluza   37 

Diario  273  £8 


Págs. 

XXIII.  — ¡Adiós...!   38 

XXIV.  — Puerto  real   38 

XXV.  — La  terrible  amenaza    ....  39 

XXVI.  —  Aun  cuando  el  mar  es  grande  .     .  40 

II 

EL  AMOR  EN  EL  MAR 

XXVII. —  ¡Tan  finos  como  son  tus  brazos     .  43 

XXVIII.— Cielo   43 

XXIX.  —  Soledad   44 

XXX.  —  Monotonía   45 

XXXI.  — Venus   46 

XXXII.— Despertar   47 

XXXLIL—  ¡Estrellas!   48 

XXXIV.— Cielo   49 

XXXV. — Nocturno   50 

XXXVI.— Cielos   51 

XXXVII. —  LOS  NUBARRONES  TRISTES       .       .        .  52 

XXXVIII. —  Sol  en  el  camarote  53 

XXXIX.— Menos   54 

XL.— Mar           .    |   55 

XLI.— Mar     .     .    |   55 

XLII. — Sensaciones  desagradables.     .     .  56 

XLIII— Cielo   58 

XLIV.-¡No!                                          .  58 

XLV.  — Hastío   59 

XLVI.—  ¡Qué  peso  aquí  en  el  corazón  .     .  60 

XLVII. — Fiesta  natural   61 

XLVIII. —  Argamasilla  del  mar    ....  62 

XLIX. — Estela  verde  y  blanca.      ...  63 

L. —  Mar  llano   63 

LI. —  ¿No  ves  el  mar?   63 


274 


Págs. 

LII. —  Niño  en  el  mar   64 

LUI. — Fin  de  tormenta   65 

LIV. —  Llegada  ideal   66 

LV. —  La  rosa  has  hecho   68 

LVL— ¡Sí!   69 

III 

AMÉRICA  DEL  ESTE 

LVII. —  Te  deshojé  .     ......  75 

LVIIL— Ocaso  de  entretiempo  .  75 

LIX.— Golfo   76 

"LX.—  Sky   78 

LXL— Rubén  Darío   79 

LXII. —  Physical  culture    .     .     .    •.  81 

LXIII. — Todo  el  día   82 

LXIV.— Bebimos   82 

LXV. —  Túnel  ciudadano   83 

LXVL—Berceuse   84 

LXVIL— Fililí    .     .     .     .     .     .     .     .  85 

LXVIIL— ¡Qué  trabajo   86 

LXIX.—  De  Boston  a  New  York     ...  87 

LXX.— Sueno  en  el  el  tren     .     .     .     .  91 

LXXI. —  Felicidad   92 

LXXIL— Espina   92 

LXXI1I.  — La  muerte   93 

LXXIV.—  NewSky   94 

LXXV. — Sí.  Estás  conmigo  ¡ay!  .     .     .     .  95 

LXXVL—  Orillas  del  sueño   95 

LXX VII. — Tus  imágenes  fueron    ....  96 

LXXVIII. —  La  casa  colonial   97 

LXXIX. —  Todo  dispuesto  ya   98 

LXXX. — Iglesias   99 


2  7  5 


Págs. 


LXXXI. — Humo  y  oro  100 

LXXXII. —  Cementerio  101 

LXXXIII. —  El  prusianito  102 

LXXXI V. —  ¡Qué  dulce  esta  tierna  trama!    .  104 

LXXXV.  -Silencio  104 

LXXXV1.—  En  Subway  105 

LXXXVIL— En  la  sortija  105 

LXXXVIÍI. — Pesadilla  de  olores  .     .     .  .106 
LXXXIX.— La  negra  y  la  rosa    .     .     .  .107 

XC. —  Epitafio  ideal  108 

XCL — ¡Fuego!  109 

XCII.— Cuando,  dormida  tú  .  .  .  .110 
XCIII. —  Primer  día  de  primavera  .  .  .  111 
XCIV. —  Cementerio  en  Broadway     .     .  111 

XCV. —  ¡QUÉ  DÉBIL  EL  LATIDO  .  .  .  .  113 
X^VI. —  AliRIL,  DULCE  113 

XCVII.— A  Nancy  114 

XCVIII.  —  ¡Qué  angustia!  115 

XC1X. —  Crepúsculo  115 

C— Primavera  116 

CI. —  Domingo  de  ramos     .     .     .  117 

OI. —  Tormenta  118 

OIL-  Abril  119 

OV. — Saliste,  entonces     .     .     .  .119 

CV. —  Tarjeta  120 

CVI. — ¿Sencillo?  120 

CVII  — ¿Primavera?  121 

CVIIL— <...?  121 

CIX. —  El  árbol  tranquilo   .     .     .  .122 

CX. —  Desvelo  124 

CXL—  La  luna  125 

CXII. —  Primavera  126 

CXIII.— Idilio  126 

CX1V. —  Garcilaso  en  New  York  .     .  .127 


276 


Págs. 


CXV.— Oasis  129 

CXVT. —  jVivA  la  primavera!   ....  130 

CX  VIL— Canción  131 

CXVIIL— Alta  noche  132 

CXIX. —  Serenata  espiritual  .      .     .  .133 
CXX. — Sí.  Aprenden  de  nuestro  sueno    .  135 

CXXL— Amor.  135 

CXXII. —  Prolongación  de  paisaje  .  .  .  136 
CXXIII.  —  De  pronto,  cayendo  ya  el  sol  .  137 
CXXIV.  — Día  de  primavera  en  New  Jersey  .  138 

CXX  V.— Epitafio  143 

CXX VI.  -  Mariposa  malva  143 

CXXVIL- Puerto  145 

CXXVIII. —  Cementerio  alegre  145 

CXXIX. —  Tarde  de  primavera  ....  146 

CXXX. —  «Me  siento  azul»  148 

CXXXL—  Nocturno  1 49 

CXXXÍL— ;El  cielo?  150 

CXXXIII. —  Marina  de  alcoba  .  .  .  .151 
CXXXIV. —  Noche  en  Huntington     .     .  .152 

CXXXV.— Elegía  155 

CXXX VI.— Aquí  está  ya  156 

CXXXVII. —  ¡Qué  distancia,  aquí  .     .     .  .157 
CXXX VIII. — Tarde  de  primavera  .     .     .  157 
CXXXIX. —  Hemos  estado  en  ello     .     .  .159 

CXL. —  Cementerios  160 

CXLI. —  Dejarse  mandar  161 

CXLIL— Nocturno  160 

CXLIII.  —  Rectificación  con  el  sol  .  .  .163 
CXLIV. —  Nota  a  miss  rápida  .  .  .  .164 
CXLV. —  Paisaje  de  constable  .     .     .  .164 

CXLVI. —  Remordimiento  165 

CXLVII. —  A  Miranda,  en  el  estadio  .  .166 
CXLVIII.™  Amanecer  168 


277 


Págs. 

CXLIX.— Abril   .196 

CL. —  Retrato  de  niño  .  .  .  .  .  169 
CLI. —  Ausencia  de  un  día  .  .  .  .170 
CLII. —  La  moral  en  el  amor  .     .     .  .171 

CLIII. — Víspera  172 

CLIV. —  Puerto  173 

CLV. — Remordimiento  174 

CLVI. — Despedida  sin  adiós     .     .     .  175 

IV 

MAR  DE  RETORNO 

CLVII.— Nostalgia  179 

CLVIII.— Mar  de  pintor  180 

CLIX.— ¡Desnudo!  181 

CLX. — Sol  en  el  camarote     .     .     .  .181 

CLXL— Mar  182 

CLXIL— Al  fresco  183 

CLXIIL—  El  mar  184 

CLXIV. —  ¡Oh  mar,  cielo  rebelde      .     .  .185 

CLX V.—  Mar  de  pintor  185 

CLXVI. —  ¡El  mar  acierta!  186 

CLXVIL— ...  Lo  recuerdo,  de  pronto.     .  .187 

CLXVIIL— Hoy  eres  tú  187 

CLXIX.— Ya  solo  hay  que  pensar    .     .  .189 

CLXX. —  Convexidades  19° 

CLXXI.— Agua  total  191 

CLXXIL—  Nocturno  192 

CLXXIII.— Mar  despierto  192 

CLXXIV. — La  luna  blanca  194 

CLXXV.— Partida  195 

CLXXVI. —  Día  entre  las  azores  .  .  .  .  197 
CLXXVIL— Los  tres  200 

278 


Págs. 

CLXXVIII. —  Por  el  cielo  de  la  Atlántida    .  201 

CLXXIX. —  Iris  de  la  tarde   201 

CLXXX. —  Nocturno  en  la  tarde  .     .     .  203 

CLXXXI. —  Amanecer   204 

CLXXXII.  -Oro  mío   205 

CLXXXIIL— Nocturno   206 

CLXXXIV.— Mediodía   207 

CLXXXV.—  Vida   208 

CLXXXVL— i  ?   209 

CLXXXVII.— Nocturno   210 

CLXXXVIIL— Niño  en  el  mar   211 

CLXXXIX.  — Ciego   212 

CXC. —  No  sé  si  el  mar  es,  hoy  .     .     .  213 

CXCI. — Todo   214 

CXCIL— ¡Ya!   215 

CXCIII. — Iberia   216 

CXCIV. —  Noche  última   217 

CXCV.-¡Ya!   218 

CXCVI. —  «Despedida  matinal»      .     .  .219 

CXCVII.— Dentro   220 

V 

ESPAÑA 

CXCVIII. —  Cádiz   223 

CXCIX.— Fresquitos  matinales    .     .     .  224 

CC. —  Cádiz   225 

CCI. —  Plaza  nocturna   226 

CCII. —  De  Cádiz  a  Sevilla  .     .     .     .  227 

CCIII. —  Claveles   228 

CCIV. —  Orillas  nocturnas  ....  229 

CC  V.  —  Semper   230 

CCVI. — Trigo  y  jaramago    ....  23.1 


279 


Págs- 

CCVII.— Madre   231 

CC VIII. —  ¡Niebla,  roja  en  el  verde.     .  .232 

CCIX.—  ¡Qué  bien  le  viene  al  corazón     .  233. 

CCX. — Coro  de  canónigos     ....  334 

CCXL— ¡Adiós!     .......  235 

CCXII.— Amanecer   236 

CCXIII-  Mañana   237 

CCXIV. — ¿El  mar  este  .     .     .     .     .     .  237 

CCXV.— Soñando   23$ 

CCXVL—  Elegía   239 

CCXViL— Sencillez   239 

VI 

RECUERDOS  DE  AMÉRICA  DEL  ESTE 
ESCRITOS  EN  ESPAÑA 

CCXVIII. —  De  Emily  Dickinson  ....  243. 

CCXIX.—  National  arsclub  .     ...  244 

CCXX.  —  Boston  en  domingo    ....  246 

CCXXI. —  Banquete   246 

CCXXII. —  El  mejor  Boston   247 

CCXXLII.— ¿El  cielo?   247 

CCXXI V.—  Andan  por  New  York     ...  248 

CCXXV.  — Duermevela   248 

CCXXVI.—  COLONY  CLUB   249 

CCXXVIL— Sección   250 

CCXXVIII.-  Ex  mrs  Watts   251 

CCXXIX. —  Tranvía   252 

CCXXX.— A  UTHORS' CLUB   253 

CCXXXL—  ¡Dulce  Long  Island  ...!  .     .     .  254 

CCXXXII  —  Walt  Whitman   2  56 

CCXXXIII.-  ¡No  puedo  más!   257 

CCXXXIV. —  COMOSPOLITAN  CLUB.       .      .       .  25a 


280 


Págs. 


CCXXXV. — -Las  viejas  coquetas.     .     .  .259 

CCXXXVL— Washington  desde  su  obelisco  .  261 

CCXXXVII.  -Teatro   261 

CCXXXVIIL—  Broad  Street   262 

CCXXXIX.—  La  cama  de  Franklin    .          .  263 

CCXL.—  Un  imitador  de  Billy  Sunday  263 

CCXLI.-  La  casa  de  Poe   266 

CCXLIL—  Deshora   267 

CCXLIÍI.  -  Cristales  morados  ....  268 


(Nota: 

ESTE  Diario,  más  que  ninguna  otra  obra  mía,  es  un  libro 
provisional.  Es  probable  que,  más  adelante,  cuando  me  olvide  de 
él  y  lo  crea  nuevo,  lo  corrija  más,  es  decir,  algo;  y  es  posible  que 
le  quite  las  leves  correcciones  que  ahora  le  he  hecho  y  lo  deje  casi 
en  esencia. 

No  sé  lo  que  será.  Sé  que,  hoy,  me  parece  este  libro  mío  un  bo- 
ceto de  él  mismo,  no  sé  si  boceto  de  más  o  de  menos,  que  me  quiero 
quitar  de  encima  o  de  debajo,  para  libertarme,  por  este  lado  del 
alma  y  del  cuerpo,  del  mí  reciente,  molesto  y  sin  revisión  por 
ahora,  de  hace  sólo  un  año). 


FIN 


ESTE  LIBRO 
SE  ACABÓ  DE  IMPRIMIR 
EN  LA  IMPRENTA  DE  FORTANET 
DE  MADRID 
EL  20  DE  ABRIL  DE 
1917 


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